Opinión

Pedro Sánchez, antes y ahora

Pedro Sánchez, en un mitin del PSC con Miquel Iceta.
photo_camera Pedro Sánchez, en un mitin del PSC con Miquel Iceta.

Se equivocarían los que pensaran que el Sánchez de después del triunfo electoral, es el mismo Sánchez de la moción de censura.

En pocas ocasiones los encuentros de los líderes de los principales partidos, han estado tan llenos de vacío y han dado paso a la nada más absoluta, como los que se han celebrado en La Moncloa entre Sánchez, Casado, Rivera e Iglesias.

Si aciertan quienes dicen que Pedro Sánchez lo tiene todo decidido, medido y estudiado (véase a Iceta en el Senado), esas reuniones cobran sentido. Si por el contrario llevan la razón los que opinan que todo es producto de la improvisación y del afán por la supervivencia política, esas reuniones también tienen su razón de ser. Sánchez siempre gana.

Pero se equivocarían los que pensaran que el Sánchez de los meses posteriores a la moción de censura, es el mismo Sánchez de después del triunfo electoral. Y no lo es no solamente por la fuerza de su éxito, sino también por la tranquilidad que supone tener por delante cuatro años- por incómodos que puedan parecer- frente a la indudable provisionalidad de los últimos diez meses.

En las sucesivas escenas vividas en La Moncloa, se ha evidenciado la manifiesta superioridad de Sánchez, que incluso exhibía un cierto rictus de condescendencia. En la escenografía de los recibimientos, en las salas en las que los “otros” daban sus ruedas de prensa y hasta en los posteriores comunicados del Presidente en funciones, el ambiente era de regusto de quien se sabe poseedor de la sartén y del mango.

Ni Casado ni Rivera ni siquiera Iglesias, dijeron nada en sus comparecencias tras las respectivos encuentros con Sánchez; pero aún en esas “no declaraciones” también se evidenciaba la superioridad de Pedro Sánchez.

Pablo Casado se limitó a defender eso que ahora se ha dado en llamar el liderazgo de la oposición y que no es más que la constatación de los escaños de quienes no están en el poder.

Albert Rivera, también con su obsesión por lo del liderazgo fantasma de la oposición, volvió a sus feudos catalanes para tapar, con el 155, el boquete que, en Cataluña, supone la marcha de Arrimadas a Madrid.

Pablo Iglesias, con el galimatías de los acuerdos para acordar ponerse de acuerdo, evidenció que está incondicionalmente a las órdenes de Sánchez y que va a tener que moderarse, morderse la lengua y no hablar para nada ni de carteras, ni de gobiernos de coalición.

Por si fuera poco, el golpe de mano que ha supuesto la salida a la palestra de Miquel Iceta, es una muestra más de que Sánchez hace y deshace a su antojo, pese a los remilgos de los separatistas catalanes. Con Iceta, se carga de un plumazo el 155 de Rivera, las ansias de Casado por llegar a eso que llama pactos de estado y le deja claro a Iglesias “los quiénes” de las mesas del Congreso y del Senado.

Además, Pedro Sánchez se pasea por Europa para recibir las felicitaciones de sus colegas, mientras aquí se rumian los resultados electorales, se inaugura otra campaña, se discute sobre los presos políticos y sus aforamientos y salidas, se divaga en torno a la hipotética recogida del acta de Puigdemont y se discute quién manda más en la oposición.

Demasiadas jugadas para pensar en improvisaciones y demasiado buenas para ser del Pedro Sánchez de la moción de censura.

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