Opinión

Adorar al fuego

Pedro Sánchez y Carmen Calvo, en el homenaje a las víctimas del coronavirus.
photo_camera Pedro Sánchez y Carmen Calvo, en el homenaje a las víctimas del coronavirus.

Adorar al fuego ha sido siempre el modo que los hombres han empleado para reconocer que no somos casi nada, o muy poquita cosa, aunque parezca lo contrario y nos esforcemos por presumir, y aunque sea sólo de talante: un bichito milimétrico ha puesto en jaque a media humanidad. Los mayas, los persas, los griegos, los romanos, todas las culturas han adorado al fuego como lo permanente que acaba con todo. ‘Carpe Diem’ ha dicho Maribel Verdú, recordando a Horacio: ‘Aprovecha el hoy’ que no sabes cómo será el mañana. ‘Cómo se pasa la vida, tan callando’, diría Jorge Manrique tras la muerte de su padre.

El acto de la plaza de la Armería significa eso. Del coronavirus no sabemos nada, todavía, y todos los remedios, hasta ahora, no han podido acabar con él. Ni siquiera sabemos cuántos muertos ha producido. Las mascarillas y lavarse las manos son sólo paliativos a la espera de la vacuna que no llega. Inventamos palabras como ‘transmisión comunitaria’, que dice Simón, para explicar lo que no sabemos cómo controlar.

O sea, aprovecha lo que tienes y no te quejes tanto de la impericia de los demás, que es una impericia mundial de los Estados Unidos, China, Rusia, India, Persia, Japón... y no sólo de Illa. Todos reunidos en torno al fuego purificador, en un rito ancestral, que no consuela ni convence, pero que todavía sirve para decir que estamos aquí, aunque no sepamos muy bien cómo, para que lo aprovechemos.

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