Opinión

Adiós al comodín del columnista

Son tantas las noches en vela que me esperan que no estoy seguro de poder terminar este artículo sin desfallecer, sin entregarme al llanto y al desconsuelo. Mi vida ha perdido todo sentido. Mis días se han vuelto grises. Mi corazón no palpita. Y mis labios tiemblan. Mi mando a distancia se ha estropeado. Y oigo canciones de José Luis Perales en cada esquina de la casa. Estoy frío como un carámbano de diciembre. Extraño, como el pato aquel de la canción de Sabina. Y solo, como una neurona en un consejo de ministros.

A la luz de la penumbra en la que escribo estas letras, he recibido la noticia. Al instante, el vuelco en el corazón, las lágrimas al abismo, y el dolor en el pecho. Pena, penita, pena. La crisis del gobierno no era un bulo. Muchos han sido los movimientos anunciados. Y al fin, se ha confirmado la tragedia. Bibiana Aído abandona el Gobierno. Y como las desgracias nunca llegan solas, se esfuma también el flamante Ministerio de Igualdad. Adiós a un sueño, adiós a una ilusión, adiós a una sonrisa. Si ven que me pongo cursi, comprendan el daño, el dolor y la angustia que me ocupan mientras firmo estas líneas, entre temblores y pesadillas.

España brilló por primera vez como faro del mundo en 2008, cuando un hombre, José Luis Rodríguez Zapatero, y una mujer, Bibiana Aído, hicieron de esta pequeña montaña de escombros un lugar digno y próspero, que serviría de ejemplo por siempre para el resto del orbe. Del orbe progresista, pero del orbe al fin. Juntos idearon el Ministerio de Igualdad, como bandera ideológica del Gobierno, y como desagüe por el que fluyeron las subvenciones más estrambóticas de la historia del despilfarro español. Ese día nació el nuevo socialismo, que es como el viejo socialismo, pero sin el socialismo. Y con él nacieron la felicidad, las cejas, y el buen rollito.

Por eso hoy es el día más triste de la historia de España. La desaparición de Igualdad significa una tragedia social, política, económica e ideológica para toda la nación de la que dudo mucho que podamos recuperarnos. Y el cese de Aído, ahora con hache y sin acento para los graciosos, es toda una injusticia, una temeridad y una majadería. Me cuentan que en los foros internacionales no se habla de otra cosa, y me lo creo.

Durante estos dos años, desde Igualdad se ha contribuido notablemente a mejorar la economía, potenciando el ilustre sector del sexo en España, mediante subvenciones dispares, desde la fabricación de mapas de excitación sexual feminista, hasta la asesoría erótica para jóvenes, pasando por la promoción del aborto, verdadero pilar de la economía socialista moderna. En un día como hoy, no podemos olvidarnos tampoco de la generosa aportación de la ministra a los académicos de la RAE, a quienes asesoró con un entusiasmo sólo superado puntualmente por el propio Presidente del Gobierno. A ellos regaló la modernísima definición de “miembra” y la elegante expresión “poner tetas”, hasta entonces reservada a esa élite cultural que hace cola en los castings de Gran Hermano.

Ya en la cumbre de su aportación académica, Bibiana realizó un esfuerzo extra para hacer avanzar al tiempo a la Lengua y a la Ciencia, logrando un hito en la historia de los saberes, redefiniendo con maestría el concepto de “feto” ante el asombro y la admiración de la comunidad internacional.

Trabajadora sin descanso, tuvo ocasión también de resolver un problema de ámbito académico que quita el sueño desde hace décadas a los responsables de todas las universidades españolas sin excepción. Me refiero a su sutil propuesta de crear en la universidad una asignatura troncal de Feminismo, materia que constituye, junto a la Historia de la Cirugía Estética en Animales Invertebrados y junto a la Perspectiva Sociológica del Juanete, el tridente esencial de la formación del universitario europeo moderno.

Puede que la mayor parte de las mujeres españolas respiren aliviadas con la marcha de esta mujer, que con su actitud y propuestas no ha hecho otra cosa que ridiculizarlas desde su llegada al Gobierno. Pero lo cierto es que con su partida no pierde el Gobierno, ni pierde España, ni pierde el mundo. Con su adiós, sobre todo, perdemos los columnistas holgazanes, que somos la mayoría, a los que nunca nos falló cuando necesitamos con urgencia un titular lo suficientemente estúpido como para propiciar una columna veloz al borde de la hora de cierre.

Desde la diferencia ideológica, mi gratitud y desconsuelo.

 
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