Opinión

La vieja receta masónica

Ni La Momia, ni King Kong, ni el Abominable Hombre de las Nieves, ni el Coronel Roderick Decker, ni Frankenstein, ni todos ellos juntos, me causan tanto miedo como quienes se han propuesto imponernos esta nueva religión de estado que, en realidad, no tiene nada de nueva. No tengo constancia de que ninguno de los socialistas presentes en el último congreso –me refiero al del PSOE…- haya levantado la mano para cuestionar ni una sola de las amargas propuestas que la dirección del partido ha lanzado al tratar la más importante de las materias, la vida. Así ha sido la reflexión y el debate tan cacareado y anunciado por Pepiño Blanco: el amo habló y el pueblo asintió. O sea, lo mismo que quieren exportar a la fuerza a toda España.

Monstruos y seres perversos nos ha dado la historia. La maldad de La Momia, por ejemplo, es aterradora. Su furia hace temblar el suelo cuando estalla, y su terrorífica maldición se apodera de las mentes de los presentes, arrebatando de sus corazones cualquier señal de buen rollito. Pero en descargo de La Momia hay que recordar que permaneció tan tranquila en su agujero hasta que un grupo de arqueólogos imprudentes acudieron a aguarle su siesta eterna. Desde ese punto de vista, La Momia tiene derecho a enfadarse: a nadie le gusta que le despierten bruscamente. Sin embargo ninguno de los que han salido peor parados en el último congreso socialista –los niños no nacidos, los mayores, los discapacitados, los enfermos terminales…- habían ido antes a molestar a los congresistas y a despertarlos de su sueño, a ratos socialista, a ratos masónico. Ya saben, la vieja receta.

 

Se puede afirmar que King Kong es uno de los seres –gorilas los hay peores- más temidos y peligrosos de la historia. Y es verdad. Pero también es cierto que el gran simio es capaz de enamorarse y conmoverse a su manera. Su ternura, entre tanta rudeza, resalta especialmente. Eso hace muy improbable imaginar a King Kong votando a favor de la ley del aborto o de la eutanasia. Si alguien le mostrara a King Kong las imágenes de alguna clínica abortista, el gigante lloraría a lágrima viva. Otros, ante el mismo vídeo, prefieren reírse y abrazarse haciendo piña en torno a la cultura de la muerte. Como si acabar con el que molesta significara ser más libre o más moderno.

Tal vez ustedes no recuerden al Coronel Roderick Decker. No fue estrictamente un monstruo pero para millones de niños en todo el mundo su maldad fue una de las más crueles de cuantas se han exhibido en televisión. Decker era aquel cínico coronel norteamericano cuya principal misión en esta vida era meter entre rejas al Equipo A. A pesar de su envidia y su iniquidad, Decker no era peor que quienes apoyan ese supuesto laicismo radical que oculta en realidad el enfermizo anhelo de prohibir a Dios. Prohibir el cristianismo, más bien. El coronel norteamericano, al menos, causaba ternura al final de todos los capítulos, cuando en el último instante lograba salir con vida de su coche incendiado y Hannibal Smith, de forma siempre elegante, se ensañaba y se reía de él fumándose un gran puro, para regocijo de los televidentes. Era el minuto de humanidad del impopular Decker en el que la audiencia le perdonaba su maldad. Un minuto del que, de momento, carecen los congresistas del sábado, que no han mostrado ninguna preocupación por la defensa de los inocentes y las víctimas. Esa bandera que presuntamente debería portar la izquierda, si no se hubiera convertido en poco más que una ristra de lemas, sonrisas, eslóganes y cobardes cortinas de humo.

El Abominable Hombre de las Nieves cuenta con dosis de odio y maldiciones suficientes como para atemorizar a cualquier criatura racional. Pero su maldad, tan blanca y nevada, está llena de sospechas y leyendas y vacía de hechos y datos. Esto hace que sea muy bajo el riesgo real de encontrarse al Yeti por la calle, cosa que no sucede por ejemplo con ciertos “doctores” de anestesia fácil.

Quien más se acerca a las fantasías de los socialistas españoles del último congreso es el viejo Frankenstein, con su pretensión de ser Dios. Pero lo cierto es que no le llegan ni a la altura de los tornillos al personaje de ficción. No tienen ni su estilo, ni su paradójica ternura, ni su claridad al hablar. Frankenstein no llamaba aborto al crimen, ni eutanasia al asesinato, ni laicismo a la represión, ni libertad a la injusticia, ni educación a la intoxicación. Además, al fin y al cabo, en Frankenstein, el ansia por hacerse con el poder divino de dar y quitar la vida, termina para siempre cuando salen las letras “The End”. Algunas veces la realidad supera holgadamente a la más perversa de las ficciones.

Me pregunto si es éste el presidente que prometió que gobernaría para todos.

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