Opinión

Luis de Funes

Luis de Funes.
photo_camera Luis de Funes.

La explosiva mezcla de genes andaluces y gallegos no podía arrojar diferente resultado. Por el gran Louis de Funès, una de las mayores glorias cinematográficas francesas y universales de todos los tiempos, corría sangre española, y tal vez por eso su impar ingenio solo pueda explicarse desde esas profundas raíces hispánicas. Su peripecia personal antes de triunfar es la de cualquier otro pícaro carpetovetónico, trufada de internados y fracasos estudiantiles, follones juveniles de cierta envergadura o infructuosos intentos de encontrar acomodo en la azarosa vida que le tocó vivir. Cuando uno repasa esa agitada biografía previa al éxito no puede dejar de esbozar una tierna sonrisa, porque podría servir de perfecto guión a una de las numerosas películas que le hicieron tan célebre.

Mi querido padre, que era de natural serio, se carcajeaba a mandíbula batiente, pero sin hacer ruido, cada vez que veía en pantalla a Luis de Funes. También lo hacía con otro coloso de las tablas, Luis Sánchez Polack, Tip, contemporáneo por cierto del genio hispanogalo. Entre estos dos enormes Luises, sin embargo, existían algunas diferencias, aunque ambos compartieran una extraordinaria vis cómica. Las muecas, los gestos, las miradas o los aspavientos nerviosos e inesperados eran cosa de Funes, mientras que Tip era imbatible en los diálogos o monólogos surrealistas, algunos verdaderamente antológicos. Ussía ha relatado infinitas anécdotas íntimas del formidable humorista levantino que corroboran que su paso por este mundo no fue sino un jocundo viaje que le tuvo que divertir a tope además de hacer muy felices a millones de españoles, entre los que me cuento.

El eterno gendarme de Saint-Tropez era un mimo sobresaliente, el Chaplin francés. Su fino humor, con ligeras dosis picantes, era intuitivo, próximo y provocaba hilaridad sin necesidad de excesivas palabras. José María Angelat, el prestigioso actor barcelonés de doblaje que le puso en España esa característica voz atiplada a Funès, contribuyó también en alto grado a su popularidad en las generaciones que tuvimos la fortuna de gozar de sus entretenidos filmes repletos de súbitas ocurrencias, vehículos Citroën y religiosas tocadas con Cornette, que algunos malvados rebautizaron como monjas voladoras. 

Que alguien con pinta de gris empleado de oficina protagonizara situaciones tan rocambolescas que desataran la risotada inmediata, no estaba al alcance de muchos. Era como ver a un pariente funcionario haciendo de repente pantomimas sin venir a cuento. La permanente atención que requerían los ademanes de Luis de Funes no sé si tiene parangón en la historia del cine. Sin necesidad de procacidad, de mal gusto o chabacanería, hacía llorar de risa al alma más mohína y a jóvenes o ancianos, porque atraía a espectadores intergeneracionales por igual.

Su centenar y medio de largometrajes a lo largo de sus cuatro décadas en activo bien merecen un cariñoso recuerdo aquí, en la tierra de esos padres suyos sevillanos y coruñeses que un buen día emigraron a Francia para poder disfrutar allí de un amor imposible y un mejor futuro, que su hijo materializó a lo grande convirtiéndose en un inmortal de las artes escénicas europeas.

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