Opinión

Historias del mar

Madre del emigrante, en Gijón.
photo_camera Madre del emigrante, en Gijón.

Uno de los recuerdos imborrables de mi infancia fue cuando vi por vez primera la monumental escultura a la madre del emigrante, en Gijón. Se me quedaron grabados los ojos hundidos y desolados de esa mujer descalza, mirando angustiada a un horizonte que había devorado a su hijo. Nunca olvidaré el silencio sobrecogedor de Eduardo González-Viaña, uno de los principales novelistas en lengua española, cuando le acompañé una tarde a visitar a la Lloca, como así la llaman popularmente. Eduardo, el gran escritor de la emigración hispana a los Estados Unidos, escribiría luego sobre el intenso impacto que le había producido su encuentro con esta controvertida obra del artista cántabro Ramón Muriedas.

Esa madre representada en la bahía gijonesa había cosido unas cuantas monedas de plata en el forro del abrigo de paño de su crío, la víspera de partir él hacia América. Le había avisado que lo descosiera solo para pagarse el barco de vuelta, si lo necesitaba. Pero ella sospechaba que lo haría para sobrevivir, y quien sabe si para arruinarse la vida en algún tugurio maloliente. De ahí la atormentada desesperación materna, tan visible en su temblorosa mano abierta dirigida al mar, queriendo implorarle clemencia.

Tiempo después, en un bello puerto del Pacífico mejicano, Rebeca Méndez despediría a su prometido días antes de su boda. Nunca lo volvería a ver, tragado por una tempestad como la ballena de Jonás. Los Maná contarían su conmovedora historia hace dos décadas, convirtiéndola en todo un himno de la música contemporánea. Rebeca continuó acudiendo vestida de blanco cada mañana a esperar a su novio al muelle de San Blas. El mar no le devolvería a su amor, pero tampoco perdería la esperanza durante cuarenta años, viviendo hasta su muerte de confeccionar y vender muñecas de trapo en el malecón mientras aguardaba el imposible regreso.

La playa marplatense de La Perla presenció a su vez el desgraciado final de Alfonsina Storni, poetisa argentina de origen suizo. También ella descansó en el agua, tratando de encontrar allí el refugio a su desesperación. Mercedes Sosa interpretaría maravillosamente ese estremecedor desenlace: “te vas Alfonsina con tu soledad/¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?/Una voz antigua de viento y de sal/Te requiebra el alma y la está llevando/Y te vas hacia allá como en sueños/Dormida, Alfonsina, vestida de mar”.

Ocultas en el dolor íntimo de quienes las han sufrido, miles de crónicas como estas continúan a diario protagonizando los océanos. Naufragios, accidentes, despedidas o pérdidas de razón irreparables jalonan esa otra cara trágica del mar, en la ni reparamos cuando contemplamos su sensacional belleza o elogiamos su trascendental papel para la vida en el planeta. Desperdigadas por las costas del ancho mundo se multiplican las tumbas abandonadas de infinidad de marinos a los que el piélago ha tenido el detalle de devolver, porque la mayoría permanecen sepultados en sus entrañas. Alguna cruz recuerda de vez en cuando esas desgracias, como la que domina el Cantábrico desde los acantilados de Fojos, en la agreste costa occidental asturiana, donde encontraron su final unos desafortunados jóvenes universitarios a mediados del siglo pasado.

La Lloca, Rebeca, Alfonsina, los náufragos anónimos y aquellos otros que siguen en la memoria de los suyos son el contrapunto más desgarrador de ese inmenso, mudo y despiadado testigo de tantísimos dramas y leyendas.

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