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Tribuna libre

Todo para el pueblo, pero sin el pueblo

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¿Hasta qué grado de encanallamiento ha evolucionado la democracia? - ¿Fue Aristóteles un visionario al dar por hecho que estaba condenada a corromperse hasta degenerar en la demagogia?

En las postrimerías del XVII hubo reyes atribulados por un ataque de cargo de conciencia, o simplemente “monarcajos” que se pasaron de listos, que inventaron el chollo del despotismo ilustrado, a costa de pasar el huevo de la monarquía absoluta por el agua hirviendo de la Ilustración.

Muerto el perro, sobrevivió la rabia. Los dictadores con corona siguieron siendo, si cabe, más tiranos que antes, pero desde entonces siempre pudieron recurrir a su falso “samaritanismo” paternalista para expiar sus atropellos al pueblo sometido. Resultado: la élite opulenta “volvióse” todavía más gentuza, y los súbditos, aún más parias que en tiempos del señorío feudal.

Con el curso de los siglos, se sucedieron las ideologías, las revoluciones y los caudillos iluminados, y a los sinvergüenzas de antaño les heredaron los sinvergüenzas de hogaño, o sea, los “progres” descamisados embutidos en calzoncillos de Armani o bragas de Loewe, que encontraron en la ideología liberal-conservadora el mejor aval imaginable para legitimar su estatus privilegiado de vividores con más morro que un oso hormiguero de La Pampa.

El voluntarioso Montesquieu intentó persuadirnos de que los tres poderes debían estar separados aunque fuera por la raya de una tiza de pizarra nacionalcatolicista. Pero nadie le ha hecho ni puto caso. Hoy perviven dos castas: la política y la mediática. Y ambas dos, en lugar de mirarse de reojo, por simple higiene democrática, se han metido juntas y revueltas en la cama, escenificando un “mamoneo” indisimulable de hipócrita discrepancia.

¿De qué lado están los medios de comunicación? ¿Quién controla a quién? Desde luego no es del todo cierto que sean los periodistas quienes controlan a los políticos; más bien puede que ocurra, de facto, justamente lo contrario, al estar condicionado su ejercicio (que supongo que también es el mío, por la parte alícuota que me toca), por una serie de servidumbres que hacen de los gobiernos la única instancia real capaz de contrarrestar la acción fiscalizadora de los Media: concesiones administrativas, subvenciones, publicidad institucional, legislación ad hoc, y todo lo que cabe en la palabra etcétera.

El paisaje es descorazonador: un modelo clientelar sustentado sobre la trampa del “apesebramiento” económico de los medios afines, y de aquellos otros de ideología bien dispar a la del régimen de turno, pero que no tienen otra salida que claudicar ante el “sistema”, de tal modo que ya no procede hablar del poder de los medios, sino de “los medios del poder”, con algunas excepciones que por inusuales corren el riesgo de la insignificancia.

¡Bendita la hora! en la que acudimos, reincidentes, a las urnas, haciendo con ello dejación de funciones como consecuencia de la delegación de “soberanía” que se produce en las democracias representativas en cada uno de los procesos electorales. Como no se nos ocurra nada mejor, políticos y periodistas seguirán hablando en nuestro nombre, suplantando nuestra facultad individual de decisión y opinión, y perdonándonos la vida como un matón de cine negro de “serie b”.

Los unos apelan al cuento de velar por el bienestar de los ciudadanos, cuando lo único que les obsesiona es perpetuarse en el poder y seguir pisando la moqueta del despacho y la del coche oficial tuneado; mientras que los otros presumen de ser los mejores intérpretes del Oráculo de Delfos, con la monserga de ejercitarse en la crítica al ejercicio del poder para evitar sus arbitrariedades y abusos.

Ni a unos ni a otros le importamos una mierda. Nos están haciendo la pinza, como Aznar y Anguita a González, aprovechando que estamos a nuestra bola, con hambre de pan y circo. 

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