Zapatero en Venezuela: el hombre que confundió mediación con complicidad
En la tragedia venezolana, hay víctimas, verdugos y espectadores.
José Luis Rodríguez Zapatero decidió ser algo peor: un espectador activo que, bajo la máscara de “mediador”, terminó convirtiéndose en cómplice político de un régimen autoritario.
Su presencia recurrente en Caracas no trajo soluciones ni alivio, solo tiempo extra para Nicolás Maduro. Cada viaje, cada rueda de prensa, cada frase calculada sobre “diálogo” o “elecciones soberanas” fue oxígeno para un poder asfixiante. Zapatero no se situó en la mitad del camino: se inclinó sistemáticamente hacia el chavismo, disfrazando de prudencia lo que en realidad fue complacencia.
Mientras la oposición reclamaba garantías electorales, él prefería relativizar fraudes evidentes. Mientras miles de venezolanos eran encarcelados o forzados al exilio, él se perdía en tecnicismos sobre procesos de negociación. Y cuando Europa señalaba la falta de legitimidad en las votaciones, Zapatero la acusaba de “prejuicios”. Como si pedir elecciones limpias y libres fuese una manía cultural, y no un principio democrático básico.
Zapatero habla como si Venezuela necesitara calma, cuando lo que necesita es verdad. Sus intervenciones, revestidas de falsa equidistancia, han servido como barniz internacional a un régimen que encarcela, silencia y empobrece. En lugar de ser un puente hacia la democracia, se convirtió en muro de contención contra la presión internacional.
Hay quienes todavía intentan ver en él un facilitador bienintencionado. Pero los hechos son claros: su papel no contribuyó a abrir espacios para la oposición ni a restaurar derechos fundamentales. Al contrario, otorgó legitimidad a farsas electorales y validó la narrativa oficial de Miraflores. Su mediación no fue neutral: fue funcional al poder.
La historia será implacable con Zapatero. No lo recordará como el estadista que ayudó a reconciliar a un pueblo dividido, sino como el político europeo que se prestó a encubrir la perpetuación de un régimen autoritario. Su legado en Venezuela no es de paz, sino de sombras. No es de soluciones, sino de complicidad.
En el tablero de Venezuela solo hay dos lados: el de la libertad o el de la tiranía. Zapatero, con sus silencios y complacencias, ya eligió el suyo. Y la historia lo pondrá en el lugar que merece: junto a quienes ayudaron a sostener una dictadura, nunca junto a quienes lucharon por derrotarla.