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Fallecidos en accidente de tráfico versus suicidios: con distinta vara de medir

Confidencial Digital | 15 de diciembre de 2018

Accidente de trafico en una carretera de Murcia, España
Accidente de trafico en una carretera de Murcia, España

En 2017 se registraron en España un total de 1.830 víctimas mortales en siniestros ocurridos en vías urbanas e interurbanas. Una cifra que contrasta con los casi 3.600 suicidios que se producen en nuestro país cada año, y que curiosamente no genera alarma social.

Hablar del suicidio en España sigue siendo un tema tabú tanto para el conjunto de la sociedad como a nivel institucional. Alrededor del mismo se ha tejido como una especie de pacto de silencio que, aunque ficticio, no deja de ser real.

Es un tema molesto incluso para los medios de comunicación. Por eso llamó profundamente mi atención una noticia difundida por la 1 de TVE en el Telediario del pasado 11 de noviembre.

Hacía alusión a la celebración, ese mismo día (domingo), de la primera carrera solidaria contra el suicidio en España.

Una carrera cuyo objetivo era  concienciar a la sociedad en general de tan gravísimo problema y, sobre todo, contribuir a prevenir esta tragedia. Los datos que dieron, sinceramente escalofriantes. Cada año deciden quitarse la vida en nuestro país alrededor de 3.600 personas.

Pero por cada persona que se quita la vida hay otras 20 que lo intentan.

He de confesar que esta noticia me causó bastante impacto. Por deformación profesional me acordé de inmediato de las estadísticas facilitadas por la DGT (Dirección General de Tráfico) en referencia a las personas fallecidas en accidentes de tráfico durante el pasado año, 2017: 1.830 muertos.

Si las matemáticas no engañan, las víctimas por suicidio duplican a la de víctimas mortales que cada año se cobra la red viaria. El por qué de esta comparación se debe a un viaje en el tiempo, unos cuantos años atrás, buceando en mi memoria.

Presidía el Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero. Por aquella época buena parte de las conversaciones en torno al automóvil hacían referencia al carné por puntos y al endurecimiento, con pena de cárcel incluida, de algunas infracciones.

Después de una cena en el restaurante de un buen amigo que ejerció de anfitrión, en la posterior sobremesa éste sacó a colación cómo habían proliferado los controles de alcoholemia como las setas en un lluvioso otoño.

Se lamentaba de una gran pérdida de clientela y la consiguiente pérdida de empleo en la restauración por este motivo.  Argumentaba que la pareja que salía a cenar un viernes o un sábado, que tomaba una botella de vino y después el consiguiente combinado, habían aparcado esta costumbre por miedo a la sanción al volver a casa.

Para él este consumo de alcohol era moderado, nada excesivo y, sobre todo, muy poco peligroso en un espectro de clientela madura, supuestamente prudente y responsable.

Ni una gota de alcohol al volante

Estoy totalmente de acuerdo con la consigna: ni una gota de alcohol al volante. Alcohol y conducción son incompatibles. Pero hablando de incompatibilidades, no conviene perder el norte para no cebarse en exceso con ciertos hábitos (por perniciosos que sean) mientras se obvian otras circunstancias,  quizá más peculiares o que no pueden medirse o valorarse de forma fehaciente.

Por poner un ejemplo, aunque estemos en la antesala del invierno. El calor, además de alterar la capacidad del conductor aumentando el tiempo de respuesta ante un imprevisto o situación de peligro, contribuye también a una prematura aparición de la fatiga y provoca somnolencia. Unos perniciosos efectos que se traducen en una reducción de los reflejos, similar a la que se da cuando se circula bajo la influencia del alcohol.

Está comprobado que cuando se circula con una temperatura de 35º C en el interior del habitáculo, la capacidad de reacción de ese conductor se ve mermada un 20% con respecto a otro que circule a 25º C. Situación que equivale a conducir con una tasa de alcoholemia cercana a 0,5 gr/l en sangre.

Sin embargo no hay que obviar que ahora los rigores estivales se combaten con el aire acondicionado. Ya pasó la época del entrañable Seat 600.

Dejando a un lado los peligros reales del alcohol en la conducción, llegó un momento en que la sobremesa dio un giro que llevó la tertulia hacia otros derroteros: las muertes por suicidio. El tema asimismo lo sacó a la palestra el amigo restaurador. No recuerdo muy bien por qué. Imagino sería porque anteriormente se habló sobre la cifra de muertos en accidentes de tráfico.

Apuntó que a nivel institucional e, incluso, gubernamental, hablar de los suicidios en España era un tema casi prohibido a pesar del elevado número de víctimas que se producían todos los años, bastante superior al de muertes producidas en accidentes de circulación. No concebía cómo a nivel institucional y, a la postre, social se echaba tierra encima sobre este auténtico drama, mientras se ponía especial énfasis en rebajar las víctimas del tráfico rodado.

