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EN PAUSE con Javier Gomá, escritor y filósofo

“¿Autenticidad? Sí, pero educada. No se trata sólo de ser sinceros, sino virtuosos”

Javier Gomá es escritor y filósofo. Director de la Fundación Juan March y letrado del Consejo de Estado. Su teoría de la ejemplaridad pública y su visión de la dignidad del hombre cotidiano le han puesto en la picota de la ética contemporánea. Desde hace años.

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Novelista de las ideas. Filósofo de lo sensible a pie de acera. Visión culta. Javier Gomá es el profeta de la ejemplaridad pública que habla en mundo al mundo. Humanista cervantino. A contracorriente, sin puñal. Entusiasta sin fanatismos. Su pensamiento es la igualdad absoluta. Su superhombre es el que nace, vive, anda, come, disfruta, sufre y muere. Usted. Yo. Aterrizó con una misión que escribe y su único anhelo es que esas letras duren mil años. Su nombre estaba en las quinielas para el Ministerio de Cultura, pero ni hubo propuesta de Rajoy, ni interés. Ni Ministerio de Cultura… “Sólo siento fidelidad a mi proyecto literario”. Contra los agoreros, propugna “el mejor momento de la Historia”. Apostata del cortoplacismo absolutista y de la autenticidad histérica desmelenada. Diagnostica caspa en el romanticismo-libertario cultural, y su propuesta es abrir de una vez las puertas “de un nuevo tinglado”.        


Javier Gomá mira con sus novelas filosóficas al infinito del hombre ordinario y abre el mar rojo de la dignidad de lo cotidiano. Javier Gomá mira con sus novelas filosóficas al infinito del hombre ordinario y abre el mar rojo de la dignidad de lo cotidiano. Álvaro García Fuentes (@alvarogafu)

Un artículo de...

Álvaro Sánchez León / @asanleo

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Razón: portería. Buenos días. Hemos quedado con Javier Gomá. El caballero del mostrador marca un teléfono. “Vienen a ver a don Javier”. Ascensor. Tercera planta. A unos metros de Ortega y Gasset tiene el despacho su fiel antitético. El de las minorías a los museos, y las mayorías selectas, al tatami.

La Fundación Juan March es un edificio de esquinas curvas  muy marrón-setentas. Casi toda la luz de este templete cultural, en el que Reagan estampó sus huellas, está en el centro de operaciones de Javier Gomá. Un té. Un respaldo acolchado. Y una hora y media larga de conversación.

Es 2 de noviembre, Día de los Difuntos. Requiescant in pace. Hace unos meses, el filósofo contemporáneo más presente en nuestros medios y más vivo en las librerías escribió una necrológica de ocho páginas, sin fotos, en mitad de El Mundo. Fue una bomba en formato sábana. Inconsolable no es una necrológica al uso, porque en Gomá pocas cosas son inercia. Él no filosofa, novela. Él no contesta, ensaya. Y aquella reflexión medio copla por la muerte de su padre se hizo trending topic.  Era un 24 de julio más.

Es 2 de noviembre, los cementerios de España amanecen en flor y hoy no son de tela… Es el día D para hablar de muerte, tumbas, enterradores, resurrecciones, losas, epitafios, cruces, gusanos, cal y arena.

Es 2 de noviembre, y Gomá es así: arrancamos esta conversación hablando en grave de muerte, pero acabamos hablando de José Mota…

Este es el viaje:

Usted ha hablado de la muerte y llevamos varios meses aplaudiendo. ¿Qué Halloween es este?

El 30 de noviembre de 2015 murió mi padre, y lo viví como un acontecimiento. Como dicen las mujeres del parto: nadie me había avisado… Fue un sentimiento radical e intenso.

Entre mayo y junio escribí un monólogo titulado Inconsolable. Mi mujer se asombra porque, siendo ella testigo de lo inconsolable que fue la experiencia de la orfandad, que es como ser copia sin modelo, escribir, para mí, es una experiencia gozosa. No porque la literatura sea terapéutica. ¡Me río de la filosofía maleducada que usa el arte como terapia! Ni porque yo ahí expulsara mis demonios. ¡Nada que ver con eso! Es, simplemente, porque todo arte, en el fondo, es celebración. Y la creación es voluntad de vivir. Se necesita mucho esfuerzo, mucho poder, mucho entusiasmo y mucho idealismo para escribir una obra literaria.

