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José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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Don Juan Carlos no debe enredar más

El Rey emérito don Juan Carlos llega al Real Club Náutico de Sanxenxo de cara al inicio de la regata.
photo_camera Don Juan Carlos en el Real Club Náutico de Sanxenxo para las regatas de 2019

El acatamiento de las decisiones judiciales es un pilar básico del sistema democrático y de libertades que nos hemos dado.

No obstante, resulta obligado admitir que, como tal, esa realidad no es perfecta. Más aún, constituye una evidencia que tiene fallos.

Y a pesar de todo, de las limitaciones y de los errores, que se procuran corregir mediante el recurso a instancias superiores, la respetamos y acatamos. Primero, porque su existencia ofrece un alto número de garantías; y, segundo, porque sin duda es el mejor de los procedimientos conocidos para dirimir contenciosos.

Ocurre como con la democracia, que, con todas sus lagunas, que igualmente son muchas, se ha consolidado como el menos malo de los sistemas posibles.

Se da por entendido que los que asumimos y participamos en el actual modelo político acatamos esa regla fundamental.

Es decir, aceptamos el veredicto de la justicia cuando se produce, porque tales son las reglas de juego que tenemos como propias. Y eso, siempre. Sin refugiarse en el truco de aceptar cuando coincide con nuestra opinión o punto de vista y de rechazar cuando no.

Con este preámbulo, tengo que sostener de forma clara y rotunda que el rey emérito, Juan Carlos I, es inocente.

No lo es solo por la simple e inmediata aplicación de la presunción de inocencia, que por supuesto. Lo es de modo más contundente porque así ha resuelto la Justicia, que expresamente ha dicho, tras investigarle, que no existen motivos para proceder contra él.

Así que, no solamente no hay ningún procedimiento abierto en su contra, sino que lo que subyace es una expresa declaración por parte de los órganos judiciales, de la fiscalía, en el sentido de que, en aplicación de la legalidad, no es posible sostener penalmente imputación de ningún tipo.

 

Mientras tal pronunciamiento no sea revocado, el ciudadano Juan Carlos, como lo llamó algún despistado dirigente republicano cuando acudió a La Zarzuela, está judicialmente limpio de polvo y paja.

Y, por tanto, no cabe medida alguna contra él. Puede entrar y salir de España siempre que lo desee, disfruta de plena libertad de movimientos, y mantiene los derechos y garantías que las leyes adjudican a todos los ciudadanos.

Otra cosa es la consideración hacia su ejecutoria personal.

Soy uno de los españoles decepcionados por la peripecia final de don Juan Carlos, que desmerece de su condición de ciudadano, pero más aún de la dignidad que le otorgó haberse convertido en continuador y titular de la centenaria monarquía española.

Los episodios económicos, junto con la deriva sentimental de los últimos años, descabalgan a un personaje que habría pasado a la historia con la cabeza bien alta. Algo que ahora difícilmente va a ocurrir.

No obstante, esa deriva lamentable no puede borrar del todo la realidad de que fue protagonista destacado, fundamental, en el advenimiento de la democracia a España. Eso quedará ahí.

Don Juan Carlos se ha equivocado mucho, como es patente. Pero pienso que ahora debería tener un mayor cuidado con sus decisiones. Y, entre otras cosas, no enredar.

Tal como ha puesto en evidencia ECD, La Zarzuela había expresado su voluntad de que la primera visita de don Juan Carlos en su regreso a España fuera a su hijo, en lugar de presentarse en Sanxenxo sin más. El rey emérito no lo ha querido cumplir.

Don Juan Carlos tiene a su lado un pequeño grupo de ‘asesores’ que le van proporcionando consejos sobre cuándo y cómo actuar. Son personas que sostienen que el ex rey está siendo maltratado, y por eso le aconsejan que tome actitudes reivindicativas y de cierta rebeldía, como ha ocurrido ahora.

Ya sucedió, por cierto, con la rabieta que se agarró don Juan Carlos cuando, en 2017, se encontró excluido del acto en el Congreso con motivo de los cuarenta años de las primeras elecciones. A base de filtraciones, montó entonces un espectáculo de protesta pública bastante impresentable.

No debería seguir en esa dirección. Al contrario. Después de dar gracias a Dios por cómo han terminado las cosas, tendría que disponerse de una vez por todas a facilitar el trabajo a su hijo, en lugar de complicárselo.

Es lo que corresponde. Por sentido común, por motivos de responsabilidad, por su pasado de ex rey y por su condición de padre. Por respeto a sí mismo y por amor a este su país, España.

Que de verdad lo vaya a hacer, eso es otra cosa.

editor@elconfidencialdigital.com

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