Por la boca… Mal de muchos: los desmanes de Trump no justifican las tropelías de Sánchez
Apenas se contempla aquello de ni con uno ni con otro. Se puede criticar abiertamente y no compartir lo que está haciendo el presidente de los Estados Unidos y no por ello tragar los sapos que Sánchez tiene desperdigados por España en forma de tribunales, por la corrupción que le ahoga desde su entorno más íntimo, hasta los colaboradores más cercanos, y la situación en que ha sumido a España, que no tiene nada que ver con un no a la guerra que, enunciado sin más, es compartido por la mayoría de los ciudadanos.
Hay un cierto caldo de cultivo que propicia una especie de esquizofrenia: o se está con Trump, con la guerra y con todo lo que hace y dice Trump, o se está con Sánchez, con su impostado pacifismo y con su desmedido afán de protagonismo, esta vez propiciado por un supuesto enfrentamiento con Trump.
Apenas se contempla aquello de ni con uno ni con otro. Se puede criticar abiertamente y no compartir lo que está haciendo el presidente de los Estados Unidos y no por ello tragar los sapos que Sánchez tiene desperdigados por España en forma de tribunales, por la corrupción que le ahoga desde su entorno más íntimo, hasta los colaboradores más cercanos, y la situación en la que ha sumido a España, que no tiene nada que ver con un no a la guerra que, enunciado sin más, es compartido por la mayoría de los ciudadanos.
Se puede estar en total desacuerdo con los desmanes de Trump y con las tropelías de Trump y desaprobar lo que hace Sánchez y criticar sus errores.
La situación internacional que ha provocado Trump con la guerra, poco o nada tiene que ver con la situación interna de España y mucho menos con la gestión de Sánchez, salvo que su no a la guerra, pueda proporcionarle algunos votos que, viniendo de dónde vienen, ya los tenía desde mucho antes.
En ningún caso, salvo en situaciones muy extremas, la política internacional incide sobre la marcha interna de un país y, como mucho, lo hace en la parcela económica, como consecuencia de la crisis energética; pero esa misma crisis sigue siendo ajena, casi siempre, a las decisiones en el ámbito interno.
Ni los misiles de Trump, ni los bombardeos de Israel, ni los ataques iraníes a puntos estratégicos de Israel, tienen nada que ver con las elecciones autonómicas, ni con los juicios inminentes a antiguos ministros o estrechos colaboradores de Sánchez, ni con el encarcelamiento de los últimos secretarios de organización de su partido, ni con los presuntos delitos de su mujer o de su hermano, ni con las batallas entre las facciones socialistas, ni con las divisiones en el seno de su coalición con comunistas y separatistas, ni con el paro juvenil, ni con las huelgas de médicos, ni con la situación de los transportes o de los ferrocarriles, ni con la crisis de la vivienda o la precariedad de la agricultura y ni tampoco con sus relaciones con el régimen venezolano -de ahora o de antes- Zapatero mediante. Ni, mucho menos, con la colonización de organismos como el CIS, el Tribunal Constitucional, RTVE y de la inmensa mayoría de entes fiscalizadores que, constitucionalmente, deben controlar al Ejecutivo.
Y lo que es más grave tampoco el histrionismo de Trump, tiene nada que ver que con que Sánchez esté en una precariedad parlamentaria lacerante, que ni siquiera pueda convalidar decretos o que sea incapaz de presentar presupuestos en toda una legislatura.
Si a todo lo anterior se añade la creciente y flagrante irrelevancia de Sánchez en el ámbito internacional (salvo para tunear misiles) y en las tomas de decisión de la OTAN y de la Comunidad Europea, estará cerrado el círculo de la más completa inoperancia de un político, por mucho que pretenda escudarse en el no a la guerra.
Aunque Sánchez intente apoyarse, o cubrirse las espaldas, con las declaraciones anti-Trump de Robles (¿la moderada?) y con las soflamas altisonantes de Albares en defensa de la soberanía de España que, como es bien sabido, y a lo largo de la historia, siempre estuvo en cuestión, hasta la llegada de tan eminente diplomático (mi portero sigue empeñado en conocer a los miembros del tribunal que le aprobaron la oposición a la Carrera) su posición es cada vez más inestable y, precisamente por eso, tiene que recurrir a extremosidades de todo tipo.
La conclusión, una vez más, es clara: el éxito de todo lo que monta Sánchez para ocultar su precariedad política y sus apuros personales, no depende de él: depende, única y exclusivamente, de los ciudadanos y de los votos de esos ciudadanos cuando llegue el momento.
Y harían bien los españoles en no caer en la trampa, porque no se trata de elegir entre lo que hace Trump y lo que hace Sánchez.
Aunque el mal de muchos sirva de consuelo a los tontos que siempre hay.
La carcajada… Sánchez nombra a Garzón presidente de la Comisión de la Verdad sobre la Guerra Civil y el franquismo.
Y es que, en estos temas, el sentido de la verdad histórica, el ejercicio de la imparcialidad y la salvaguardia de la justicia, son irrenunciables.
Y para eso nadie mejor que Garzón.