El texto se publicó en El Mundo en julio, en un alarde de un director audaz y visionario: ocho páginas con llamada en portada y en la sección de Cultura, sin publicidad, sin huecos. Me pareció propio de un periodista que intuye que el género periodístico tradicional necesita nuevas vías y las explora.

La publicación tuvo una cierta trascendencia, y entre las impresiones que recibí estaba la del director del Centro Dramático Nacional, Ernesto Caballero, al que apenas conocía, que me propuso llevar el texto a la sala grande del María Guerrero el próximo 28 de junio. ¡Otra audacia! Invitar a un autor español que se estrena en este ámbito al principal teatro de España…

Para mí todo esto tiene algo de cuento de hadas. Un texto en el ordenador, del ordenador a la portada de El Mundo; de la portada de El Mundo a la sala principal del María Guerrero…

Hablar de la muerte y que tenga éxito social, ¿qué significa?

Significa algo que se ratifica día a día: que hay una sed infinita de interpretaciones del mundo que tengan densidad filosófica y ayuden a vivir con más conciencia. Vivimos en una incertidumbre, de manera muy tentativa, en medio de las tinieblas de una experiencia que no se deja comprender fácilmente. Si hay relatos genuinos que arrojan un rayo de luz y se apropian del propio tiempo con el pensamiento, como decía Hegel, la gente los quiere. Es más, los agradece. No digo que yo siempre lo haga, o que sea el único, en absoluto.

Ese monólogo pretendía ser filosofía en escena, pero se convirtió en una pieza dramática. Aunque se titule Inconsolable, paradójicamente he recibido muchos mensajes de personas a las que le ha parecido consolador al ver que el duelo es un itinerario radical que se puede verbalizar, y con el que se identifican. El último tercio del monólogo no tiene que ver con el pasado, sino con el futuro. El monologuista se pregunta qué ha hecho él con su vida, si la puede mejorar, qué impacto puede tener él sobre sus hijos, cómo le gustaría ir a morir… En consecuencia, ya no es solo el recuerdo de un acontecimiento trágico, sino la visión de la propia vida. Hace asimilable la tragedia y la conversión en tarea.

Inconsolable. Del ataúd a las tablas. Ahora que la muerte se disfraza con guadaña de los chinos también por España, usted ha venido a desnudar la mortalidad.

Sí. La frase hecha de que la sociedad contemporánea oculta la muerte es falsa. La muerte está presente hasta la saciedad. Telediario, radio, muertos en carretera, muertos en Irak, ex novio asesino, crimen de Pioz… Coges un videojuego, y los niños están matando sin parar. Una serie, una novela, y todo el mundo está muriendo. Incluso en La Ilíada no se para de morir y de matar. Comemos animales muertos. Todo está muriendo. Y todo está naciendo, también. La muerte es una experiencia cotidiana y abrumadora, y la sociedad contemporánea no la oculta, sino que la exalta hasta convertirla en espectáculo.

Otra cuestión es la mortalidad como conciencia de nuestra condición mortal, cuya asunción exige extraer una serie de consecuencias para nuestra vida. Me refiero a la conciencia de nuestra vulnerabilidad, de nuestro carácter caduco, la vulnerabilidad ajena, que nos llevaría a cuidar mejor de los demás… Si fuéramos más conscientes de nuestra mortalidad, probablemente surgiría una condición ética distinta a la mera autoafirmación individual o a la competitividad, y nos haría vivir más allá de unas metas cortoplacistas, menos consumistas, menos ególatras…

Casi todo lo bueno que hemos hecho en este mundo tiene que ver con la conciencia de que somos mortales. ¿Qué es la filosofía, sino la reflexión sobre nuestra condición? ¿Qué es el arte, sino una copia de seguridad de cosas que se nos van a perder? ¿Qué es la ternura? ¿Qué es el amor de una madre por su hijo, sino la conciencia de que es un ser frágil? ¿Qué es el Derecho, sino la protección que nos damos unos a otros a través de las leyes para evitar que nos atropellen? ¿Qué son los Derechos Humanos? ¿Existiría el amor romántico si no tuviéramos la conciencia de que la otra persona puede desaparecer o puede desaparecer el amor? La conciencia de la mortalidad ha producido todo aquello que eleva al hombre y hace su vida digna de ser vivida.

