Política

“No veo ninguna posibilidad de articular una fuerza política democratacristiana en España”

Josep Antonio Duran Lleida acaba de presentar sus memorias políticas: El riesgo de la verdad. En el libro pone de manifiesto que Cataluña es un callejón sin salida con salidas, que el independentismo es un virus multicausal, y que la política española rejuvenece mal enterrando a los estadistas. Entre otras cosas

Sobre los ladrillos de una larga vida política, Duran Lleida posa con sus memorias. Foto: Álvaro García Fuentes
photo_cameraSobre los ladrillos de una larga vida política, Duran Lleida posa con sus memorias. Foto: Álvaro García Fuentes

El hombre que quiso ser puente entre Aragón y Cataluña. El diplomático democristiano que dejó la cruces para los partidistas que tachan. Trajeado. Elegante. La antítesis ética y estética de Rufián-Torra dejó la política en 2016 después de que su apuesta por una Cataluña catalanista no independentista no encontrara eco en las urnas. Las gafas atrevidas en el Congreso de los Diputados para contemplar una tercera vía. Pudo ser el delfín de Pujol y entonces “Cataluña sería hoy otra cosa. Estoy convencido”. Pero Pujol quiso Mas, y Mas fue nuestro Cameron. Estado de su alma: tranquilo, sereno. Sin pelos en la lengua para autocriticarse y pedir perdón. La equis habitual en las quinielas de ministrables en gobiernos rojos y azules. Quiso ser periodista. No ve TV3. Hombre de Derecho en una política “con crueldad humana”. Al hombre que quiso ser puente algunos amarillos le llamaron botifler y los rojigualdas le miraron con recelo. Político cristiano sin catacumbas descansa con la conciencia en paz.

Hubo un tiempo no muy lejano en que la política tenía más de reflexión que de estómago, aunque siempre tuvo ese ingrediente de pasión en el que los que sirven se integran y los arribistas muestran sus sentimentales carencias.

1974. Ni Constitución siquiera sobre la mesa y Duran Lleida ya estaba en Unió. Un aragonés de la rivera de un pueblo que hablaba en catalán llegó a Cataluña sin saber quién era Tarradellas. Siempre en Unió. Siempre democristiano. Hasta 2016. Una carrera recta como pocas travesías políticas consolidadas se hayan surcado en España.

Lleva meses escribiendo sus memorias sin acíbar y esta semana ha abierto sus páginas por aquí y por allá, aclarando el precio de la libertad a quién ha querido preguntarle. La gira de un viejo rockero en forma, tan pulcro como cuando subía a la tribuna del Congreso de los Diputados, y tan cercano como cuando el CIS -hubo un tiempo en que el CIS no era de Tezanos- le encumbraba como el político más valorado por los españoles.

Octava planta del edificio de Planeta. En un punto de la tangente de una tabla redonda el caballero Lleida firma con paciencia libros de cortesía. En otro punto de este círculo de madera maciza, como dos satélites, nos sentamos, nos miramos y dialogamos como hacen las personas normales. En torno a una circunferencia perfecta en el núcleo de Planeta comenzamos hablando sobre la cuadratura de Cataluña.

Este es, más o menos, el riesgo de su verdad.

De momento, ¿cuál está siendo el coste de su libertad de expresión? ¿Le llegan mensajes de aludidos cabreados?

No. Los que me los pueden enviar -Puigdemont, Torra, Mas o Pujol- no lo harán. Igual hacen alguna declaración, pero a mí seguro que no me dicen nada.

Tres años fuera de la política. Y el escenario ha cambiado sustantivamente. ¿Será más difícil ahora encontrar estadistas?

El escenario político ha cambiado y, en buena medida, el impulsor de ese cambio ha sido el reto del independentismo. A esto se superpone el debilitamiento de la credibilidad política donde crece el rechazo de profesionales a formar parte de partidos políticos, y todo se complica mucho más. Este panorama hace más difícil encontrar estadistas, porque, es evidente, priman los intereses partidistas sobre los intereses de Estado.

¿Qué sabor de boca le ha dejado su vida política?

