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H. Arendt: Acción y libertad

Más citada que leída, las reflexiones de Arendt son muy oportunas para entender lo que sucede hoy en la esfera pública

Graffiti de Hannah Arendt en Hannover (Foto: Bernd Schwabe in Hannover).
photo_camera Graffiti de Hannah Arendt en Hannover (Foto: Bernd Schwabe in Hannover).

La obra de H. Arendt ha inspirado a los filósofos políticos e incluso a los filósofos a secas, a pesar de que ella se negaba a ser encasillada en ese gremio, tal vez porque sabía que su labor no había sido tanto explorar las regiones remotas del ser, como algo más prosaico y pegajoso, que es adentrarse en los vericuetos intrincados -muy poco sublimes-de la acción política.

Aunque idealizó a los griegos, lo cierto es que Arendt descubrió en la tierra de Pericles rasgos de una forma de comunidad en la que el hombre llegaba casi hasta parecerse a los dioses. Su obra ayuda hoy a entender por qué hay algo servil en esa forma de entender la política como una forma de satisfacer intereses privados, es decir, una manera de convivencia que excluye la conformación de un nosotros.

Para la filósofa alemana, la política era, siguiendo a Aristóteles, era lo que definía el contorno de una acción común donde predominaba la palabra, la esfera de la libertad y la discusión. Porque los asuntos sobre los que se debatía en la polis no tenían nada que ver con los beneficios sociales, la satisfacción de las necesidades o las reivindicaciones económicas, sino, sobre todo, con las aspiraciones del hombre y la vida buena.

Su obra ayuda hoy a entender por qué hay algo servil en esa forma de entender la política como una forma de satisfacer intereses privados, es decir, una manera de convivencia que excluye la conformación de un nosotros

Desgraciadamente, a pesar de que los vídeos de Arendt se reproducen sin parar y es casi una filósofa mainstream, se olvida la parte central de su teoría. Por ejemplo, se pasa por alto que para la pensadora judía la política equivalía a pluralidad. O que diferenció entre la fuerza y el poder, explicando que el segundo surge de la acción conjunta y consentida, no de la imposición unilateral que es propia de la violencia.

Así, la parte más olvidada de su obra es quizá, y por paradójico queda pueda parecer, la que la impulsó al estrellato, tras emigrar a Estados Unidos. En efecto, en Los orígenes de los totalitarismos, Arendt radiografía un sistema algo más que despótico y ofrece una génesis de esa maquinaria de muerte planificada que fue el nazismo, cuya virulencia vivió en carne propia.

¿Tiene algo que ver lo que allí cuenta con nuestras democracias? ¿Qué peligro puede depararnos hoy los regímenes constitucionales? La autora de Eichmann en Jerusalén explica que el totalitarismo es algo nuevo, sin parangón en la historia, porque nace cuando irrumpe una mentalidad tecnocrática. Para ella, sin embargo, lo decisivo de la forma totalitaria estriba en que la política precisamente se ”totaliza”, sin dejar resquicios a la vida privada o la intimidad. Las ciudades, precisamente, asientan su libertad en esa distinción porque si la vida se deja en manos de la política –por decirlo con otras palabras, si la supervivencia depende de la dádiva del gestor de turno- poco espacio queda para una existencia libre.

Ciertamente, los rasgos más brutales del totalitarismo han desaparecido, pero hemos heredado la confianza en los burócratas. La esfera pública se asemeja a un mercado al que el ciudadano acude con la finalidad de satisfacer sus necesidades, no con el objetivo de actuar conjuntamente y discutir sobre la vida buena. Hoy, además, la ideología lo infecta todo, hasta el punto de que, en la esfera más íntima, con los amigos, cabe interpretar todo en clave política.

Estas no son las únicas enseñanzas que cabe espigar de la obra de Arendt. Hay otras. Por ejemplo, alertó de las revoluciones sociales -aquellas cuyo objetivo es redimir al pueblo de la miseria- y abogó por las políticas, cuyo paradigma es la americana. Explicó lo que sucede cuando el pueblo político se transforma en masa social, del mismo modo que llamó la atención sobre la indiferencia política.

 

La autora de Eichmann en Jerusalén explica que el totalitarismo es algo nuevo, sin parangón en la historia, porque nace cuando irrumpe una mentalidad tecnocrática

¿Y qué decir del mal? La pensadora alemana desnudó su faz, revelando que el mal es fatuo, nunca profundo, banal, cotidiano. Que Hitler y las cámaras de gas, los campos de concentración y la opresión o los genocidios no son fruto de la locura asesina, sino de la incapacidad del burgués -de todos y cada uno de nosotros- para decir “no” o rebelarse cuando toca. Si optamos por la comodidad o la seguridad o el silencio, ante la injusticia -sea cual sea-, puede que cuando nos queramos dar cuenta sea ya, por desgracia, demasiado tarde.

El objetivo de Arendt fue la acción política. De ahí que no comprendiera la fe cristiana, a la que acusó de malograr lo que Grecia y Roma habían conseguido. Creía, en este sentido, que el interés sobrenatural del cristianismo había devaluado la política, dejando la acción en un segundo plano, frente a la importancia que concedía la religión cristiana a la contemplación del ser divino. Sin embargo, Aristóteles, el fundador de la ciencia política, sabía que el bien más alto al que aspira el hombre es la teoría.

Sea como fuere, a Arendt le ha pasado lo que a muchos filósofos: que es, lamentablemente, más citada que leída. Si se frecuentara su obra con más asiduidad, sus reflexiones tal vez serían ese vendaval de aire fresco que necesitamos para terminar con la atmósfera deletérea de nuestra esfera pública.

Primeras imágenes del rey emérito Juan Carlos I al llegar a España

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