Usted quiere ser el filósofo del común de los mortales…

La igualdad no ha tenido himnos. Casi todos los himnos se asocian con algún tipo de aristocracia o minoría selecta. La ética exalta la excentricidad. La estética exalta el genio. La política, al líder carismático. No hay quien otorgue gloria al vivir y envejecer del hombre y de la mujer sin relieve, que a mi juicio tienen la misma potencia que Aquiles, que decidió ser mortal. Tengo una cierta fascinación casi voluptuosa por ese destino ordinario, aparentemente sin relieve, pero que está dotado de la misma tragedia que la vida del principal héroe de toda la Antigüedad. Insisto en la belleza, la verdad, el dramatismo, la poética total del hombre y la mujer que simplemente vive y envejece, porque en ese vivir y envejecer está involucrado todo el universo. No hace falta ser un genio, o un líder, o un fundador de estados, ni una personalidad excéntrica que subvierte o convulsiona su entorno.

Me considero un escritor en zapatillas. Como ciudadano, no me creo ni más ni menos que nadie. Y simpatizo con ese principio de igualdad absoluta. No hay nada por encima de la dignidad de ser hombre o mujer. Nada por encima de la tragedia de vivir nuestra mortalidad. No hace falta, como hace Wagner de una manera excesivamente melodramática, remontarse a héroes esquemáticos de la Edad Media, de sagas brumosas, para sentir la tragedia. Me gustaría que floreciera un sentimiento wagneriano del vivir y envejecer.

¿Por qué sus escritos tienen eco positivo a diestra, siniestra y medio campo?

La recepción de mis escritos la considero una respuesta a mi objetivo de ser fiel, extremadamente fiel, a una vocación literaria, sin ceder a la tentación de tomar parte en la actualidad. Mil veces me hurto a la invitación de tomar posición, y no porque como ciudadano no la tenga. Pero la posición que yo tenga como ciudadano la considero carente de interés general. Si algún provecho puede tener lo que hago, será lo que escribo, porque es el resultado de una reflexión más elaborada.

Me resisto a que el trabajo de mis libros quede distorsionado por una toma de posición que hace que inmediatamente se me lea con perjuicios, por unos, o por otros. Por propia actitud personal, soy de humana perduración. ¡A mí me gustaría escribir una obra que dure mil años, así te lo digo! Mi único anhelo es hacer una obra que dure. Igual resulta pretencioso, pero es la verdad, desde siempre. Por eso no me gusta enredarme en cuestiones de actualidad, que me despistan, me quitan energías, empobrecen el debate, distorsionan la recepción, y además mi posición no resultaría distintiva…

En el porqué de su vida hay varios sustantivos gordos: vocación, visión, misión, acción, repercusión. Su vida tiene un sentido que usted intuyó a los 15 años.

La vocación es el nombre que le he dado a un hecho que me ha ocurrido en la vida y que no tengo otra palabra para designar. Suelo definirla como la respuesta a la pregunta ¿por qué dedicas las mejoras horas del día, los mejores días del año, y los mejores años de tu vida a algo que nadie te pide?. Y al final de la Tetralogía de la Ejemplaridad respondo en un ensayo titulado Raptado por las musas. Yo he experimentado una visión, una intuición, una idea poderosa que absorbe todas mis energías, que sólo la tengo yo en mi conciencia, y en consecuencia es efímera, y de ahí nace la misión de darle un soporte más perdurable a esa intuición meramente psicológica, en este caso, en forma de literatura.

¿Y cómo se consigue eso sin parecer un profeta que ha venido a salvarnos a todos?

De manera jocosa, le diría que me gusta mucho la idea del profeta. Creo que debemos recuperar ese concepto. Como ocurría en la historia de Israel, el profeta no era el que anticipaba el futuro, eso era tangencial. Un profeta era una persona que interpelaba la conciencia del pueblo y le recordaba que se estaba desviando de lo principal: de su propia misión, de su propia alianza. En este caso, se puede secularizar la misión y entenderla como la responsabilidad de recordar a la sociedad la alianza que tiene con determinados principios, con determinada cultura, con determinados valores, con determinados progresos morales que colectivamente se han conseguido…

Me divierte y reclamo la recuperación de la figura del profeta, pero ese no es mi caso… Simplemente quería describir que la vocación literaria es de una enorme radicalidad personal. En el siglo XXI, esto sólo lo puedes contar si lo aderezas con un poco de humor y autoironía. Como nos enseñó Cervantes, toda aspiración al ideal en la modernidad o en la posmodernidad tiene que asumir el atajo o el truco de la autoironía, que es el test de si tu entusiasmo es asumible o fanático. Solamente es asumible el entusiasmo que pasa la prueba de la crítica y del humor.

