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Unos chiquillos al mando en Cataluña

Reunión del gobierno de la Generalitat de Cataluña.
photo_camera Reunión del gobierno de la Generalitat de Cataluña.

Si yo fuera catalán, estaría avergonzado de algunos de los espectáculos que se producen en aquella tierra, protagonizados, además, por quienes están al mando.

Escenificados y dirigidos por un polichinela que obedece al hilo que tira desde el extranjero un prófugo llamado Puigdemont.

Lo último ha sido el vodevil de los carteles con lazos amarillos: la exigencia de la Junta Electoral, la no retirada, la nueva amenaza con plazo incluido, el truco de retirarlos, para luego sustituirlos por otros reclamando libertad de expresión...

Que la atención y el interés de los ciudadanos haya estado centrado durante un montón de días en si se exhibían o no unas pancartas, me parece un enorme fraude. Es algo que causa vergüenza ajena.

¿Ese es el problema más urgente, más grave, que tiene Cataluña, que ha de obligar a su presidente y consejeros a dedicar horas a estudiar cómo afrontar una estrategia de desafío cartelístico al Estado, pero, eso sí, sin romper del todo la cuerda, es decir, sin que haya un riesgo personal para sus protagonistas?

Porque esa es otra. Los equilibrios, amagos y trucos que han ido desplegando a lo largo de estas jornadas, con el fin de intentar salir indemnes de las provocaciones, darían para una antología del disimulo y la mentira. Sin duda, falta gallardía.

Otra cosa es que al final logren irse de rositas. Tengo la impresión de que el señor Torra acabará inhabilitado. Ha tocado demasiado las meninges a entidades tan serias como la Junta Electoral y la Fiscalía.

No me parece ni medio serio, que la Generalitat de Cataluña, con la historia que tiene detrás, pero también con los serios asuntos que debe gestionar, entre otras cosas para que el territorio funcione y crezca, manejando un presupuesto multimillonario, se haya engolfado en el juego de los carteles y los lazos amarillos, en unos movimientos infantiloides, de chiquillos, en lugar de dedicarse a una política digna de ese nombre.

Además de quedar ellos en evidencia, han puesto en juego la fiabilidad de la propia Cataluña. Lo cual tiene, tendrá sin duda, graves repercusiones económicas, turísticas...

Es lo que pasa cuando al mando están personajes infantilizados: que se dedican a las chiquilladas.

Lo dicho: si yo fuera catalán, estaría avergonzado. ¿No se sienten así los catalanes?

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En Twitter @JoseApezarena

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