El suicido, un tema tabú para la sociedad e instituciones

Siguiendo con sus razonamientos recurrió también a las comparaciones que, por odiosas que resulten a veces, no dejan de ser necesarias. Se dice que los países nórdicos constituyen una sociedad muy avanzada en la que impera el bienestar, pero que sus ciudadanos tienen cierta tendencia a suicidarse. Sin embargo lo que en realidad ocurre es que los países nórdicos son totalmente transparentes a la hora de aportar datos y cifras en relación con los suicidios, mientras en España se ocultan, se le da el tratamiento de tabú. Alrededor de la mesa había más de un periodista, y nos invitó a buscar en hemerotecas y en internet lo publicado sobre el tema por los medios de comunicación españoles.

En honor a la verdad, tras esta trascendente tertulia de sobremesa, me animé a hacer algunas pesquisas. Entre lo más significativo que encontré rebuscando por internet, recuerdo el comentario de un periodista que había decidido publicar un libro sobre el suicidio. Cuando planteó al director del medio para el que trabajaba escribir un artículo sobre este asunto le miró con gesto de extrañeza.  Han pasado muchos años y afortunadamente los medios de comunicación han roto esta especie de pacto de silencio o de negación de una realidad. No precisamente virtual.

La prensa, la radio y la televisión han dado un paso adelante para dar visibilidad, más que a un problema, a un drama. A nivel institucional queda mucho, muchísimo por hacer, pues de su mayor o menor involucración dependerá que la sociedad tome asimismo conciencia.

Tiene razón Pere Navarro, Director General de Tráfico, cuando afirma que las muertes en accidente de tráfico son una lacra que como sociedad no nos podemos permitir. Ahora bien, salvando unas diferencias intrínsecas  de mucho calado, lo cierto es que durante el año 2017 hubo en España un total de 1.830 personas que se dejaron la vida en accidentes de circulación, frente a casi 3.600 personas que se suicidaron.

Curiosamente las víctimas por suicidio duplicaron a las fallecidas en accidente de tráfico. Hay que señalar que una parte de estas víctimas mortales en accidentes de tráfico probablemente se hayan suicidado. Aunque es muy difícil de demostrar, hay un porcentaje de siniestros que se pueden tildar de inexplicables.

La DGT (Dirección General de Tráfico) no recoge estos supuestos en sus estadísticas, incluso en el caso del conductor que ha dejado una nota o un mensaje explicando su drástica decisión.

Dos formas distintas de perder la vida, paro ambas dramáticas

Es evidente que nada tienen que ver, por lo dispares que son entre si, ambas formas de perder la vida. En el caso de un accidente es fortuita. Ningún conductor o pasajero de un vehículo quiere matarse, lo que fuertemente contrasta con la actitud de una persona que voluntariamente decide quitarse la vida. Las consecuencias que pueden derivarse frente a daños a terceras personas también son radicalmente distintas.

La imprudencia de un conductor, además de poner en peligro su propia vida y la de sus acompañantes, asimismo puede afectar mortalmente a otros usuarios de la vía pública. Como contraposición y salvo contados casos, el suicida atenta directamente contra su propia vida, no contra la de otras personas.

Con toda probabilidad quizá sea esta marcada diferencia la que  más influya para que a nivel institucional se justifique ese efecto altavoz, a todo volumen, a la hora de difundir noticias relacionadas con las muertes en accidente de tráfico, a la hora de hacer campañas de concienciación, etc.

En definitiva, una llamada de responsabilidad a los conductores para que sean conscientes que no están solos en la vía pública.

Tampoco hay que olvidar que los accidentes de tráfico tienen un coste económico para el conjunto de la sociedad, especialmente los gastos sanitarios. Por su parte las aseguradoras también tienen que efectuar cuantiosos pagos en concepto de indemnización, pero se supone que para eso están.

La duda ética o moral razonable surge cuando en la atención que suscitan estos dos tipos de muerte, tan dispares entre si, intervienen motivos económicos.

Porque cuando entra el dinero en escena si diluyen muchos argumentos, dando la sensación que hay que hacer todo lo materialmente posible para evitar un tipo de muerte, mientras se da la espalda a otras formas de perder la vida, cuando lo realmente dramático es que un ser humano pierda la vida sea por la circunstancia que sea.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el suicidio es la principal causa externa de la mortalidad en España, cada día fallecen 10 personas por este motivo en nuestro país. Así de dramático. Todo un aviso a navegantes o, mejor dicho, a una sociedad bastante hipócrita que navega en exceso, más de la cuenta, en las turbulentas aguas del fariseísmo.

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