Pensar compromete por dentro. ¿Escribir para el público compromete más?

En mi caso, no sé cómo explicarlo: las experiencias más sustantivas de mi vida se me convierten en obras solas. Me ha ocurrido siempre así.

Uno de los momentos más trascendentales de mi vida fue cuando, a los 24 años, había terminado Clásicas. Era un individuo completamente errático, mis dos hermanos mayores eran notarios, y mi padre también… Él siempre me animaba a hacer lo que quisiera, pero bien. Yo cursaba Clásicas con indolencia, sabiendo que no me iba a dedicar a eso, sin ninguna actitud profesional… Era una especie de coartada para mi propia ociosidad. Nunca he contado esto así, pero es verdad: en realidad, yo no quería entrar en la vida sin un mapa del tesoro. Hice Clásicas para no entrar en la vida productiva, en la que entras en cadena y te lleva en una dirección que difícilmente puedes controlar. Tenía la efervescencia de una vocación, con enormes sugestiones intelectuales, estéticas, existenciales, y no quería entrar en la vida sin un plan.

En esos años escribí mucho en unos cuadernos, de los que después se han alimentado todos mis libros. Cuando tuve esa visión, le dije a mi padre: voy a hacer Derecho. Hice Derecho y la oposición a Consejo de Estado. Con 24 años era un individuo completamente errático. Con 27 era un respetado letrado del Consejo de Estado. Esa es la historia de Aquiles en el gineceo.

Digo yo que escribir sobre la ejemplaridad le llevará a pensar: a ver cómo actúo ahora, que la gente me va a mirar de una manera especial…

Reflexiono sobre eso en un microensayo que se llama Las razones de la ejemplaridad. En ese texto explicaba por qué, a mi juicio, la categoría de la ejemplaridad había tenido una amplia recepción social, pero apuntaba que tenía inconvenientes grandes, y arrancaba la ironía: si voy en coche y me salto un semáforo en amarillo, los niños iban a decir “anda, con el de la ejemplaridad”; o si sueltas un piropo, o cualquier mínimo… Por eso decía que mi próximo libro iba a ser Digresiones sadomasoquistas, o algo así, porque si te juzgan por lo que escribes, mejor escribir sobre cosas libertarias que sobre ideales morales que acaban volviendo como un bumerán y te golpean en la nuca…

Somos únicos, y prescindibles… ¿Por eso sacralizamos el selfie?

Por una parte, sí. Somos de esta extraña condición: nos enamoramos de nosotros mismos porque, con razón, descubrimos que somos únicos, y algo único merece ser fotografiado, como una aurora boreal, o una lluvia de estrellas. Somos únicos, con la misma intensidad que somos prescindibles. Somos repetibles. Los mismos que en nuestra casa somos únicos, preciosos y estamos dotados de una dignidad infinita, salimos a la calle y en las Urgencias de un hospital somos un número… Allí, una persona te va tomando los datos sin mirarte, porque realmente eres invisible…

En esta sociedad se acentúa más cómo somos, al mismo tiempo, todo y nada. Cero e infinito, como dice el famoso libro de Koestler. Cero para los demás, infinito para nosotros mismos. En ese sentido, la tendencia al selfie demuestra que a veces somos esa aurora boreal que merece ser registrada. Como contrapunto, sería aconsejable tener en cuenta que somos prescindibles… Es más, la sociedad se olvidará de nosotros. Si combináramos el selfie con la conciencia de nuestra nadería, mejor.

Joan Fontcuberta, el gran fotógrafo, argumentó el otro día en esta casa que, a lo largo de la historia, la imagen que teníamos de nosotros mismos, por fuerza, la creaban los demás: el pintor, o el fotógrafo si acudías a su estudio. La tecnología digital ha permitido la democratización de tu propia imagen. Es bonito que ya puedas cuidar de tu propia imagen sin la mediación de expertos, que son una minoría. Ahora somos los dueños de nuestra imagen. Eso, me agrada. Aunque yo no me hago selfies

¿Perdemos tiempo absolutizando el a corto plazo?

