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LA OTRA CARA DEL COVID-19

Reencuentros en su propio domicilio: 46 años de matrimonio “frío” y “gris” que se encienden gracias al confinamiento

Quedan cuatro años para las bodas de oro de Juancho y Mary, y este matrimonio ha sido una montaña rusa con altibajos y mucho frío. En medio, una década de él entre las drogas y el empuje de ella que le salvó la vida. La separación era la receta más próxima, hasta que llegó el confinamiento: “Hemos vuelto a hablar y a tratarnos con cariño. Las posibilidades de recomponer nuestra unión eran nulas. El bloqueo de nuestra relación ha saltado por los aires”

Mary y Juancho viven en Las Palmas y son padres de Óscar e Isabel.
photo_camera Mary y Juancho viven en Las Palmas y son padres de Óscar e Isabel.

Video-avión con videollamada Madrid-Las Palmas de Gran Canaria. Juancho Sánchez, desde Tafira, toma asiento:

¿Empiezo desde el principio?

-Tenemos todo el vuelo.

Un señor a sus 71 en plena forma. Simpático. Luminoso: “Mary y yo nos casamos hace 46 años. La verdad es que yo era un inmaduro y me casé por inercia: la quería, era lo que hacía la gente, pero yo ni escuché los votos”. Él, “un tipo normal”. Ella, “una niña estupenda”. Pronto: Óscar e Isabel, dos hijos con un corazón “como este mar de aquí delante”. Suenan pájaros en Tafira. Cruje el asfalto de Madrid a este lado de la conversación.

Él, un empresario de prestigio, brillante, entre las inmobiliarias y los hoteles. Un triunfador de copa, café, puro y golf. Entre los 38 y los 40 años, admite Juancho con la sencillez de una persona inteligente, “me metí en un mundo raro y me enganché a las drogas, no me preguntes por qué. Yo nunca había caído en la trampa de los porros y siempre vi con asco meterse cualquier cosa por la nariz. Y, sin embargo, entre los 40 y los 50 años de mi vida -marido, padre, trabajo y sociedad-, caí hasta el fondo en el universo viscoso del vicio”. Él, hecho polvo. Ella, buscando una calle con salida. Él, con poca fuerza de voluntad. Ella, dispuesta a salvarle la vida. Él, enamorado de la cocaína y deseando la muerte de ella, “porque se había convertido en mi peor enemigo: mi conciencia”. Ella, buscando un Lourdes que le limpiara por dentro y sacara de nuevo el agua cristalina que el Juancho de siempre manaba por dentro.

Juancho: “Por esa época podría haber muerto debajo de cualquier puente. Me sentía el rey del mambo entre camellos y mujeres, hasta que me di miedo. Mary tiró de mí como se tira de una mula, con sangre. Y mi hijo me dio un toque de luz al decirme que tenía que internarme”. Entonces, el hombre brillante hecho un guiñapo se pasó once meses –“en los que lloré cada día”- en el Centro de Atención Terapéutica de Barcelona y en el año 2000 salió limpio, enderezado, “y recuperando la confianza de mi mujer y mis hijos, un descrédito que me gané a pulso”.

El 9 de enero de 2004 Juancho -con su mujer y sus hijos- levanta un templo a su lucha que se llama Fundación Forja y que facilita a los residentes canarios no tener que distanciarse de sus familias para desengancharse de las adiciones. Se jubiló. Vive bien. Y transita sus setenta en una casa de campo a los pies de un tupido tablero de golf.

Estalactitas en Las Palmas

Después del hoyo, él a su golf y su casa. Ella, a sus partidas de bridge, sus prácticas religiosas y la calle. Se casan los hijos. Se quedan a solas y el frío recubre cada palmo de un matrimonio que avanza, más o menos, en sentido contrario. Educados, sí, pero como témpanos. Estalactitas en Las Palmas de Gran Canarias… “Todo lo que nos habíamos querido se fue congelando”, cuenta Juancho. “Entre mis disparates y dos modos de vida con pocos puntos en común, creció la distancia”. El desgaste es evidente. “Mis hijos lo sufren”. El trato es siempre correcto, aunque a veces se oyen más gritos de la cuenta. Nunca jamás una mano por encima de la otra: “Los límites están ahí marcados y ni siquiera los traspasé cuando estaba con la droga”.