Un sabor muy positivo. He aprendido mucho de la sociedad. He tenido disgustos, pero sigo teniendo una gran vocación política. Aquí no se puede estar toda la vida. Hay que saber entrar y salir. Creo que supe entrar, eso es fácil, pero quizás no supe salir. Quise irme antes, pero al final me echaron porque la apuesta no independentista que yo hice en 2015 en el seno de CiU no tuvo apoyo electoral suficiente.

¿Los partidos son crueles con sus políticos y envenenan de ombligo nuestra democracia?

Depende. En la política hay crueldad humana. ¿Los partidos son crueles con la democracia? Los partidos necesitan una vuelta que les haga más democráticos en sus actitudes y en sus comportamientos. Para eso es clave cambiar la ley electoral. Las listas cerradas fueron útiles para empezar a andar en un país sin tradición democrática, pero han pasado cuarenta años y esa ley con listas cerradas quedó muy desfasada hace tiempo. La ley electoral no favorece ni la democracia, ni el funcionamiento democrático de los partidos.

Visto lo visto con las primarias en Ciudadanos, igual las primarias tampoco son el camino…

Yo no haría una regla general a partir de una excepción. Dicho esto, nunca he sido partidario de las primarias. Cuando el elegido tiene que ir a buscar a sus electores, convencerles y darles cuenta al cabo de cuatro años para volver a ser elegido, ahí el partido desaparece. La fuerza no la tiene la estructura del partido, sino el elector: eso sí que son unas buenas primarias.

El procés: en el banquillo y en directo, dice usted, “la historia de un fracaso político colectivo”. El diálogo que exigen los independentistas echados al monte, ¿cómo se aborda?

Hoy por hoy, el proceso es un callejón sin salida, pero habría salidas. Para encontrarlas hay que sentarse en una misma mesa y dialogar. Sin embargo, a día de hoy, el independentismo se sienta en la mesa con un solo objetivo: sí o sí a un referéndum de independencia. ¡Eso no es diálogo! Eso es no entender cuáles son las líneas rojas del adversario y, por eso, ese diálogo nunca prosperará. Si ese es el único planteamiento, nunca habrá una solución por la vía del diálogo. Todas las crisis necesitan decantarse del todo, la catalana, también. Ese decantamiento pasa por que se celebre el juicio, haya una sentencia, se lea, y se vea qué se hace con ella. Será un camino largo.

Dice usted que “el independentismo no pierde la oportunidad de perder la oportunidad”. ¿Cuál ha sido la más clara para evitar esta tensión agotadora?

Muchas. La última: Sánchez les ofrece una vía de diálogo y ellos la desaprovechan planteando la autodeterminación, que nunca asumirá ningún Gobierno de España. Puigdemont desaprovechó la posibilidad de convocar elecciones optando por la vía unilateral. ERC, que aparece hoy como la fuerza más moderada, fue uno de los actores principales que condicionaron esa decisión de Puigdemont. Como ha dicho Urkullu en el Supremo, Puigdemont había decidido convocar elecciones, pero se vino a acojonar -no son esas las palabras textuales utilizadas por Urkullu- por el impacto de las redes sociales y de algunos miembros de su partido. En las redes sociales, algunos dirigentes de ERC tuvieron un papel destacado y las presiones in situ de algunos de sus representantes, como Marta Rovira y Oriol Junqueras, también, aunque quieran ahora aparentar una supuesta moderación.

Si usted hubiera sido Rajoy el 1-0, ¿qué habría hecho?

Si yo hubiese sido Rajoy, no habría llegado el 1 de octubre. Quizás él tuvo una confianza excesiva en que no habría urnas, y las hubo. Sé que no hubo referéndum, porque no se daban los requisitos legales y las garantías democráticas exigidas. Pero no habría provocado una imagen que fue muy negativa para España: la de las cargas policiales. Ahora se discute en el Supremo y veremos si la actuación del Gobierno en su día está razonada o no, y si los mossos d'Esquadra ayudaron o no. Las pruebas de este proceso nos van a ayudar a tener una visión más completa de lo que sucedió aquel día.

Duran lleida 2. Foto- Álvaro García FuentesUsted apostola una tercera vía para Cataluña. ¿Ciudadanos tiene algún papel en ese camino hacia la solución?

