Opinión

Cuando en la vida pública el éxito origina crisis de identidad

Le Monde Julie Carrat, a propósito de la relativa derrota del principal candidato ecologista, en las elecciones presidenciales francesas del pasado abril. Y lo he repensado ante el pavor al triunfo de Giorgia Meloni en las elecciones italianas, que provocó, incluso, una inédita injerencia de la presidente de la Comisión europea, Ursula von der Leyen.

         A Yannick Jadot le faltaron cuatro décimas para llegar al decisivo 5%, y poder recibir subvención oficial para gastos de campaña; no debió de servirle de consuelo que Valérie Pécresse, la candidata de los republicanos, partido de la derecha centrista clásica, tampoco franquease ese umbral.

         A juicio de Julie Carrat, todos los líderes ofrecían políticas medioambientales más o menos concretas, consecuencia del éxito cultural de los planteamientos ecológicos. Por esto, muchos ciudadanos sensibles no necesitaban ya votar a un partido “verde”: además del cuidado de la naturaleza, buscaban candidatos que ofrecieran además solución a otros problemas también perentorios: ecología en todas partes, pero ecologistas no.

         El eurodiputado David Cormand, antiguo número uno del partido Europa Ecológica-Los Verdes (EELV), recuerda en un libro reciente que al principio los Verdes eran "ante todo un contrapoder, más que una herramienta para ganar poder". De todos modos, en el primer gobierno de Macron, entró Nicolas Hulot, que abandonó pronto, porque esperaba mucho más del joven presidente de la República. Tal vez ahora tendría más cancha, cuando habla también ya de sobriedad, de fin de la abundancia..., y sus correligionarios alemanes forman parte importante del gobierno de coalición presidido por el socialdemócrata Olaf Scholz.

         El problema es definir una identidad renovada, más allá de propuestas llamativas como la prohibición de aviones privados, planteada por la izquierda parlamentaria como enmienda dentro del proyecto de ley general sobre las exigencias del cambio climático. Nadie acepta lecciones en una materia que siente como propia, porque los líderes –en expresión más bien religiosa, quizá inspirada en Laudato si’- reconocen haber hecho ya su conversión ecológica.

         No es fácil saber el peso real de los Verdes en la política francesa, porque acudieron a las elecciones generales dentro de la gran coalición Nupes: aportaban el matiz ecológico a la inquietud social dominante en uniones precedentes de los partidos de la izquierda, antes de la última guerra, o con Mitterrand.

         Cada formación política necesita –me parece- un signo de identidad claro, que refleje su personalidad, con su componente histórica en los partidos más clásicos, y permita diferenciarla, especialmente en los procesos electorales, de los demás protagonistas de la vida pública. El desarrollo económico y social de los países avanzados ha incorporado objetivos que, en su origen, procedían de unos partidos o de otros, pero hoy son ya comunes. Además, en el caso de la Unión Europea, transcienden la frontera de la soberanía estatal, porque pertenecen al ordenamiento jurídico comunitario.

 
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