Casi se escuchan los grillos bajo este techo. Cri-cri. Hace tres años decidieron abrir un paréntesis y vivir por separado, “porque lo nuestro estaba quemado”. Van y vuelven. Él, planteándose más de una vez cortar la tarta de la separación. Ella, “aguantando el chaparrón”. Él: golf y a la cama a las 22.00. Ella, bridge sin reloj. Y en esas catacumbas de silencios largos y silencios cortos, el estado de alarma obliga al confinamiento y lo que era un iglú empieza a convertirse en playa.

 

Juancho: “Estos días estamos los dos más cerca. Este parón nos ha venido fenomenal. Ante todo lo que está pasando con el coronavirus, he notado que los dos hemos simplificado muchas cosas. Todo era más sencillo. Ahora disfrutamos más de las cosas pequeñas”.

¿Cómo se deshace este iceberg de años de frío?

-Durante este confinamiento hemos conseguido sentarnos y hablar, con normalidad. Los dos tenemos puntos de vista diferentes sobre muchas cosas, pero los dos hemos suavizado nuestros juicios y nuestras afirmaciones. Haber bajado el ritmo de la vida por exigencias del guion nos ha servido para frenar impulsividades y eso evita el roce y fomenta el cariño.

Juancho me dice que nota estos días un acercamiento que le da serenidad –“me encanta esta palabra”-, porque “esta posibilidad de cambio entre nosotros antes del confinamiento no existía. La salida a nuestro matrimonio estaba sellada. Yo, al menos, me había rendido y había bajado los brazos. Y lo cierto es que, en un mes, hemos vuelto a tratarnos con respeto y con cariño. Nos hemos rehecho”.

Juancho, listo como el hambre, curtido como pocos, sabe que hay cosas que nunca jamás cambiarán. Ella, con sus rezos y sus compromisos cristianos “que yo a veces no entiendo. Respeto, pero no los comparto”. Él, “practicante al 80 por ciento. Soy de los que cree en Dios y poco más”, pero con una formación escolar en jesuitas que le sirve de agarradero, y con 71 años, pero diseñado para volar sin pajareas. Y entre el atrezo, un primer nieto de ocho meses al que ahora oyen crecer desde el teléfono.

Juancho: “Esto del coronavirus es muy fuerte. También eso nos ha ayudado a ver lo nuestro de otra forma. Pienso en la cantidad de personas que no podrán dar marcha atrás nunca a fallos irremediables, y me confirmo en mi ilusión por recomponer esta casa y sacar adelante entre los dos una vida de familia estable”.

Silbos de pájaros. Paseos por el jardín. Conversaciones marido y mujer.

¿Os habéis pedido perdón?

-Eso ha sido un buen toque… No. Todavía no.

Él, campechano. Ella, “germánica, más bien seria”. Él, agradecido. Ella, dispuesta.

Juancho, ¿os habéis reenamorado?

-Enamorados estamos. De hecho, cuando acabé el tratamiento en el 2000 le propuse casarnos de nuevo, porque me gustaría casarme sabiendo lo que digo. A lo mejor aprovecho estos días para planteárselo de nuevo. Lo importante es que se ha abierto lo que antes era hermético y el canal de conexión entre los dos está limpio.

Convivencia sin clausuras. Unidad sin uniformidades. Corazón. Alas. Compromiso. Libertad. Amor maduro. Ni rosas. Ni grises. Juancho está deseando viajar cuando pase todo esto. Que los dos sigan juntos construyendo sus vidas. Un techo, una familia, dos personas.

¿Puedo escribir todo lo que me has contado?

-Claro. No tengo nada que ocultar. Me gusta ir con el pecho descubierto.

Juancho no es el único que ha encontrado paz donde las encuestas del confinamiento prometen guerra. Luis -unos 43 años, buen abogado- me escribió hace unos días un mensaje directo de Twitter que dice así: “Los fines de semana previos al confinamiento no fueron precisamente buenos en casa, hasta el punto de que, cuando se anunció el cierre de los colegios, sugerí a mi mujer que lo mejor era dividirnos. Uno, con los niños en el pueblo y otro, en Barcelona trabajando. "Puede que nos venga bien", le dije la noche del 9 de marzo. A la mañana siguiente todo cambió: ambos recibimos en la oficina la orden de teletrabajar, así que rehicimos los planes. Llevamos un mes largo y la cosa ha mejorado mucho. Las dificultades y los enemigos comunes del exterior suelen unir, aunque, sobre todo, lo que nos ha servido es estar juntos, hablar más, tener menos contaminación de fuera, menos distracciones y menos agobios negativos. Puedo confesarte que, para mi matrimonio, este confinamiento ha sido bueno. Al menos, hasta ahora…”.

Raphael, apoteósico en Starlite

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