Melilla, España, Europa
Nunca llueve a gusto de todos. Lo mismo ocurre con el calor. Siempre ha sido así, aquí y allí, acá o allá, en Europa o África. Siempre, no falla. También en Melilla, bellísima ciudad autónoma española perteneciente a Europa, que todo hay que decirlo y recordarlo; sobre todo, a los de frágil memoria histórica cuando, claro está, interesa.
Hoy 17 de septiembre, por cierto, se celebra el Día de Melilla, este españolísimo enclave en la costa norteafricana, y, ¡cómo no!, hay voces discordantes que, históricamente preocupadas o habitualmente auto-victimizadas, no están por la labor de que la celebración conmemore el cerco y conquista de la ciudad para la Corona de Castilla por parte de D. Pedro de Estopiñán y Virués con sus aproximadamente cinco mil hombres, jinetes e infantes, allá por, tal día como hoy, el año 1497.
¡Qué osadía, qué provocación! ¡Dónde vamos a llegar! Reclamaciones al maestro armero o, en su defecto, a los reinos de Fez y Tremecén que, por aquel entonces, andaban a otras luchas y menesteres, despreocupados de los actuales 12 km² de la antigua Rusadir.
Y esto de los complejos no viene de muy lejos. A lo largo de las últimas semanas, sin irnos mucho en tiempo o espacio, por otra parte, se ha corrido un tupido velo sobre la conmemoración del Centenario de Alhucemas para no herir sensibilidades y, así, evitar el aumento de la hiperestesia del vecino marroquí. Y es que lo quieren todo y, lo peor, se consiente todo.
Por estos lares, chuzos de punta. Así, también se ignora lo del cumplimiento de las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas en lo que respecta a rendir tributo a nuestros héroes, gestas, tradiciones o la Historia Militar de España. Ya sabemos eso de villanizar al héroe mientras se ensalza al villano. Y Melilla también sabe al respecto.
Todavía colea, incluso a nivel –eterno–judicial, la retirada de la estatua del comandante Franco –el de la baraka–, uno de los salvadores aquel crítico 24 de julio de 1921, dando la bienvenida en el puerto melillense a los que, desde tierra peninsular, llegábamos a pasar un año de nuestras vidas en alguno de los cuarteles de tan atractivo destino. Lo de la fecha, ya que no gusta la de hoy 17 de septiembre como Día de Melilla, puede tomarse como sugerencia, aunque también aparecerán díscolos detractores que, por ignorancia o caprichosa y selectiva memoria, hablarían de oprobio sin ningún tipo de rubor al escupir la memoria de ancestros que salvaron su pellejo durante aquel socorro legionario de hace más de un siglo. Lo de "de bien nacido es ser agradecido" no parece ajustarse a la retirada de la obra escultórica ni al negativo impacto artístico sobre el conjunto de la muralla. Lo del estropicio estético a un Bien de Interés Cultural (BIC) ni se cotiza a nivel de Patrimonio. Ojos que no ven...
Sin embargo, llueve sobre mojado como advertía al inicio. Y sigue lloviendo en tono lastimero tras alguna desafortunada intervención "youtubera", acción de influencer o el reciente artículo de M. Busian de Nueva Melilla; casualmente, al rebufo del anuncio estival de ese idealizado proyecto, sucedáneo o húmedo sueño de una repetida Marcha Verde sobre esa puerta sur de España y, no lo olvidemos, el continente europeo; un espacio que, en el presente, sufre en sus carnes –población– y entornos geográficos una infame y escandalosa decadencia de principios y valores por cuestiones varias entre las que, por ejemplo, no podemos obviar los excesos migratorios que, en gran número y según las estadísticas, no dejan de aumentar significativa y alarmantemente.
No en vano, de todos es conocido eso de que todo exceso es un defecto, una evidente dilapidación de los recursos que cualquier individuo o Estado pudiera poseer. Sin ponerlo difícil, de hecho, no hace falta irse muy lejos de lo que nos ocupa y, ante todo, preocupa en esta sumisa y decepcionante España ante el reino alauí. Por el interés, te quiero Mohamed.
Es palmario, como el descontrol de acceso al propio territorio melillense –también al ceutí– o las costas de nuestras Islas Baleares, Canarias o de la parte meridional de la Península excluyendo, ¡qué casualidad!, Gibraltar (bendita su Ley de Inmigración de 1962) o la costa sur portuguesa (loada sea su nueva Ley de Extranjería). En ambos casos, el luso y el gibraltareño, el endurecimiento legislativo con sus correspondientes penas parece haber surtido un efecto que, por desgracia, ni existe ni se espera entre la laxitud e inacción de estos lares.
Así, la cabra tira al monte; es decir, a España, o allí la arrastran –embarcación nodriza incluida– por motivos que distan un abismo de la presunta labor humanitaria que, vistas las distancias marinas o las condiciones y peligrosidad de la travesía, no resultan muy convincentes salvo para los que, con gran ojo clínico –o económico–, han logrado deshumanizar ese proceso migratorio hasta convertirlo en un gran negocio como el que, por otra parte, hacen las mafias en los países de origen. Allí el pescado, como todo individuo que emprende la subvencionada aventura, está vendido.
Y si nos faltan corruptelas, una más: la de los indignos episodios de alguna que otra ONG y su "barquito" de marras, ese que te recibe con los "brazos abiertos". Otra historia y miles de relatos impersonales creados para seguir alimentando un pesebre que degrada la condición humana de ilegales al mismo tiempo que, tarde o temprano, solivianta y crea un problema a individuos en su propia nación, extranjeros en su país de origen.
Pero seguimos: cada loco con su tema o propuesta. Por ejemplo, la de los que opinan que sería mejor que el Día de Melilla fuera el 13 de marzo, fecha por la que, en 1995, Melilla alcanzaba su actual estatus y se convertía en ciudad autónoma gracias al estatuto de autonomía. El caso es llevar la contraria y torpedear tradiciones o costumbres porque yo lo valgo.
Opciones no faltan, pero sobran opositores –dentro y fuera– como los amparados en el escudo "fascista" de la Casa de Medina Sidonia, con un "ultraderechista" Guzmán el Bueno provisto de un amenazante y racista puñal junto a una cinta alada que reza Praeferre Patriam Liberis Parentem Decet en esa invitación que la Patria cursa a todos aun a costa de su familia e hijos.
Ahí, me viene a la memoria la ejemplar muerte del paternal y malogrado comandante Fontanes, viudo y padre de media docena de hijos, otro de los protagonistas de la salvación de Melilla –¿recuerdan la fecha?– cuando, como jefe de la II Bandera de la Legión, entró a caballo por un puerto que, de un tiempo a esta parte, repudia a sus héroes mientras escucha el lamento del que no supo ganar una guerra, conquistar un territorio o defender lo suyo como un hombre. La sombra de Boabdil es alargada.