La medida final no puede provenir solo de una fuerza del arco parlamentario español con una parte del arco parlamentario catalán. La solución debe venir de todos los partidos políticos españoles, sean o no catalanes. La tercera vía es una posición que no comparte las posiciones del independentismo, pero tampoco comulga con el inmovilismo para encontrar una solución al problema catalán, que nunca pasará por la autodeterminación. Ciudadanos no quiere más solución que la del 155, y esa no es ninguna solución.

¿Qué opina sobre Albert Rivera?

Le conozco de la política catalana. Tengo una buena impresión de él, y de todos los referentes de la política catalana, aunque al final yo deposite mi voto en aquel que me da confianza. Mi papel hoy no es enjuiciar a los políticos del presente. En mis memorias me atrevo a juzgarme a mí mismo, y a quienes he conocido a lo largo de mi vida política, porque han sido compañeros míos. Albert Rivera es de otra generación.

De esas personas con las que ha coincidido bastante, ¿cómo queda en su memoria Jordi Pujol?

Ha sido uno de los mejores políticos que han tenido Cataluña y España. La autonomía dirigida por Pujol fue un referente para el conjunto de las autonomías españolas. Las reivindicaciones regionales de Pujol y de su gobierno fueron un modelo en Europa. Pero lo que fue un referente, hoy es un problema sin Pujol, por eso hay que reconocerle un valor. Pujol seguramente ha sido independentista toda su vida, pero sabía que el independentismo no era viable. Como decía Tarradellas, lo que no se puede conseguir, mejor no plantearlo.

Pujol hizo una obra de gobierno con sus cosas positivas y sus cosas negativas. La duda que me embarga tras recordar y estudiar todo mi periodo al frente de Unió Democrática y de colaboración con Pujol es si él y algunos de los suyos tomaron decisiones políticas en la Generalitat orientándolas ya a la independencia. No sé si entonces ya se estaba sembrando para después recoger los frutos. Me queda esa duda. Yo, al menos conscientemente, no colaboré, aunque me queda la impresión de que algo sí hicimos en esa dirección.

¿La corrupción no salpica la imagen que guarda de Pujol?

No me siento capaz de saber si existe responsabilidad penal en torno al dinero en Andorra, si es o no de una herencia, y las implicaciones posibles, porque hay que respetar la presunción de inocencia, y serán los tribunales los que decidan. Sí he visto una intervención de las cloacas del Estado para intentar obtener o desfigurar algunas pruebas que afectan a la familia Pujol. No conozco el sumario de los casos en los que está sumergida la familia, y tampoco sé hasta qué punto esa intervención de las cloacas del Estado, de la que hablan los medios de comunicación, podrá dañar la credibilidad de la prueba y, por tanto, de todo el proceso.

Si Jordi Pujol hubiera apostado por usted como relevo al frente de la Generalitat, ¿Cataluña sería ahora otra cosa?

Estoy convencido. Pero no apostó, y ya nada se puede hacer.

¿Por qué no fue el elegido?

Quizás suene pretencioso, pero creo que él valoraba mi fuste político. Sin embargo, yo no era de su partido… En alguna ocasión insinuó que si había una fusión de Unió y Convergencia mi liderazgo tendría más sentido, pero nunca quise arriesgar la personalidad de Unió para meterla en aquel conglomerado solo para mi beneficio personal. Además, creo que no he sido una persona grata para su entorno familiar, o al menos, el que más peso ha tenido en decisiones importantes en Cataluña. Y tampoco era para nada del agrado de los jóvenes nacionalistas de Convergencia, que siempre fueron independentistas, y que han sido los que, con sus consejos y sus asesoramientos, han intervenido en la mutación de Artur Mas.

¿Quién es de verdad Artur Mas?

Artur era un catalanista -como mucho- que entró en política sin vocación, pero se fue metiendo después de entrar como funcionario o cargo de nivel alto en alguna consejería de la Generalitat, y después se transformó en independentista en un proceso en el que tienen mucho que ver esos asesores formados en las juventudes de Convergencia con sello independentista que, por supuesto, no me veían como santo de su devoción, porque sabían que no compartía esos planteamientos. Para ellos yo era un estorbo.

¿Pujol tenía complejo de democristiano?

