Opinión

Hong Kong comienza a ser un peligro para China y para la paz en oriente

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No es sólo la lucha contra la tiranía del partido comunista chino. ¿Qué pasaría si la isla fuera sometida manu militari, y se repitiera una masacre como la de Tiananmen hace treinta años? No parece que la antigua metrópoli esté en condiciones de intervenir, como acaba de comprobarse en el estrecho de Dormuz. ¿Ampliaría Donald Trump su guerra comercial con China para defender la libertad de los ciudadanos? ¿Se extendería el conflicto en la zona, en momentos de tensión entre Pakistán y la India a causa de Cachemira? ¿Cómo evitar en ese contexto una reacción bélica de Corea del norte?

En el último mes, la lucha por la democracia en Hong Kong se ha radicalizado: los habitantes de la antigua colonia acentúan la violencia porque ven cada vez más en peligro su libertad. Ni el gobierno local ni Pekín parecen dispuestos a ceder: al contrario, no cesan de amenazar a los disidentes, mientras crece a corto plazo la represión jurídica.

Los manifestantes antigubernamentales volvieron a ocupar la terminal de llegadas del aeropuerto de Hong Kong: para informar a los viajeros de la situación y de las protestas previstas para este fin de semana, con algunos carteles expresivos: "Abajo la tiranía". "Liberar a Hong Kong de la dictadura del Partido Comunista Chino". Siguen exigiendo la retirada del proyecto de ley que permitiría las extradiciones a China casi de modo automático, la creación de un comité independiente que analice los excesos policiales, y la celebración de elecciones libres por sufragio universal.

Resulta significativo que las autoridades hayan tomado represalias contra los empleados de la aerolínea de Hong Kong, Cathay Pacific, probablemente como medio de presión contra las grandes empresas de la isla. De momento, prohíben volar a China a los participantes en la huelga general del 5 de agosto -apoyada por el sindicato de personal de vuelo-, y sobrevolar territorio chino. A partir de ahora, la compañía debe presentar a la aviación civil china los nombres de los miembros de sus tripulaciones. Si incluyen a un huelguista, se prohibirá el despegue. La medida afectará a los vuelos a Europa y Rusia. Además, se teme que Cathay sea  boicoteada por los inversores chinos. De momento, por la presión de Pekín, la compañía amenaza con despedir a los empleados que apoyen las “manifestaciones ilegales”.

Como era previsible, la jefe del ejecutivo, Carrie Lam, reprocha a los disidentes su irresponsabilidad por la repercusión económica de las protestas en unos momentos de crisis “más graves” que en 2008. Les acusa de no tener “ningún interés por la sociedad", casi como de provocar otra guerra económica contra China.

Entretanto Pekín reitera verbalmente otras amenazas -“quien juega con fuego se quema”- y lanza acusaciones típicas de sistemas dictatoriales contra el enemigo exterior: en este caso, Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea. En concreto, la televisión pública china está difundiendo imágenes que demostrarían la instigación occidental, personificada en una mujer, Julie Eadeh, asesora política del consulado de los Estados Unidos en Hong Kong: es presentada como "la mano negra entre bastidores que causa el caos en Hong Kong"; una "misteriosa y discreta experta en subversión", según el diario de Hong Kong prochino Ta Kung Pao, que ha publicada información sobre su familia, según el enviado especial de Le Monde a la isla. "Los diplomáticos estadounidenses se reúnen regularmente con hongkoneses de todas las profesiones y condiciones sociales", replica la secretaría de Estado de EEUU, que califica la publicación de informaciones privadas de "irresponsable" y "peligrosa".

No es fácil prever el futuro. Hong Kong plantea a Pekín una enmienda a la totalidad, cuando parecía que la próspera plaza financiera se alinearía con facilidad al sistema vigente en China: cesión de libertades a cambio de más bienestar económico. Pero la actual crisis camina hacia la supremacía de la libertad política sobre las finanzas.

El incremento de la violencia podría dar lugar a una intervención de las fuerzas del ejército popular de liberación de guarnición en la isla, que disponen de blindados y una buena formación antidisturbios. Difícilmente se evitarían seguramente víctimas, y supondría una señal negativa de Pekín respecto del objetivo de recuperar a Taipéi: significaría la muerte del repetido principio “un país, dos sistemas”.

Da la impresión de que el poder juega a ganar el tiempo, como hizo en 2014, y prosiguió luego con el aumento de una represión capilar que fue limitando progresivamente la libertad de expresión en la isla. Justamente porque lo saben los disidentes, se ha agudizado el conflicto. Haría falta una profunda revisión de la oferta política de las autoridades a los ciudadanos, que aceptase al fin la elección de los gobernantes mediante un sufragio universal incondicionado. Pero las autoridades locales siguen sin presentar ninguna respuesta política a un movimiento que continúa gozando de máximo apoyo popular.

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