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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Carmen Calvo, una auténtica carga pública

Carmen Calvo, en una comisión del Congreso.
photo_camera Carmen Calvo, en una comisión del Congreso.

La Real Academia ha dictaminado que el texto de la Constitución es gramaticalmente impecable. La Carta Magna está bien redactada y no existen razones técnicas para una corrección dirigida a incorporar el lenguaje inclusivo.

La respuesta de los inmortales no ha gustado a Carmen Calvo, que fue quien encargó ese trabajo a los académicos. Por lo visto, quería que le dijeran que la Constitución es machista en su redacción y que, además, le aportaran las recetas para cambiarla. Y no le han complacido.

Dicen los integrantes de la Academia que lo suyo es el lenguaje y la gramática, que no quieren salirse de ahí. Lo otro puede ser política, estrategia, oportunismo... cosas de políticos.

Sin embargo, la vicepresidenta (primera) no se ha desanimado en absoluto. Ha declarado que el desdoblamiento del lenguaje es imparable, porque la propia sociedad lo impondrá.

Por cierto, que si tal es su convicción, si tiene la certeza de que se implantará, ¿a qué viene mezclar en el proceso nada menos que a la Real Academia y a la sacrosanta Constitución?

Algunos académicos, como Luis Mateo Díez en Onda Cero, hablan de que estos procesos se consolidarán "con naturalidad", por la vía de los hechos y del uso de los ciudadanos. Y estoy de acuerdo con él.

Porque, en caso contrario, es decir, si se retorcieran las realidades merced a un voluntarismo impositivo, se puede incurrir en todo tipo de arbitrariedades, cuando no absurdos intragables.

La solución no es transformar todas las terminaciones en "o" para lo masculino y en "a" para lo femenino y ya está. Que es lo que patrocinan algunos espíritus simples.

Entraríamos en perplejidades como dejar de usar "españoles", por considerarlo no inclusivo, y sustituirlo por "españolas" y "españolos". Ahí habría que incluir "consumidoros", "generalos", etc., etc.

 

En otro caso, es decir en los términos terminados en "a", y por ello calificados como "femeninos", habría que inventar "personos", "periodistos", "artistos", "astronautos", etc.

En fin, la relación de previsibles atropellos resultaría muy larga.

Y, estirando los argumentos, a las mujeres que ocupan puestos en organismos oficiales y en la administración, es decir, que son y desempeñan cargos públicos, habría que llamarles "cargas públicas". Por ejemplo, a la mismísima Carmen Calvo, que tantísimas cosas tiene que afrontar como vicepresidenta.

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