Jordi Pujol, en el fondo, era democratacristiano con una formación en esa línea mucho más pronunciada que la mía, o la de muchos de nosotros, pero no le gustaba nada que se lo recordaran, y menos si era en público. Pujol estaba dispuesto a sacrificar sus posiciones ideológicas para intentar hacer una fuerza política más transversal. Él no estaba por la labor de otro objetivo que no fuera ganar y ser presidente de la Generalitat, una ambición legítima. Él quería que a su alrededor se agruparan liberales, socialdemócratas, demócratas, democratacristianos, conservadores, algún exfranquista… para construir esa gran fuerza que le permitiera ser presidente.

Al leer su libro da la impresión de que muchos no independentistas se transforman en un momento dado, como si el independentismo fuera un virus, empezando por Mas…

Pues es que, en cierta medida, ha sido un virus, ¿pero por qué ese virus está latente en el ambiente? Por muchas razones. Prescindamos de Mas en este análisis. No se puede entender esa evolución de muchos ciudadanos catalanes si no sumas muchos factores: el cambio generacional de Pujol a Mas, el cambio de la calidad política de Pujol a Mas. Mas es muy influenciable por los planteamientos de las juventudes. Pujol era más consistente, políticamente hablando.

No se puede entender el virus que afecta a muchos ciudadanos de Cataluña sin la crisis social y económica de 2007, que deja mal sabor de boca a gran parte de la sociedad, en general de toda Europa. En Cataluña fue el Gobierno de Artur Mas el que aplicó los recortes más duros, en línea de lo que se nos exigía y lo que se necesitaba, por otra parte. Eso hizo que mucha gente buscara soluciones en el pasado, o se inclinara hacia un futuro completamente distinto, costara lo que costara. Hay gente dispuesta a ser independentista, aun sabiendo que, al principio, dicen ellos, supondrá un coste económico para Cataluña, pero al final todo será idílico.

No se puede entender ese virus sin el Estatuto que promovió Mas de acuerdo con Maragall y con Zapatero, que ni Pujol ni yo vimos nunca necesario. Y no se puede entender el virus sin la sentencia del Tribunal Constitucional con su prólogo, aunque muchos de los afectados por el virus no hayan leído nunca estos textos.

No se puede entender el virus y la transformación sin tener en cuenta la aparición del populismo, que es el triunfo del sentimentalismo sobre la razón. La política tiene un componente importante de sentimientos y de pasión, pero carece de vida si no cuenta con el equilibrio intelectual adecuado. El populismo y las masas arrasan con los puntos medios.

No se puede entender el virus sin contemplar con pasmo la renuncia a ejercer el liderazgo que se les exige a los gobernantes de Cataluña. Un líder debe pensar: ¿esto le conviene al país? ¿Esto es posible? Y decidir sin someterse a la presión de la calle que, muchas veces, conduce a callejones sin salida. Un líder asume que, aunque le rompan la cara, ha de decirle al pueblo: este no es el camino. Se cedió a la calle y el líder se puso al frente de una manifestación cuyas pautas no marcaba él. Cuando digo “calle”, hablo de la Asociación Nacional de Cataluña, creada expresamente para fomentar y articular el independentismo; y hablo de Òmnium Cultural, que hizo una variación de una entidad cultural y política de la que formé parte y hace tiempo que no podría, porque si no eres independentista se te cierran las puertas.

Todos estos factores permiten comprender cómo es el virus que afecta a Cataluña. Y la responsabilidad de ese contagio es de Cataluña, y de España, y de todos un poco. Por eso digo que es la historia de un fracaso colectivo.Duran lleida 3. Foto- Álvaro García Fuentes​​¿La Transición fue un éxito colectivo?

Sí. Yo la defiendo frente a quienes quieren cargarse el régimen del 78. El Proceso es todo lo contrario.

En sus memorias queda claro que Mas le ha defraudado, pero pueden quedar dudas sobre si también le ha defraudado Pujol.

Políticamente, no tanto. Con Pujol he trabajado y convivido. Hemos hablado. Es posible que nos haya utilizado a mí y a otros para conseguir sus fines, pero es un político de pies a cabeza. Después vino todo lo que hace referencia a temas de corrupción, y veremos si es cierto o no. Si los hechos que le inculpan se demuestran, mi grado de decepción será mayor, claro.

¿Cómo queda Miquel Roca en sus recuerdos?

