Opinión

Viernes de ira: la imparable violencia islamista

No puedo comprobarlo, porque no sé nada de árabe. Pero dicen que los Hermanos Musulmanes practican el doble juego: una postura oficial conciliadora –especialmente por parte del presidente de Egipto, Mohamed Morsi‑ y una llamada continua en las Redes a la venganza contra los ataques occidentales al Profeta.

En todo caso, la violencia desatada contra legaciones e intereses ‑sobre todo de Estados Unidos‑ en países islámicos el pasado viernes confirma la irreductibilidad democrática de una cultura que no ha llegado a la modernidad. Porque la cólera parece salir reforzada de las mezquitas de tantos lugares, justo el día de oración musulmán. (Nadie imagina algo semejante a la salida de oficios o misas dominicales). Las reacciones de estos días se suman a las de otros momentos de tensión, desde aquella antigua condena de muerte iraní contra Salman Rushdie.

No se puede, pues, reducir a una especie de imposición dictatorial de las minorías radicales islamistas. Basta pensar en que el primer viernes después del asalto al consulado de Estados Unidos en Bengasi se han producido escenas airadas a la vez en países tan distintos como Egipto o Yemen, Túnez o Irak, Bangladesh o Malasia, Pakistán y la India. Las manifestaciones, aunque de hecho más simbólicas que otra cosa, no han excluido ciudades importantes de Occidente e, incluso, de Estados Unidos. Defienden con violencia al Profeta, protestando contra una película que la mayor parte no conoce, por el férreo control de Internet en tantas Repúblicas islámicas.

Algo he escrito en estas páginas, y no hace mucho, sobre la justificación de que las leyes penales de Occidente sigan protegiendo los ataques gratuitos a los sentimientos religiosos: defender la libertad religiosa de todos forma parte hoy de la cultura democrática occidental. Pero lógicamente las penas deben ser proporcionadas. Hasta al actual presidente ruso –salvo que también practique el doble juego‑ le parece desmedida la condena al grupo punk que caricaturizó a Putin en la catedral del Salvador del Moscú. (Un inciso: casi más desmedido aún sería concederles el premio Sajarov; aunque el Parlamento de Estrasburgo ha demostrado ser capaz de eso y de mucho más).

Razones estratégicas, energéticas y financieras llevan a extrañas alianzas con países que no respetan en modo alguno las libertades más esenciales. Mejor es eso, sin duda, que el choque de civilizaciones del que tanto se habló a raíz del libro de Samuel Huntington a finales del siglo XX. Pero ni el comercio ni las deudas soberanas justifican esas cesiones (tampoco respecto de China). Sería precisa una mayor iniciativa de las cancillerías para fomentar el respeto de los derechos humanos en tantos países.

No tiene sentido, de otra parte, que declaraciones públicas ante el engendro audiovisual perpetrado en Estados Unidos por un pirata de origen oriental pidan perdón, como si la sociedad americana o europea tuviera algo que ver. En nuestra cultura, la responsabilidad penal es personal, no transferible a grupos o instituciones, salvo recientes y rarísimas excepciones en materia de delitos económicos societarios.

Muchas críticas al mundo islamista están más que justificadas. Hay costumbres –formen o no parte del núcleo musulmán‑ que pueden aceptarse en el plano religioso, pero no tienen suficiente justificación racional. En el fondo, el discurso de Ratisbona de Benedicto XVI iba en esa línea: la de la racionalidad de las convicciones, asignatura pendiente del Islam, apenas cultivada por pensadores o intelectuales que trabajan en Universidades europeas o americanas.

Tiene buena parte de razón el editorialista de Le Monde (14-9-2012) al hablar de “la violencia de los enterradores de la fe”. Considera que los asesinos del embajador de Estados Unidos en Libia han asestado un duro golpe al Islam y a su propio país. Pero quizá no calibra el éxito actual del yidahismo frente a Washington. El Coloso norteamericano ha difundido estos días la tesis –luego rectificada‑ de que el atentado de Bengasi estaba preparado desde hace tiempo, y era la punta de lanza de movilizaciones universales. Esa triste interpretación confirmaría un nuevo fracaso de sus servicios de inteligencia, a pesar de la evidente capacidad de rápidos despliegues militares masivos.

Menos mal que se ha respetado estos días el viaje pastoral de Benedicto XVI al Líbano, aunque sólo sea por razones tácticas. Pero la gente de buena voluntad desearía de veras que su mensaje de paz y esperanza se desplegase por todo el mundo.

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