Opinión

Tipos veraniegos

Playa de la Malvarrosa repleta de gente en un día de alerta roja por altas temperaturas, a 12 de julio de 2021, en Valencia, Comunidad Valenciana (España).
photo_camera Playa de la Malvarrosa repleta de gente en un día de alerta roja por altas temperaturas, a 12 de julio de 2021, en Valencia, Comunidad Valenciana (España).

 El verano es la estación del sinsustancia con humos. Del fantasma que enseña su campanilla cuando come y pregunta a gritos en la carnicería si el cachopo es mejor con queso o cecina dentro. Es el tiempo del zascandil que espera todo el año para fardar en descapotable o fueraborda, dando una penita que te mueres. Es la hora estelar del chulo-playa y el chulo-piscinas, del voceras de la terraza del puerto, del hortera que no sabe lo que es la discreción, porque lo suyo es repetir en voz alta las majaderías que escucha en los “pogramas” de la tele o ve por el “interné”. Recorrer España en la canícula, sobre todo en zonas turísticas, ayuda bastante a comprender las cosas que nos pasan y porqué va a ser tan complicado recuperar maneras que habían llegado a nosotros tras siglos de urbanidad.

Esta zafiedad comienza a generalizarse, pero la protagonizan hoy sobre todo quienes manejan parné. Hace tiempo que el concepto de clase es ajeno a estos personajes, salvo excepciones que confirman la regla, normalmente en aquellas familias que han acabado convenciéndose de que el dinero no es ningún fin en sí mismo, sino algo que viene y va y dignifica solo si se consigue sin trampa ni cartón y se destina a fines loables, aparte del legítimo enriquecimiento.

Como hacemos la vida en la calle, la película del verano sigue siendo la de una rutilante pasarela de disfraces repleta de gentes simulando lo que no son el resto del año. Los vecinos que tienes por sensatos a la vista de su ortodoxia se convierten en julio y agosto en irreconocibles por su ridícula indumentaria y sus chocantes modos de actuar, que apetece fotografiar para ruborizarles luego en el crudo invierno. Algunos te miran con ojos de salmonete cuando los sorprendes de esa guisa, como suplicándote clemencia. Por estas letras habrán comprobado ya que su ruego ha caído en saco roto: habrán de pasar por el purgatorio al menos durante los dos próximos estíos. Me comentan fuentes jurídicas bien informadas que deberán cumplir al menos dos vacaciones y un día de condena, atenuantes aplicadas.

Los pobres ancianos víctimas de sus desaprensivos familiares son los otros damnificados de estas jornadas veraniegas. En este grupo se encuentran aquellos abuelos que deben sumar a sus achaques las lógicas preocupaciones por unos chiquillos que les coloca el hijo perillán que se marcha a las Canarias a tumbarse al sol o al bar a tomar caipiriñas, mientras se enorgullece de la benemérita acción que hace para que sus viejos “no se queden solos”.

La relación de farfollas que brotan con el calor es inagotable. E insufrible. Los pocos que no están por la labor de claudicar a este cansino carnaval se convierten de inmediato en bichos raros, porque esa es la única careta disponible estos días. Si encima se limitan a vivir como en marzo o abril, apenas incluyendo ciertas rutinas vinculadas al deporte o al esparcimiento, pasan entonces a engrosar la lista de los pirados, porque sepan ustedes que las reglas de la normalidad veraniega las continúa dictando el patán de turno y esa colección de tontos útiles que le siguen la corriente, entre ellos algunos caballeros y damas que creíamos ingenuamente que eran de acrisoladas virtudes. Tratar de ser normal en estas semanas es “out”. Y lo contrario, de lo más “in”.

El atento lector seguro que deberá soportar estos días a muchas más categorías de pendejos como los que describo. Darían para una antología de infinitas páginas. El trimestre de la cerveza tostada bien fría, de las siestas reparadoras, de las tranquilas cenas entre amigos dando cuenta de un buen pescado fresco, de los gratos encuentros con quienes no ves a lo largo del curso o de los clásicos que llevas queriendo leer desde siempre, se convierte en un infierno al coincidir con las correrías de estos mastuerzos de los que hablo y que hacen añorar los plácidos meses en que no tienes que pasar por este agotador tormento. 

Propongo pedirles a los magnates que compiten por los viajes al espacio que hagan el favor de llevarse a todos estos consigo y dejarlos allí una larga temporada. Me ofrezco a costear el billete, en beneficio de la humanidad. Espero algún día ser recompensado con un verano rodeado de veraneantes que ni lo son ni lo parecen.

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