Tengo una exquisita relación con él, mejor ahora que cuando hacíamos política los dos, lógico. Él defendía los intereses de la militancia de Convergencia, y yo, los de la militancia de Unió, y siempre había choques, sobre todo cuando se acercaban las elecciones municipales. Es un hombre inteligente, brillante, menos ideológico que Pujol, y con menos interés por la política internacional que Pujol.

¿José María Aznar?

Es de los presidentes que tuvo una idea para España. Otra cosa es que esa idea, a mi juicio, la articulara en torno a la necesidad de buscar una alianza con Estados Unidos con motivo de la Guerra de Irak para situar a España en una posición más preeminente de la que tenía en el concierto internacional, y lo hiciera al margen de la Unión Europea. Tener una propuesta para España y prescindir de la Unión Europea es un error. Alinearse con Geroge Bush y Tony Blair -fíjese cómo estamos con el Brexit- a espaldas de Alemania, Francia y del resto de países europeos, fue un error. Pero él tenía una idea de España, algo básico que otros presidentes no han tenido.

Aznar hizo una buena primera legislatura, entre otras cosas, porque nosotros la estábamos apoyando. No es ninguna medalla. Es un hecho objetivo. Pero la mayoría absoluta le emborrachó y empezó a tener un contencioso con Arzalluz y el PNV a raíz del Pacto de Lizarra y aquel distanciamiento lo aplicó también al nacionalismo catalán. Mucho de lo construido se fue a la deriva en la segunda legislatura, en la que aparece el auténtico Aznar: un hombre de derechas conservadora, liberal, duro, poco comprensivo con la singularidad de Cataluña, y eso que hablaba catalán en la intimidad…

En su libro Felipe González despunta como el mejor presidente de nuestra democracia.

Aznar y yo hemos estado en la misma Internacional. Aunque nos separan muchas cosas, estar en la misma internacional democratacristiana, después llamada “centro”, significa que algunas similitudes debieron existir entre nosotros. Con Felipe no estuve nunca en el mismo círculo: él es socialista, y yo no soy socialista, aunque tenga cosas en común con los socialistas. España tuvo estadistas durante la Transición. Llamo estadistas a aquellos que piensan más en el país que en el interés propio. En ese sentido, el señor Suárez, el señor Carrillo, el señor Fraga, el señor Pujol y el señor Felipe González, que fueron capaces de construir aquel tránsito de la dictadura a la democracia, fueron estadistas. De los que vinieron después, para mí el más consistente ha sido Felipe González, y eso no significa que estuviera de acuerdo con todas sus ideas. Él tenía un proyecto para España incardinado en la Unión Europea, donde llegamos a formar parte del trio más decisorio: Kohl, Mitterrand y Felipe González. Eso es un mérito que solo es factible con un tipo con el fuste político de González.

Cuando Felipe perdió contra Aznar en 1996 podría haber deseado el caos, que se repitiesen las elecciones, que nosotros no apoyáramos un gobierno del PP y, sin embargo, públicamente nos pidió que respaldáramos a Aznar. Él decidía pensando en el país y no en su interés personal o partidario. Sabía que se había terminado una época, que ahora llegaba la derecha, y que más tarde sería vencida por el socialismo.

¿Zapatero le ofreció ser ministro?

Nunca de manera expresa. Él siempre dejó caer que estaba encantadísimo de que entráramos en el Gobierno para darle un apoyo estable.

Lo digo porque usted ha sido el ministrable permanente, tanto en gobiernos del PP como del PSOE…

Aznar, en su primera entrevista pública como presidente del Gobierno, explicó que me había ofrecido el Ministerio de Exteriores, y era cierto. Antes de firmar el Pacto del Majestic para dar estabilidad a la legislatura, vine a Madrid para hablar con él, por encargo de Pujol, para saber qué orientación tendría su Gobierno, a ver si nos íbamos a encontrar en el Ejecutivo con un par de representantes de la cuerda dura de Vidal-Quadras, por entonces presidente del PP en Cataluña, y con quien manteníamos una relación muy tirante. Cuando me relacionó su Gobierno, llegó a la cartera de Exteriores, y me dijo:

-Esta cartera es para Duran Lleida.

Le respondí que ni quería ni podía ser ministro. Aquella sí fue una propuesta formal, en esos términos.

¿Los democristianos en España han muerto?

