El latín sigue siendo una maravillosa lengua universal
Escribo estas líneas a raíz de un disparatado artículo aparecido en Le Monde, un periódico de lectura diaria para mí. Sed aliquando bonus dormitat Homerus. Me parece fuente obligada para seguir prestando el favor que me pidió José Apezarena, en los primeros compases de ECD, de escribir una columna semanal sobre temas internacionales.
Tuve la incalculable suerte de tener una espléndida profesora de lenguas clásicas en la Academia Audiencia: Enriqueta de Andrés Cobos, que se jubilaría muchísimos años después, si no me recuerdo mal, como catedrática de griego en el Instituto Beatriz Galindo de Madrid. Era hija del director, don Pablo, gran amigo de mi padre desde que coincidieron en los años treinta en la redacción de Segovia republicana: se ocupaban, respectivamente, de la actualidad pedagógica y jurídica. Don Pablo sufrió depuración –como mi abuelo Frutos- y también cárcel; mi padre se libró gracias a una arriesgada decisión el 18 de julio.
Años después de la guerra civil, le ayudaría a montar una academia de preparación de oposiciones; por la mañanas, las dos aulas, en la calle del Prado, se llenaban con hijos de amigos y de vecinos del barrio. Nos preparaban para examinarnos en el no lejano Instituto San Isidro como “alumnos libres”.
Las clases discurrían en un ambiente pedagógico moderno: nada de memorismo, prioridad del pensamiento, del rigor intelectual y de la precisión lingüística. Tenía nueve años, antes del examen de ingreso en el bachillerato, cuando realicé mínimas redacciones que exigían consultar libros de la biblioteca familiar. Todo explicado y pensado, hasta el latín... Recuerdo aún el origen histórico del caso locativo, y he cultivado una afición que, por cierto, me ayudaría mucho en la carrera de Derecho.
Se comprenderá que nunca tuviera problemas con la misa en latín. Más los podría haber sufrido con deficientes traducciones al castellano, por ejemplo, de salmos y responsorios. Y muchas más me habría planteado si la jerarquía eclesiástica hubiera prohibido celebrar la Eucaristía en lengua latina, como dice la articulista de Le Monde, que identifica misa en latín con misa tridentina.
Me parece estupendo que la liturgia utilice las lenguas vernáculas..., como los primeros cristianos usaron el griego durante siglos. Así lo entendió el Concilio Vaticano II, también por la profundización teológica en la eclesiología, asignatura pendiente tras la abrupta clausura del Vaticano I. El documento que abre la reforma litúrgica, la Constitución Sacrosanctum Concilium, dice en nº. 54: “En las Misas celebradas con asistencia del pueblo puede darse el lugar debido a la lengua vernácula, principalmente en las lecturas y en la «oración común» y, según las circunstancias del lugar, también en las partes que corresponden al pueblo, a tenor del artículo 36 de esta Constitución. / Procúrese, sin embargo, que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde. / Si en algún sitio parece oportuno el uso más amplio de la lengua vernácula, cúmplase lo prescrito en el artículo 40 de esta Constitución [sobre adaptación de la liturgia a lugares y circunstancias]”. El Concilio abrió un camino prometedor, pero no prohibió el latín ni impuso la lengua vernácula, como escribe Sarah Belouezzane.
La Instrucción General sobre el misal romano, al comienzo del siglo XXI, recuerda el ardiente interés con que fue acogido en todas partes esa posibilidad, “con la que se entiende más plenamente el misterio que se celebra”. A la vez, “como cada día es más frecuente que se reúnan fieles de diversas naciones, conviene que esos mismos fieles sepan cantar juntos en lengua latina, por lo menos algunas partes del Ordinario de la Misa, especialmente el símbolo de la fe y la Oración del Señor” (n. 41). Y el texto oficial –editio typica- sigue en latín, también en su tercera edición de 2002.
Mi pena es que asocie esa imponente lengua clásica a una concepción arcaica de la Iglesia, incompatible con la espléndida Constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II. Se promulgó un año después que la de liturgia, pero ofrece el fundamento dogmático de la reforma. Más por esto que por los ritos, los lefebvrianos han sido hasta ahora irreductibles, a pesar del diálogo promovido con profundo espíritu cristiano por Benedicto XVI.
Esa tozudez no puede remediarla la tecnología, que sí está contribuyendo a superar tantos problemas derivados de la multiplicidad de las lenguas. Al cabo, también Internet tiene su nombre latino: con la “t” que traduce la triple “www”: tela totius terrae. Y en su último álbum –palabra también latina-, Rosalía utiliza ese idioma universal para unificar las múltiples lenguas de Lux.