Opinión

La cercanía de trato, el camello, y la paradoja sorites

El término sorites deviene de la palabra griega “soros” que significa “montón”.

La misma tenía por objeto definir el momento en el que la acumulación de granos de arena daría lugar a un “montoncito” de la misma.

Su discurrir lógico se enunciaba de la siguiente forma:                                       

  • Un grano de arena no hace un montón.
  • Luego si un grano de arena no hace montón, dos tampoco.
  • Si dos granos de arena no hacen montón, tres tampoco.
  • Y así sucesivamente…
  • Si doscientos granos de arena no hacen montón…

Algo debe fallar en el razonamiento en cuestión cuando nadie se mostraría dispuesto a aceptar la conclusión final del mismo: por muy elevada que sea la aportación  de granos de arena nunca lograríamos “construir” el montoncito deseado; proposición tras proposición alimentando un sinsentido.

Darle a un grano, y a partir de su presencia, la capacidad de transformar en montón lo que con carácter previo no lo era se antoja como poco razonable y clarificador. Aunque si mutáramos de entorno, y nos centráramos en el consumidor habitual de cigarros, observaríamos, en analogía evidente, lo que a sí mismo  se dice el contumaz perseverante: ¡Que importa! Total, un cigarrillo más no me puede hacer daño. Y así, uno tras otro, y por acumulación, se derivarán males mayores.

En realidad, la paradoja sorites nos sitúa ante la dificultad de establecer una frontera a partir de la cual se pueda definir un cambio de estado, situación o actitud. Una parte (un grano), no permite calificar al todo (montón), pero sí lo hace cuando la suma de las partes (suma de granos)  sobrepasa una barrera que se nos presenta siempre como “difusa”.

La lógica clásica, se mostraba en términos bivalentes (proposiciones verdaderas o falsas), cuando, por el contrario, el lenguaje natural  es capaz de apreciar distintos grados de calificación y cumplimiento. No solamente apreciamos  situaciones de frío-calor o los calificativos de grueso-delgado, rápido-lento, etc., sino que también somos capaces de matizarlas con un mayor grado de fineza.

En un paralelismo razonable, y de lleno ante la paradoja citada, nos encontraríamos con aquellos que tratan de hacer bandera con la cercanía en el trato, con la disposición permanente a situarse como uno más o con el empeño regular a mostrase cual colega, en quien ostenta  posiciones de responsabilidad. Nuevamente, la frontera entre lo adecuado y lo cercano difuminada.

Para ilustrarlo, nada mejor que la sutileza de Lydia Howard Sigourney, poetisa norteamericana del siglo XIX, en la grafía que nos refleja su recomendación de evitar que un camello   asome su hocico por la entrada de nuestra tienda (nos encontramos situados en Oriente, ¡Claro está!):

Cuando a su tienda llegó un hombre estragado,

Con los brazos molidos, y el pensamiento embotado,

A través del espacio de la ventana abierta

¡Qué vio! Un camello que asomaba la testa.

“Tengo la nariz helada”, lloró lastimeramente,

“ay, deja que un poco me la caliente”.

Como al meter el hocico nadie le dijo que no

El largo y sinuoso cuello tras la cabeza siguió

Igual que a la misa la Eucaristía

Y cuando luego intensa lluvia caía

De un brinco entero todo su cuerpo metió.

Aterrado, su alrededor el hombre escrutó

Y a su insolente invasor escudriñó

Pues cuánto más cerca lo veía,

Para aquel invitado habitación no había,

Más pasmado le oyó decir

“Si estás incómodo te puedes ir

Pues de aquí tú ya no me mueves”

Oh, qué frívolo corazón joven eres,

Del pobre árabe mofarte no debes

Pues la mala costumbre es, como verás

La primera treta que sufrirás.

No la escuches, ni la mires, ni le sonrías jamás,

La oscura fuente antes de que brote ahogar deberás

Y ni siquiera el hocico del camello consentirás.

Qué decir de quien, en posición directiva sobrevenida, entiende que en el compadreo encontrará la clave de su buen desempeño, y del político que, en su cercanía, hace el más absoluto de los ridículos para que la masa, identificada en él como uno más, lo arrastre al pozo de la más absoluta de las mediocridades y, con ello, a la sociedad que se supone  debe gobernar con criterio atinado.

Y qué pensar del hocico independentista que de lleno en la tienda trata de echar a su legítimo propietario. Recuerda:

No la escuches, ni la mires, ni le sonrías jamás,

La oscura fuente antes de que brote ahogar deberás

Y ni siquiera el hocico del camello consentirás.

Ante tanto despropósito, la paradoja sorites ha decidido permanecer avergonzada en el más absoluto de los silencios. 


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