Éramos pocos y ahora somos menos. A mí me cuesta encontrarlos. Los hay en el País Vasco, y alguno más por ahí, pero no existe la más mínima capacidad de articular la democracia cristiana. Eso ya pasó. No se hizo bien. El equipo democristiano durante la Transición fue un fracaso, como recuerdo en el libro, aunque el espacio electoral existía…

Usted apunta, entre otros, a las malas artes del Cardenal Tarancón.

Bueno, él no ayudó, pero aquello no significa que no quisiera hacerlo bien. En el libro incluyo una conversación con él que justifica su actitud, y sus argumentos pueden ser aceptables. Pienso que la Iglesia de hoy debería echar de menos un partido sólido democratacristiano, como lo ha habido en muchos países europeos. Aunque, fíjese, en la evolución política en Europa y en el mundo, los partidos tradicionales están perdiendo peso en todas partes. Los democratacristianos eran muy fuertes en Bélgica; siguen siendo fuertes, pero no gobiernan en Flandes; eran significativos en Francia, donde ya casi no existen; eran fortísimos en Italia, pero se disgregaron en mil partidos; eran y siguen siendo fuertes en Alemania, aunque están perdiendo fuelle… Lo mismo sucede con la socialdemocracia. Estamos en una transmutación de las ideologías, que no mueren, porque las hemos matado muchas veces y luego resucitan, pero vemos una evidente transformación.

Posiblemente, entre los votantes del PP, Ciudadanos y VOX haya más de un democratacristiano que no encuentra su auténtica referencia política… A veces parece que existe un interés de las mayorías políticas por relegar a los políticos cristianos y sus propuestas a las catacumbas.

Se puede ser cristiano y no ser democratacristiano, y ser democratacristiano sin ser cristiano. Pero es evidente que los partidos democratacristianos se han nutrido mayoritariamente de gente de fe. Esas personas están en el PP, en Ciudadanos, en VOX, y también en el PSOE. Puede haber votantes democratacristianos, pero no hay tiempo para que se lidere ese terreno. No veo ninguna posibilidad de articular una fuerza política democratacristiana en España.

Familia: no al aborto libre, no al matrimonio homosexual, siendo usted parte del Gobierno que reguló por primera vez las uniones civiles. ¿La libertad de expresión para defender lo que se piensa está en entredicho en nuestro país?

La libertad de expresión para decir lo que uno piensa sigue viva, faltaría más. En el Congreso de los Diputados y ante los medios de comunicación he dicho siempre lo que pensaba en ese ámbito, que, por cierto, no era muy distinto de lo que defendían los dirigentes socialistas en Alemania o Francia, con quienes compartíamos el discurso al milímetro. En España no hay una limitación de la libertad de expresión, sino una pobreza discursiva creciente que te deriva rápidamente a las catacumbas, aunque defiendas una idea con argumentos, y te presenta como alguien retrógrado, conservador, de ultraderecha, etcétera, etcétera.

Los primeros que se acordaron de las parejas que no eran del mismo sexo para reconocer sus derechos civiles, que no el matrimonio, estaban en el Gobierno de Convergencia i Unió de Cataluña, con una consejera de Justicia de Unió.

Dice usted que la libertad de enseñanza y de elección de colegio por parte de los padres ha sido uno de los principios rectores de su vida política. Es un tema que no se entiende en esta democracia políticamente correcta, parece.

En este país nunca ha habido libertad total de enseñanza. Para eso debe garantizarse la libertad de los padres para escoger el colegio que quieran para sus hijos, sea público o de titularidad privada. No hay auténtica libertad si los centros educativos concertados no tienen la financiación necesaria y, al final, acuden a la cuota de apoyo, que se necesita para garantizar la educación que imparten. Mientras no haya auténtica gratuidad -insisto, sea una escuela pública o con concierto- no habrá una libertad real.

La Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE), en la que participé, consagró los conciertos, pero, a menudo, existen muchas trabas para que se puedan materializar. Siempre he considerado artificial el debate entre escuela pública y privada. Ese ha sido un refugio habitual de la izquierda para evitar el debate real, que debería centrarse en la escuela de calidad y en la gratuidad. Los padres tienen derecho a encontrar una escuela de calidad para sus hijos. Y falta inversión en las escuelas de titularidad pública, y falta garantizar la gratuidad en los centros concertados.