Sí. Cuando uno actúa a corto plazo, paradójicamente, siempre llega tarde. El a corto plazo te hace consciente de hasta qué punto las soluciones trascienden a ese corto plazo. Cuando comparo cómo me imaginaba el mundo y cómo es después de conocerlo a fondo a mis 51 años, en casi todo coincidimos, pero hay una cosa que me llama la atención: hasta qué punto el mundo es cortoplacista en todo. Yo no tengo esa tendencia. La mayoría de la sociedad funciona a cortísimo plazo en el mundo social, político, económico, pero también en el mundo personal. Lo que menos esperaba, con 15 años, es el imperio absoluto del cortoplacismo en todas las dimensiones de la vida.

¿A veces buscamos en los filósofos llorones sociales que nos hagan partícipes del mal de muchos?

Yo pretendo hacer lo contrario. Muchas veces me he preguntado: ¿por qué nuestra cultura es una cultura de aguafiestas? Porque es verdad que es muy, muy, muy aguafiestas... Las razones son extensas. Tiene que ver con que el logro de las sociedades occidentales es compatible con que los miembros individuales de ese éxito tengan una sensación de nihilismo. De sinsentido. Tiene que ver también con una cultura dominante de los siglos XVIII, XIX y XX, que ha sido una cultura crítica, de la sospecha, con motivo, porque se trataba de desmontar un tinglado anterior que nos permitiera ser más libres. Ese proceso ha terminado, pero nos hemos quedado con el gesto.

Durante siglos, la cultura en general era el instrumento por el cual el individuo se convertía en ciudadano. Asimilar las costumbres, los principios, las tradiciones, el patrimonio cultural de una comunidad formaba parte del proceso socializador. Nacíamos bárbaros y nos íbamos convirtiendo en ciudadanos. Pero desde el siglo XVIII la cultura ya no es un instrumento de socialización. La cultura, en su totalidad, es un instrumento de dominación. La cultura es ideología. Y la filosofía es criticar esas ideologías, y dedicarse a eso puede hacernos aguafiestas. Donde tú ves que eres libre, bueno y próspero, en realidad eres dominante, interesado y perverso. Pero funcionas con una ideología de la que ni tú eres consciente, y vengo yo y te la desvelo…

El pesimismo individual reinante, la cultura, que ya no es un instrumento de civilización, y esa mueca de que solo somos lúcidos en el momento en que desmontamos todo el tinglado colectivo, hace que, sin ninguna finalidad emancipatoria, de una manera anticuada, sigamos con el gesto del desmontaje y la sospecha. Hoy, hasta un niño de teta es lúcido, rebelde, transgresor, escéptico, cínico… La cultura, paradójicamente, confirma una y otra vez ese lugar común. Qué hermoso sería –yo trato de contribuir a eso con mi granito de arena- que la cultura nos ayudara a dar otro paso: construir un nuevo tinglado. Pero para eso hace falta idealismo, ingenuidad, fuerza, capacidad constructiva…

¿Hemos confundido la madurez con el espíritu crítico?

Es que, durante mucho tiempo, han coincidido… Lo que demanda ahora la civilización no es ser libre, sino ser libres juntos; un nuevo idealismo –yo he propuesto el ideal de la ejemplaridad, otros proponen otros-, una ingenuidad que te permita recuperar la esperanza después del desconsuelo o de las experiencias negativas de la vida y del mundo… Pero la cultura de 2016 sigue repitiendo de manera monótona y cansina los esquemas que fueron liberadores en el siglo XVIII y que ahora son empobrecedores. La cultura debería estar buscando el siguiente paso, que consiste en crear un nuevo ideal después de derribar al ídolo antiguo.


Propugna usted “el mejor momento de la Historia”. Los medios de comunicación van en dirección contraria…

No sólo los medios de comunicación… Me preguntan muchas veces por esta cuestión, y, a pesar del escepticismo, nadie tarda más de 30 segundos en darme la razón. Lo interesante no es si tengo o no razón, que creo que sí. Lo interesante es por qué tanta gente se resiste a verlo. Incluso me encuentro con personas que consideran ofensivo aceptar que vivimos el mejor momento de la historia universal, que no es lo mismo que vivir en el mejor de los mundos.

