Opinión

El alba dentro de las sombras

Vehículo de la Policía Nacional en una calle durante el confinamiento.
photo_camera Vehículo de la Policía Nacional en una calle durante el confinamiento.

Constituye para mí un insondable enigma que siga habiendo personas que defiendan ideologías que niegan la libertad en cualquiera de sus manifestaciones. Y mucho más en momentos en que su ausencia se hace angustiosamente palpable, cuando no generadora de desequilibrios emocionales, como estos de la reclusión forzosa. En situaciones así han malvivido durante décadas millones de humanos en diversas naciones de la tierra y aún lo padecen a diario en las últimas dictaduras que nos quedan, las comunistas. Acertaremos entonces si tomamos estos días como un pequeño ejemplo de las experiencias que se sufren en dichas espantosas sociedades totalitarias.

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Por supuesto que no puede compararse al socialismo real con estas jornadas perdiendo el tiempo, viendo series, sesteando, enviando mensajes por el móvil o tomando cerveza, pero sí existen ciertas concomitancias, como esa del arresto domiciliario impuesto por una autoridad que ha preferido tal alternativa a la de apelar a la responsabilidad individual de “la generación más preparada de la historia”. O la súbita reaparición de hediondos agentes de información paragubernamentales con bata de guata que vigilan a los niños para que no salgan al patio de la comunidad a jugar, o a vecinos que deciden no aplaudir por el balcón al considerar que no hay nada que festejar con tantísimos féretros cada día almacenados en los polideportivos.

Ese asfixiante ambiente se corta en los lugares en que el marxismo anula por completo al individuo, convirtiéndolo en mero eslabón de sus endemoniados propósitos colectivistas. Los ciudadanos, en esos infiernos, no son sino piezas de un despiadado sistema basado en la delación y el temor a la represión. No existe aire para respirar en donde reina esa iniquidad, porque su objetivo principal es el absoluto control que impida que hombres o mujeres vivan como consideren más oportuno, reeducándolos a través de las ladronas élites de ese miserable gulag.

Franco Battiato describió en la década de los ochenta del pasado siglo ese lúgubre escenario en una de sus más bellas y profundas melodías, Perspectiva Nevski, titulada así por la célebre avenida de San Petesburgo. El panorama desolador que describe de las tinieblas soviéticas se extiende desde el desierto de las calles por un viento helador a la omnipresencia de la guardia roja siempre alerta ante los disidentes, ya sean lobos o viejas con rosarios. Pero también retrata la cultura oficial del régimen, apreciada con desdén por las pobres gentes; la supervivencia clandestina de la religión; o los largos inviernos de los jóvenes entre ancianas encorvadas sobre el telar las ventanas, en los que de vez en cuando cabía espacio para alguna fantasía. Mientras la propaganda revolucionaria lo inundaba todo, la cruda realidad de los orinales puestos debajo la cama y los encierros en el cuarto con débil luz de velas y candiles de petróleo, otorgaban a la existencia ese tono sombrío y mortecino de rendición genuino de los horrores comunistas.

Cuando se trataba de hablar, esperábamos siempre con placer, escribe el genio siciliano en la canción, que concluye con la mejor síntesis que se puede hacer de cualquier tiranía liberticida: ¡qué difícil es descubrir el alba dentro de las sombras!

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