Opinión

El año arranca con graves amenazas de China a Taiwán

Banderas de China y Taiwán.
photo_camera Banderas de China y Taiwán.

En el discurso pronunciado en el Gran salón del pueblo de Pekín por el presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en el cuadragésimo aniversario del “Mensaje a los compatriotas de Taiwán”, amenaza incluso con la fuerza para conseguir la reunificación de la antigua Formosa. Hace cuarenta años, el entonces presidente Deng Xiaoping, se limitó a reclamar la reunificación pacífica y el fin de la confrontación militar.

La comunidad internacional no las tiene todas consigo a partir de tuits y declaraciones del presidente americano Donald Trump. Su política aislacionista y su guerra comercial contra Pekín –ahora, en tregua o en armisticio- proyectan dudas sobre la continuidad futura del apoyo militar y de la venta de armas a Taiwán. A esa política se comprometieron los EEUU mientras no se alcanzase un acuerdo pacífico de reunificación. Por otra parte, en la actual coyuntura no puede excluirse que Trump utilice la cuestión como baza en negociaciones que afectan también a Corea del norte o Irán… Desde luego, son demasiados los Estados que ponen entre paréntesis los derechos humanos para alcanzar los propios intereses frente al coloso amarillo.

De momento, Donald Trump firmó un nuevo acuerdo para el suministro de armas estadounidenses a las fuerzas taiwanesas. Y parece probable, sin perjuicio de su renuncia teórica a ser el “gendarme del mundo”, que intervendría a favor de Taipéi, en caso de un ataque por parte de Pekín. No le disuadirían los avances reales conseguidos por la marina y la aviación chinas.

A pesar de su referencia al uso de la fuerza para recuperar Taiwán, el líder chino utilizó frases moderadas. Aseguró la protección de la propiedad privada, de la libertad religiosa y de los derechos legítimos del pueblo taiwanés, bajo el telón de fondo de que “los chinos no combaten a los chinos”. A la vez, dejó claro que cuenta con la reunificación como un “requisito inevitable para el gran rejuvenecimiento del pueblo chino”; al contrario, “la independencia sólo comportará dificultades a los taiwaneses”.

Desde su óptica marxista, Xi Jinping concibe la unión como “tendencia de la historia”. No ve otro camino. De ahí la justificación de la fuerza militar y de los medios necesarios contra las interferencias procedentes del exterior y “de un pequeño número de separatistas”. Le parece compatible con el principio general de dos sistemas dentro de un único Estado, aplicado al final del siglo XX para la reversión de Hong Kong. Pero esa mención resulta más bien preocupante, pues la evolución del régimen de libertades de la antigua colonia británica muestra un progresivo deterioro. El discurso del líder chino en Pekín coincidía con nuevas manifestaciones populares en la isla el día primero del año.

En todo caso, la presidente Tsai Ing-wen reitera que “Taiwán nunca aceptará la fórmula un país, dos sistemas". Al contrario, apela a que Pekín se decida a “abordar la realidad de la existencia de la República de China”, nombre oficial de la antigua Formosa. Además, exige “respeto a la voluntad de 23 millones de personas que han elegido vivir en libertad y democracia”. Esta reacción se produce a falta de un año para las próximas elecciones presidenciales en Taiwán, y tras el duro revés del Partido Demócrata progresista de la presidente en los últimos comicios municipales, con la pérdida de siete de las trece ciudades que administraba.

El bastión de los nacionalistas de Chiang Kai-shek, tras la victoria de Mao Zedong en la guerra civil de 1949, ha evolucionado desde una dictadura de derechas a un régimen democrático inspirado en criterios occidentales. Para Pekín sigue siendo una “provincia rebelde”, y ha trabajado intensamente para reducir al mínimo su presencia internacional. Prácticamente todas las representaciones diplomáticas significativas han abandonado Taipéi. Y, al parecer, el traslado de la Nunciatura apostólica está también en la mesa de las conversaciones con el Vaticano, mientras, a pesar de los avances, no dejan de repetirse actos violentos contra la libertad religiosa.

Se comprende que Taipéi rechace el principio “un país, dos sistemas”, a la vista de la evolución de Hong Kong, cada vez más copada por el totalitarismo chino, como muestra el control de nombramientos y las serias limitaciones de las libertades de expresión y de reunión. El año comenzó en la antigua colonia británica con una marcha de protesta para exigir democracia, en la que participaron varios miles de personas, sobre todo, jóvenes. Acudieron también a título personal miembros del disuelto Partido de la Independencia, que pide el pleno autogobierno de la ciudad-estado. No sin ironía, reclamaban a Xi Jinping que respetase su principio de los dos sistemas.

También desde este punto de vista, el “fin de la historia” no ha hecho sino recomenzar, y no precisamente con trazos optimistas.

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