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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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La Guardia Civil… con manos temblorosas

El ministro Grande-Marlaska, con mandos de la Policía Nacional y la Guardia Civil.
photo_camera El ministro Grande-Marlaska, con mandos de la Policía Nacional y la Guardia Civil.

Aunque no aparece en la lista oficial de los políticos protagonistas, Sabino Fernández Campo, entonces secretario de la Casa del Rey, fue uno de los ‘padres’ de la Constitución, por su discreta intervención en los trabajos de elaboración del texto, sobre todo en lo que refiere a la forma de Estado y a la figura y atribuciones del rey.

Durante la gestación del texto constitucional, se reunía a comer casi diariamente con el presidente de las Cortes, Antonio Hernández Gil, y con el letrado mayor, Felipe de la Rica, en el restaurante Medinaceli, próximo al Congreso, aunque sin que eso trascendiera demasiado.

Licenciado en Derecho, además de militar, sus conocimientos técnicos, y su habilidad y capacidad negociadora, hicieron posible desatascar y encontrar soluciones a algunas dificultades de bastante calado.

Fernández Campo se declaraba respetuoso con la Constitución, pero no hasta el punto de considerarla intocable. Estimaba que la experiencia mostraría la inconveniencia de algunos preceptos o la necesidad de completarlos o mejorarlos. Pero en todo caso, añadía, citando a Montesquieu, los textos fundamentales han de tocarse lo menos posible y “con manos temblorosas”.

Voy a tomar prestada la expresión para referirme a las turbulencias que están afectando intensamente a una institución tan valiosa como la Guardia Civil.

El ministro del Interior, que ha demostrado todo menos tacto y respeto, está actuando respecto a la Guardia Civil como un alocado gestor, presa de sus complejos y de su carácter intolerante, y de un ego singularmente alto.

El cese del coronel Pérez de los Cobos, decidido en domingo, y por la noche, esconde el peligro de los arrebatos irracionales que pueden dominar a Fernando Grande-Marlaska cuando se le lleva la contraria.

Y así empezó una vorágine de movimientos, dimisiones, cambios y nombramientos, que han puesto patas arriba la cúpula de la Guardia Civil, y que han desconcertado, y en muchos casos enfadado, al conjunto de sus efectivos. Por un arrebato del ministro.

Por historia, por eficacia demostrada, por solidez organizativa, por disciplina, por nivel de preparación, la Guardia Civil constituye un cuerpo de seguridad de alto nivel, que bien podría calificarse como “un bien de Estado”. Útil para todos, en todos los tiempos, cualquiera que sea quien tenga el mando del país.

Por todo ello, los movimientos, los relevos, las reformas, que por supuesto siempre serán necesarias con el pasar del tiempo, hay que afrontarlas, como dirían Montesquieu y Sabino Fernández Campo, “con manos temblorosas”. Con cuidado. No por miedo, sino por consideración, por respeto, por corresponder al nivel servicio que prestan y a los sacrificios que protagonizan.

Y, desde luego, y ahora mirando a otros ámbitos políticos, resulta de una torpeza y tosquedad supinas, las alusiones a movimientos ocultos, desestabilizadores, en el interior de la Guardia Civil. Es desconocer profundamente el carácter, estilo y disciplina de un cuerpo que ha cumplido 175 años de grandes servicios al país.

Solamente pueden entenderse desde la mala voluntad de quienes desearían acabar con la existencia de la Benemérita, y desde los que buscan enfrentar otra vez a los españoles.

Pero, frente a estos irresponsables, suicidas, la solución es no hacerles ni caso.

Los demás, los que gobiernan ahora, los que gobernarán después, deberían tomar nota del consejo. Háganse las cosas que sean precisas, refórmese lo que sea necesario, pero siempre “con manos temblorosas”. No por miedo, desde luego, sino por elemental y merecido respeto.

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