¿Se ha sentido mal mirado alguna vez en la vida pública por ser cristiano?

No. Nunca he sentido la más mínima discriminación por ser cristiano. Sí veo que algunos han tachado algunas de mis posturas de “carca” o “retrógrado”, pero son reacciones propias de una determinada izquierda española que, durante muchos años, ha sido la más anticuada de Europa.

Después de mucha mili en la Cámara Alta, ¿qué propondría usted para que el Congreso sea un órgano ejemplar, eficaz y operativo a partir de estos cuarenta años de Constitución? Entre usted y Rufián, como reflejos de dos estilos de política, hay un trecho…

Es un cambio radical. Hay muchas personas nuevas, y no por ser nuevas tienen que ser peores, pero han introducido una actitud y unos comportamientos que están muy lejos de lo que, para mí, es lo correcto y necesario en política.

Otro factor determinante en este escenario es el concurso de las nuevas tecnologías en la política. La política del tuit no da espacio ni a la razón, ni al diálogo. Si hablas a través de Twitter no te sientas, y cuando no te sientas, no hay diálogo, no se confrontan las posiciones, y no hay capacidad de cesión y de llegar a un acuerdo. Eso está deteriorando enormemente la política.

Dice usted que Pedro Sánchez parece que llegó a la Presidencia vía moción de censura por la Gürtel, pero que, realmente, fue por la cuestión catalana. La misma que le ha indicado la salida. ¿Estos nueve meses han sido un parto, un respiro, un paréntesis, una etapa productiva o unas semanas largas para olvidar cuanto antes?

Para el tema catalán, que es lo único en lo que me atrevo a enjuiciar el Gobierno de Pedro Sánchez, no ha sido negativo. Intuyo que para una parte importante de la sociedad catalana que no vota a Pedro Sánchez ha sido una etapa positiva. Sánchez ha permitido un cierto respiro o, en cualquier caso, no ha echado leña al fuego. En Cataluña este tema se vive con más angustia que en el resto de España, entre lazos amarillos y situaciones incómodas llenas de pasión sin razón. Por eso, que un presidente del Gobierno desde Madrid no haya vertido más gasolina a esa hoguera, sino que haya intentado aliviarla, se percibe de manera positiva.

Usted, cuenta en su libro, quiso ser periodista. Pero la vida se le complicó en los trámites y amerizó en el Derecho.

Llegué a ser alumno de la facultad de Ciencias de la Información en Bellaterra, pero no acabé la carrera.

¿Los medios de comunicación han ayudado o han tensado más de la cuenta el debate catalán?

Lo han tensado más de la cuenta.

¿Y los medios catalanes: La Vanguardia, El periódico…?

La Vanguardia y El periódico han actuado muy en la tercera vía. Son periódicos que se venden en Cataluña, y eso hay que entenderlo, porque es importante. Allí hay un 47%, aproximadamente, de independentistas: algunos de toda la vida, y otros sobrevenidos que algún día pueden revertir sus posiciones. Y también hay allí un contingente importante de personas no independentistas que tampoco están de acuerdo con el planteamiento que hace la política española con relación a Cataluña. Eso La Vanguardia y El periódico lo tienen presente.

¿Y TV3 aporta algo?

No soy quien para hablar de TV3, porque no la veo. No la veo, porque considero que era una buena televisión, con excelentes profesionales, pero durante todo el Proceso, incluso antes, ha sido un órgano de propaganda.

¿Qué le queda a Duran Lleida de aragonés?

Las raíces, que nunca se deben perder. Quien pierde sus orígenes, pierde su identidad. Soy un aragonés que nace y vive en una comarca en la que la lengua no es el castellano, su punto de referencia para hacer compras, tomar una copa o ir a una discoteca es Binéfar (Aragón), pero, sobre todo, Lleida.

¿Más de la Virgen de la Merced o de la Virgen del Pilar?

Llevo aquí las dos (se señala el pecho y suenan las medallas).

¿Ha estado a gusto en Madrid?

Sí. Hubo una época, de 2012 a 2015, cuando empieza lo del pacto fiscal, en la que en Cataluña me empiezan a decir botifler y en Madrid tampoco tenían clara mi posición. La gente no entendía que nunca he sido independentista y que yo tenía una función: intentar que esto no se fuera al garete. Y, finalmente, se ha ido al garete.

