Opinión

Lamento que sólo lleguen noticias negativas de Turquía

Estambul.
photo_camera Estambul.

Una mínima afición mía es consultar semanalmente los Nuntii latini en la página web de la radio nacional finesa. No deja de tener su gracia leer en la lengua de Cicerón noticias de actualidad. Hace unos días incorporaban unas declaraciones del ministro de exteriores turco, que podría denotar cierta sensibilidad de su país hacia los derechos humanos: “Moderatores Turciae Sinas accusaverunt, quod Uiguros male tractarent eosque in castra carceralia inclusissent”. Supe entonces que la minoría uigur de la región china de Sinkiang, injustamente tratada, además de su origen musulmán, habla una lengua semejante al turco. Pero no pude por menos de pensar en cierto cinismo de autoridades públicas que aplican doble vara de medir: en el fondo, reprochan a Pekín una conducta semejante a la que Ankara aplica a los kurdos. Basta pensar en la negativa de Erdogan a cumplir la decisión del Tribunal de Estrasburgo sobre la liberación del político Selahattin Demirtas.

Los nacionalismos no son fáciles de entender ni de enjuiciar, porque concurren circunstancias históricas y condicionamientos de muy diversos tipos. Pero el gobierno de Erdogan, en este como en casi todo, muestra una evolución autoritaria poco amiga del estado de derecho. La represión tras el supuesto golpe de estado del verano de 2016 no cesa. Hace unos días se difundía la noticia de una nueva purga de más de mil funcionarios de las fuerzas de seguridad del Estado.

No recuerdo si me referí ya en esta página al caso del juez Murat Arslan, condenado a diez años de prisión en enero por “pertenencia a organización terrorista”. Estaba en prisión preventiva desde octubre de 2016 y, como destacado defensor de los derechos humanos, recibió en 2017 el premio Vaclav Havel de la asamblea parlamentaria del Consejo de Europa. Se le reprocha pertenecer a la comunidad de Fethullah Gülen, el predicador exiliado en Estados Unidos, que las autoridades turcas consideran cerebro del golpe de hace casi ya tres años. Pero no se ha probado nada contra él: la acusación descansa únicamente en la presencia en su móvil de una aplicación llamada Bylock, calificada por Ankara como el principal modo de comunicación de los conjurados. Probablemente, no fue cargada por él, sino por quienes requisaron el aparato tras su detención.

El cinismo del presidente turco llega a ámbitos religiosos, como la negativa a la devolución de la Escuela Teológica de la isla de Halki, un centro académico vinculado al Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, clausurado por las autoridades turcas en 1971. Ciertamente, Erdogan no gobernaba entonces. Pero ahora asocia la reapertura a la solución de los litigios entre las autoridades griegas y la minoría islámica –unas 150.000 personas- de Tracia occidental. Así lo expresó al primer ministro Alexis Tsipras, en su reciente viaje oficial a Turquía. Pero, en rigor, no se pueden comparar las decisiones de un régimen confesional como el griego –control de los nombramientos de los muftíes-, con la autocracia turca.

Ankara sigue alejándose de Bruselas, también ahora con motivo de la crisis de Venezuela. La mayor parte de los países occidentales y americanos han multiplicado los gestos de apoyo a Juan Guaidó frente a Nicolás Maduro. Erdogan se sitúa en el campo contrario, a favor del presidente actual, junto con Rusia, China e Irán. Su abierto apoyo al régimen, confirmado en su viaje de diciembre de 2918, le mereció la concesión de la medalla nacional -el Libertador-, memoria de Simón Bolívar, héroe de la independencia bolivariana. Sigue abriéndose la brecha de Turquía –miembro aún de la OTAN- con sus aliados tradicionales. ¿Por cuánto tiempo podrán seguir siendo admitidos sus equipos en las competiciones deportivas europeas? No se puede jugar por más tiempo a dos bandas. Aunque los observadores recuerdan que la amistad de Ankara hacia Caracas no es desinteresada: el apoyo a Maduro tiene su precio en oro…

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