Opinión

Michael Jackson, el hombre que no se gustaba

Desde la más tierna infancia su vida estaba destinada al glamour, éxito y aplauso del público. Tan sólo tenía cinco años cuando apareció en el escenario junto a sus hermanos en el legendario grupo de Jackson Five. Años después y a un ritmo galopante su fama en solitario se iba extendiendo por doquier. Su espléndida voz al compás de un baile diferente, hacía de sus representaciones el mayor de los espectáculos. No sólo bailaba, sino que además flotaba y brincaba con una armonía que jamás se había visto.

Su trayectoria auguraba la gloria perenne, pero algo había cambiado. Su original físico afro-americano con rizos negruzcos poco a poco se fue desvaneciendo. Ni contento ni satisfecho de su raza decidió emprender un desafío a su aspecto natural. Bisturís y largas horas de quirófano lograron transformar absolutamente su rostro. La expresión de sus ojos, sus rasgos y el color de su tez ya no eran lo que eran. 

Bajo un nuevo semblante comenzaba a aflorar un misterioso y estrafalario artista. A pesar de renunciar de su genuina casta, los suyos no le abandonaron. Sus relaciones sentimentales dejaron mucho que desear. Se divorció en dos ocasiones y sus matrimonios no duraban más de tres años. Con su segunda mujer conseguía perpetuar su especie con dos hijos, más adelante nacía el tercero de sus vástagos fruto de un vientre de alquiler.

Michael Jackson, el “narizotas” –como su padre acostumbraba a llamarle- seguía siendo en su interior aquel niño pequeño que no quería crecer. Todavía conservaba las heridas provocadas por una infancia triste, melancólica y llena de carencias, que dejó en él una huella cargada de angustias, temores y ausencias. Y ese estado es el que le lleva a construir su grandioso rancho Neverland. Un paraíso a medida de los sueños de los niños. El paraíso que él nunca tuvo. Centenares de pequeños disfrutaban de los más variopintos espectáculos. Los niños eran los auténticos reyes de la mansión. Pero en Neverland no todo fueron alegrías, desde allí comenzó su fatal declive, al verse acusado de abusos contra menores.

Fuera de su mansión el mundo exterior estaba lleno de inseguridades. Para él su aspecto físico era lo más importante, un kilo de más le hundía en la más negra miseria. El miedo a contraer cualquier enfermedad o ser afectado por el más leve virus hacía que sus atuendos fueran cada día más inusitados. El guante blanco no podía faltar, bien sabía el rey del pop que por las manos aumentaba el riesgo de un posible contagio. De ahí que hemos contemplado como ocultaba su cara detrás de las múltiples mascaras que hacia poner también a sus hijos. Aun podemos recordar aquella imagen estrambótica exhibiendo a su hijo de muy pocos meses colgado de un balcón con el rostro tapado con una sábana. 

Cuantas veces podemos ver, como en el caso de Michael Jackson, personas que no saben aceptarse a sí mismas tal como son. Buscan una identidad diferente. Rebeldes e inconformistas declaran la guerra a la propia naturaleza. Construyen un mundo imaginario lejos de la realidad en el que difícilmente pueden aceptarse, valorarse y quererse de verdad. De hecho, es en la aceptación de uno mismo donde reside el equilibrio y la serenidad, tan necesarios para formar una personalidad madura y estable que conduce con certeza a una autentica felicidad.

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