Así organiza Goyo Jiménez su vida diaria con esta peculiar compañía

Desde su mirada se percibe un mundo hecho de afecto colectivo. Su día a día está tejido con múltiples presencias que lo acompañan sin pedir nada más que compañía. Es en ese universo doméstico —donde el silencio también habla— donde descubrimos su forma de amar y de responsabilizarse.
Goyo Jiménez Foto: Álvaro García Fuentes (@alvarogafu)
Goyo Jiménez Foto: Álvaro García Fuentes (@alvarogafu)

La presencia compartida

En cada habitación conviven pequeñas personalidades que reclaman atención, afecto y espacio. Con ellos comparte su refugio, sus horarios, sus silencios y también sus risas. No hay jerarquías artificiales: todos importan, cada uno aporta algo distinto.

No se trata de un número elevado sin sentido, ni de un capricho; es una comunidad íntima donde cada miembro fue acogido por necesidad y cariño. En ese contexto, hablar de “familia” cobra amplitud y matiz.

El origen de cada nombre

Una border collie llamada Lola fue la llave inicial. Llegó a él por mediación de una asociación vinculada al rescate canino. Luego apareció Sella, también border collie, con un pasado difícil que ellos aliviaron. Después vinieron Mecha —por su energía incesante—, Archie —herencia paternal—, y Trapo, que llegó con heridas físicas y emocionales profundas, enfrentándose a enfermedades severas. Y en ese círculo también aparece Pancho, un gato que ha expuesto su sensibilidad durante momentos de crisis personal.

No todos llegaron en el mejor estado, pero el respeto y la paciencia han sido constantes. Cada uno ha encontrado su rol en esa “tribu” doméstica.

Rituales, aprendizajes y convivencia

Expectativas frente a realidades

Disciplinas, horarios, momentos de retiro: todo se negocia. No es una convivencia idealizada, sino una práctica constante de empatía. Algunos días traen tensiones, otros regalan complicidad total.

Cuenta que en un episodio rutinario, Lola “aprendió a encender la luz” al observar movimientos en el interruptor —una muestra de inteligencia que sorprendió. Otras veces, un simple gesto del gato cuando él no estaba bien se convirtió en una señal imperceptible para muchos, pero significativa para quien sabe observar.

Adopción con responsabilidad

No es casualidad que todos sean adoptados o rescatados. Esa elección encierra un compromiso ético que rechaza la idea del “bienestar a medias”. Si no se puede garantizar bienestar integral, explica, mejor no asumir la responsabilidad.

Y sí, esa responsabilidad pesa: hay que crear espacios, atender enfermedades, respetar individualidades, dar tiempo y mimos, reconducir comportamientos. Una tarea tan cotidiana como exigente.

Una lección desde el hogar

Vivir con varios seres que no hablan nuestro idioma literal convoca al lenguaje de los gestos, de la observación atenta, del silencio compartido. En esa dinámica, él dice haber aprendido que amar tiene mucho de disciplina paciente y mirada activa.

No hay voluntad de protagonismo animalista ni exhibición pública. La historia que aquí se cuenta es la de una casa humana, humanizada por presencias que trasladan el valor de lo vivo. En ese escenario, ni el humor es tinta superficial ni la ternura es elemento accesorio. Son parte del tejido que sostiene su día a día.

metricool