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“Seréis como dioses” (Gen. 3,5)

Criptomonedas.
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Hay quienes hoy, quien ser y actuar como dioses

Que la sociedad de este nuevo siglo está sufriendo una profunda transformación en casi todos los ámbitos de nuestra vida no hay ya  quien lo dude, ni tampoco quien la detenga. La era digital ha roto todas las fronteras idiomáticas, culturales, económicas y sociales que el hombre tenía hasta el pasado siglo.

Ha aumentado considerablemente la capacidad de entendimiento entre las personas porque los idiomas pueden ya ser traducidos digitalmente y la constante movilidad entre ciudadanos de distintas latitudes y continentes por razones laborales o de emigración, permite el intercambio de costumbres, culturas e incluso hábitos que se reflejan en las vestimentas, alimentación o  en las mismas relaciones sociales.

Por otra parte el mundo de la economía y finanzas está sujeto a un vértigo de cambio tan acelerado, que las operaciones o decisiones no se adoptan solo en los tradicionales centros financieros como la City londinense o el Wall Street neoyorquino, sino desde un simple ordenador por el que se  se negocia, desde cualquier parte del mundo, incluso con monedas virtuales como las criptomonedas que utilizan redes descentralizadas con las que se hacen transacciones e inversiones financieras.

Estamos pues, ante una nueva era donde un grupo de supermillonarios al margen de los Estados, pueden ya viajar al espacio construyendo sus propias naves o como Jeff Bezos, antiguo CEO de Amazon, empeñarse en investigaciones millonarias para no envejecer o buscar la inmortalidad. Hay quienes hoy, quieren ser y actuar como dioses, dioses poderosos para controlar no solo  las voluntades, sino también las leyes naturales.

¿Son ellos los que también están invirtiendo en las nuevas corrientes ideológicas que pretenden manipular nuestras mentes con los avances tecnológicos y llegar incluso a dominar y decidir sobre la vida y la muerte? Este endiosamiento es similar al peligro que Dios advertía al hombre:

“El ser humano ha llegado a ser como uno de nosotros, pues tiene conocimiento del bien y del mal. No vaya a ser que extienda su mano  y también tome del fruto del árbol de la vida y lo coma y viva para siempre”. Entonces Dios expulsó al ser humano del jardín del Edén (Génesis 3, 22-23). La humanidad ya sufre las consecuencias de conocer y no diferenciar en muchas ocasiones el bien del mal, ¿estaremos añadiendo nuevos riesgos más destructivos que la pandemia que hoy sufrimos, por tomar del fruto del árbol de la vida?

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