A diez días de los 67, ¿cómo se ve en el espejo?

Me siento satisfecho. Soy consciente de que tengo las imperfecciones lógicas de cualquier ser humano. He intentado hacer el bien. No lo he conseguido siempre. He intentado hacer las cosas bien. No lo he conseguido siempre. Pero nunca he intentado hacer el mal, y si en alguna ocasión he hecho el mal, que ha podido suceder, si he sido capaz de darme cuenta, me arrepiento y pido perdón. Mi balance es muy tranquilo sabiendo que es manifiestamente mejorable. Soy muy feliz. Cuando hago examen de conciencia me doy cuenta de que viví la política con pasión, pero que después de la política no solo hay vida, sino que hay mejor vida.

Incluso vida familiar…

¡Eso por supuesto! Ahora los fines de semana están libres.

¿Nietos?

No. Todavía no tengo ninguna hija casada. Me imagino que pronto llegarán.

Ha muerto Arzalluz y ha habido críticas y un elocuente silencio. No sé si para un político el mayor miedo es que ese sea el juicio de una sociedad. ¿A usted le da vértigo no haber sido entendido?

No soy tan importante como Arzalluz. Yo he aprendido mucho de él. Tuve una exquisita relación con él, que después se enfrió. Él abonaba posiciones más radicales que no compartí. Lo hizo en su propio partido, y en su relación con Convergencia i Unió con la famosa Declaración de Barcelona. Nos separamos políticamente, pero no me gustó que nos separáramos humanamente. He intentado ir a verle en los últimos tiempos, pero no sé qué tipo de barrera ha habido que no se me permitió estar con él. No pensábamos igual, pero le tenía cariño. Discrepar políticamente no me impide mantener una amistad.

Y Duran, a partir de El riesgo de la verdad, ¿qué?

A seguir trabajando de abogado, de consultor internacional, dando conferencias, y haciendo cosas que no ofrecen retribución, pero que también llenan la vida de una persona. Y cuando las hijas se casen y tengan nietos, acabaré mi paso por esta vida intentando ayudarles siendo muy felices juntos. Espero que la vida siga durante mucho tiempo. Mi padre tiene 95 años y está en plenitud de facultades mentales y físicas. Se queja de que ahora arrastra un poco los pies… ¡A los 95 años algo tendrás que arrastrar! Me encantaría llegar a su edad en esas condiciones.

REBOBINANDO

No todo en Cataluña es corazón, grafiti, patada emocional. Ni mucho menos. Entre el tren que viene de frente y a lo loco, y el que va de espaldas sin contemplar el paisaje, Duran Lleida va en una vía intermedia que transcurre la senda constitucionalista con sensibilidad de la tierra. En raíles por los que parece imposible circular en esta política de mediocres que huyen, mediocres que incendian y mediocres que no saben y no contestan, sigue, a conciencia, como en un anuncio de Duracell, desde hace años. Muchos años.

El tren que viene de frente solo quiere negociar el cuándo. El que va de espaldas -a veces a machete, otras al baño María- no entiende el por qué. El paisaje está hastiado de este ir y venir en paralelo para lelos. En medio, mírelo, Duran quiso ser ese raíl-puente hoy convertido en óxido de hierro.

Suena la bocina del procés en el Tribunal Supremo. En una España salpicada de carbón negro, muy tecnóloga ella y, a la vez, tiznados todos con ese polvo rancio de las cinturas de cemento y las ideas defendidas con bufandas hooligans, crece el hasta-el-moño-todo-es-toro.

Las memorias de Duran van en tren, de compartimento en compartimento. Son claras, pero no excluyentes. A veces en preferente. A veces en mesa de cuatro. A veces en las plataformas. A veces, entre coche y andén. Frescas y rápidas, entre dos trenes desbocados, entre dos mares, entre dos mundos.

Los libros políticos -me dice- no se venden mucho. Pues el Manual de resistencia de Pedro Sánchez va por su cuarta edición… Si más que resistir buscáramos comprender, como ha hecho Patria, la vida política de Duran puede ser un punto de partida para seguir adelante. Porque hubo un tiempo en que los trenes Barcelona-Madrid no fueron kamikazes, aunque no se lo crea.Duran lleida. Foto- Álvaro García Fuentes

 
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