¿Cuáles son las razones por las que la gente no lo ve? Lo más sorprendente es que, frente a la opinión común, quien más ha progresado en los últimos siglos son las clases más vulnerables, y eso mide la temperatura moral de un pueblo. Leí por ahí y creo que es correcto, que, si quieres conocer la verdadera ilustración de una sociedad, has de fijarte en la posición de la mujer. Yo iría más lejos: fíjate en la posición de los enfermos, de los discapacitados, de los pobres, de los parados, o de los viejos, o de los niños, o de cualquier minoría, inmigrantes, presos, contestatarios al poder… Si la sociedad occidental ha hecho algo grande es haber conseguido que las clases vulnerables mejoren, aunque todavía deben hacerlo mucho más. Esa prosperidad moral es la que hace de esta sociedad la mejor.

Filosofía del mundo, para el mundo, con mundo. El amor a la sabiduría es compatible con pillar el metro. ¿Su filosofía sería diferente si hubiera estado en torno a la Universidad?

Durante bastante tiempo dudaba de si un proyecto literario como el mío sólo podía realizarse en la Universidad, de acuerdo con la idea que yo tenía de que la mayoría de los proyectos parecidos en los últimos dos siglos habían tenido su asiento dentro de sus muros. Entre las mil incertidumbres que uno tiene mientras escribe y concibe estaba la de dónde residenciar ese proyecto. Con treinta y pico años, entendí que no lo podría hacer en la Universidad, que ha dejado de ser la institución que durante dos siglos ha tenido el monopolio del conocimiento. Ahora es un lugar donde difícilmente se puede dar curso a la creatividad, especialmente en la Universidad española. No conozco ninguna persona que trabaje en la Universidad que no sienta algún grado de frustración. Es un sistema que ha creado frustraciones colectivas.

La universalización de la educación y la apertura de la Universidad a todas las personas interesadas en España es un mérito extraordinario. No podemos ser demasiado crueles con la Universidad española, porque se entiende que en el proceso de universalizar la base se haya perdido algo de excelencia. Lo que ocurre es que, en general, no sólo en España, la Universidad se parece cada vez más a los métodos científicos. Es más científica y empresarial, y hay mucha creatividad con dificultad de asiento.

Yo pienso que la filosofía es como una novela. ¿Cree que cualquier novelista debe ser profesor de Literatura? Pues no. ¿Un filósofo debe ser profesor de Universidad? Pues tampoco. Es más, a lo mejor es recomendable que no lo sea…

Y ahora que se estaba divulgando la filosofía de la vida cotidiana, toman la ciencia clásica y la expulsan de la escuela por inútil.

Por un lado, en el bachillerato no se impartía Filosofía, sino Historia de la Filosofía. No conozco a nadie que diga que las horas de Historia de la Filosofía que recibía en su etapa escolar cambiaran su vida, y que aquel conocimiento fuera esencial en su condición de ciudadano crítico, consciente, autónomo, agente moral responsable… Las pildoritas que normalmente se dan de Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Descartes…, que son tres extractos condensados de un pensamiento en el que difícilmente puede uno imaginarse a qué experiencia vital profunda responde el universo de conceptos del autor, es como cogerse a Homero, Dante o Shakespeare y reducirlos a cuatro datos.

Magnificar la importancia de una o dos horas de Historia de la Filosofía en pequeñas píldoras no creo que sea determinante… Lo que sucede es que las leyes y los planes de estudio dan a la sociedad una señal, porque tienen también un carácter pedagógico sobre las prioridades de un Estado y el tipo de persona que el Estado considera que debe ser un ciudadano del siglo XXI. Como señal, es negativa. De las dos funciones de la educación –crear profesionales y crear ciudadanos conscientes de su dignidad-, quizás nos escoramos mucho a preparar profesionales que compiten, generan mercancías y se enriquecen vendiéndolas… Eso está muy bien, siempre y cuando se contrapese con la conciencia de la condición de ciudadano, a lo que contribuyen asignaturas como Filosofía, si verdaderamente se da Filosofía.

Ejemplaridad pública:

            ¿Un intelectual honesto?

            Se me ocurren muchísimos. Por ejemplo, en los últimos diez días, por diferentes razones, estoy totalmente fascinado con uno de los intelectuales más honestos de la historia de España, que es Fray Luis de León. Estoy leyendo sus comentarios al Cantar de los Cantares. 1527-1591. Escribe tarde. Es un prosista de una elegancia sin igual. Hay quien lo considera el mejor prosista de la historia de España. A la vez es un filólogo que dominaba el hebreo, el latín, y el griego, y tradujo directamente del hebreo. Era un humanista a la altura de Vives o de Erasmo. Sólo con 20 poemas se convierte en uno de los poetas más importantes de la literatura universal… Combinaba un idealismo y una sensualidad extraordinarios, que canaliza a través de la Filología. Es un humanista de una finura, una ciencia, una pasión poética que le lleva, incluso, a la cárcel de la Inquisición…

            ¿Un rebelde con causa?

