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El tufillo de la U.E.F.A.

Partido de fútbol.
photo_camera Partido de fútbol.

“Algo huele a podrido en Dinamarca, decía Marcelo en el Acto I de Hamlet”, expresión que se podría hacer extensible al tufillo del V.A.R. en la final de la “Nations League” de la U.E.F.A. que enfrentó a España- Francia, en el que sin duda, dominó el equipo español, verdadera revelación de un equipo joven en manos de un gran experto entrenador, al que si algo le falta, sería la capacidad goleadora; evento donde se optó por dar por bueno un claro a todas luces “fuera de juego” en base a una interpretación peculiar delnuevo Reglamento, que de seguir su ilógica, nos llevaría a pedir a los defensas una visión tridimensional delantera y “trasera” sin ningún ángulo muerto posible, como si además ejercieran de agentes de tráfico. En otras palabras, cada jugador, - en especial las defensas que además están de espaldas -tendría la obligación de hacer de árbitro adicional, meditando, ejecutando, o inhibiéndose en milésimas de segundo ya no solo de lo que dice el Reglamento, sino interpretando su espíritu. ¡Menudo galimatías, pardiez!

Desde siempre se ha interpretado que desde salir la pelota del pie del atacante que pretende pasar al compañero adelantado, si éste último está en una línea más avanzada que la defensa, se entiende objetivamente“ fuera de juego”. Ahora por lo contrario, parece que se pide una pasividad absoluta a la defensa, y que renuncie a su lógica función “defender”, puesto que de tocar la pelota, por mínimo que sea, equivaldría a convalidar la jugada y excluir el fuera de juego.

Esta novedad, unida al también cambio de criterio en no levantar el juez de línea el banderín en esta nueva bestia negra llamada fuera de juego, permitiendo así terminar la jugada, está consiguiendo, más que nuevas emociones, una claro riesgo de taquicardias fruto de tal inseguridad creada que poco o nada beneficia a la imagen del fútbol, sino que lo está prostituyendo como afirman muchos amantes del mismo.

 Lo que es más grave, es que en toda una final, donde se reparten más de 76.000.000 de euros, con un extra para el ganador de 6.000.000 de euros, al margen de otros 4.500.000 euros por llegar a la final, es que decida un supuesto “Zeus” desde un hipotético “Olimpo”, bien sea de los dioses o desde la cueva de “Alí Babá”. Si es lo primero, se comporta como la mitología griega marcando arbitrariamente el destino de los pobres terráqueos humanos (razón por la que sin duda Perseo decidió prescindir de ellos). Si es lo segundo, pues nadie suele ser por lo general arbitrario sin una “fuerza mayor”, y que es precisamente lo que piensan la “mayoría” de los aficionados, estarían en baile miles de millones de las potentes agencias internacionales de apuestas, pues no olvidemos que en el presente caso, solo en una de estas miles de casas de juego, si Francia ganaba estaba el beneficio a 1.73, pero si ganaba con “dos o más goles”, el beneficio pasaba a 9.00, con lo cual, se ganaba obviamente más, aportando menos; mientras España que era la favorita por méritos propios de un equipo y un entrenador excepcional, se ganaba 4 cuotas. Apostar por Francia se quedaba en 3.25 (3.50 previamente en caso de Bélgica y 4.25 en caso de Italia).

En definitiva, representa una tremenda farsa y tomadura de pelo, un desprestigio inaudito en el deporte rey, que un “anónimo” decida sobre la ilusión de infinitos espectadores, al que toma por “ilusos”, siendo conscientes que bailan millones de euros en un negocio “opaco”, donde hasta sería interesante que se iniciase una investigación de dicha supuesta millonaria “estafa” para saber si quién o quiénes tomaron esa extraña decisión, tuvieron parte y beneficio en los seguros millonarios réditos económicos fruto de sus acciones, y si en un intervalo de tiempo, hubiesen tenido un “ingreso bancario injustificado”.

No es baladí decir lo que cantan todos los trovadores y juglares, pues llueve sobre mojado, y no hace mucho, otra final tampoco estuvo libre de sospechas.

En último extremo, y para lograr más beneficios, puesto que parece que de eso se trata, sería mejor que el árbitro lo sustituya otro mero robot, puesto que tampoco es de recibo, que quien ejerce como tal, pese a lo que estaba en juego, no se tomase la mínima preocupación de ver personalmente el V.A.R., sencillamente equivale a tratar al público como mero ganado, como si una pandilla de borregos sin criterio fueran.

En conclusión, quien hace la ley, hace la trampa, por lo que en lo sucesivo, los delanteros habrán de especializarse en cuando pasen la pelota, procurar que rebote de refilón, como si bola de billar a dos bandas fuera, en el necesariamente pasivo defensor que tendrá que limitarse a ser otro mero espectador como si de público se tratara y además llevar el “espejo retrovisor” que evite todo ángulo muerto como si agentes de circulación fuesen.

Por cierto, el sacar dos tarjetas merecidas al contrario, no obsta para observar que en varias ocasiones, ante faltas también claras del rival, algunas al lado del área, el árbitro sutilmente optase por no verlas.

 

 A todo esto, que coste que servidor no entiende excesivamente de futbol, - ¡imagínense si entendiera! pues habría que limpiar más con la “escoba”- y solo se limita a manifestar su solemne cabreo al intentar disfrutar de estos ocasionales eventos en competiciones internacionales, pues de las nacionales, aun siendo antiguo seguidor apasionado del Barça, opté por dejar el denominado “més que un club” en el minuto 17.13, es decir antes del minuto 1.714. Yes que mezclar pasiones y amores condeporte y política, es pócima extraña. ¡Imagínense cuando además se mete la ingeniería económica especulativa!. Por cierto, mi enhorabuena a Laporta por su felicitación que limitó a los tres jugadores de su club, omitiendo al resto de la selección española, eso es hacer país, en la seguridad que con la republiqueta, ante rivales como el Cornellá, Hospitalet y demás, la liga estará más que garantizada, astuto él que sabe ¡pensar a lo Champions!.

Conclusión del obvio desencanto: optaré por la bolsa y el monopoly, pues como dice aquella publicidad “yo no soy tonto”, ¿o tal vez sí?. Esa Podría ser otra “cuestión” como diría Shakespeare. En todo caso, optaré “ad cautelam” por ampliar el seguro de vida, si por azar toca la flauta y hemos dado en la diana. ¡Broma!

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