            La ejemplaridad es innovadora, pero también es siempre conflictiva, porque trata de remover una situación creada. Desde Sócrates y su crítica profética, hasta Savater, que ha tenido que padecer en sus propias carnes la defensa de una causa justa como es la paz, cualquier persona que en el mundo ha promovido una causa ejemplar tiene ese carácter innovador, reformador y conflictivo.

            He sido muy escéptico con Obama, pero al final, con independencia de sus logros personales, mayores o menores, según quién juzgue, a mí me ha transmitido el deseo de hacer de la Presidencia de los Estados Unidos un lugar más civilizado, donde el uso de la fuerza, sin despreciarlo, se subordina a un principio civilizatorio, a consecuencia de lo cual ha tenido una enorme resistencia.

            No suelo utilizar la palabra rebelde, porque me parece que pertenece al vocabulario de lo libertario-romántico vigente desde el siglo XVIII que me gusta postergar en mi argumentación, porque es un lugar común. Prefiero hablar de ejemplaridad conflictiva para designar prácticamente lo mismo.

            ¿Un modelo de saber escuchar?

            Saber escuchar es un don muy raro. Una persona que estaría muy cerca de ser modélica en eso es Cervantes: una persona que crea un universo de personajes y da la impresión de que los ha escuchado a todos. A cada uno le concede su parte de verdad, y no les juzga. Me imagino a Cervantes escuchando, porque después él se expresa y presenta a sus personajes con simpatía. En Cervantes, prácticamente, no hay malos. Lo mismo el judío, que el morisco, que el pícaro, que el cura, que el bachiller, que la gitana… todos tienen su dignidad y su punto de vista está cortésmente incorporado a la obra.

¿Hay hambre de autenticidad?

De eso sobra… Charles Taylor escribió un libro sobre la autenticidad que ha tenido mucha repercusión, y que yo leí con mucho gusto. Una de las marcas de la subjetividad que nació en el siglo XVIII y XIX ha sido la autenticidad, que es la exaltación de tus propios instintos, tus propios deseos, tu espontaneidad… frente a esa reglamentación económica, moral, religiosa, social, política que había gobernado el Antiguo Régimen…

En la antigua visión del mundo, el hombre y la mujer eran el centro del universo, pero formaban parte de una creación que les trascendía. El mundo estaba organizado, y cada cual tenía su posición, con su propio estatuto de derechos y obligaciones, que venían dados. La subjetividad moderna es la afirmación de la autenticidad: ¡Yo soy como soy, no como me dicen que sea! Es la afirmación de tu propia espontaneidad: lo importante ya no es ser virtuoso, sino ser sincero contigo mismo, con tus instintos…

Hoy, quien más quien menos, hasta el que sale del instituto, lo que lleva incorporado hasta la médula es el ideal de la autenticidad: tengo que ser yo mismo y vivir mi vida. ¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo diga?, como diría Alaska y Dinarama. ¡No voy a cambiar! ¡A mí nadie me tiene que decir cómo tengo que vivir mi vida, que es mía! Todo eso es lo que ha llegado a su apoteosis en el siglo XX y ya se ha generalizado en las series de televisión. Cualquier niña de doce años, a poco que te descuides, te dice: Papá, no te metas en mi vida, yo la vivo a mi manera. Justamente en educar eso es donde debe trabajar la nueva cultura. ¿Autenticidad? Sí, pero educada, civilizada. No se trata sólo de ser sinceros, sino virtuosos.

Habla mucho también de educar el corazón. ¿Eso es filosofar a contracorriente?

En una ciudad como Madrid, con sus cuatro millones de personas auténticas, sinceras, instintivas y espontáneas, al final puede haber un problema de convivencia… Ya se ve que no es lo mismo vivir en sociedad que vivir socializados. La cuestión no es sólo ser sinceros, como en esos programas de telerrealidad en los que el valor supremo es decirse las cosas a la cara. ¿Y con eso quedas redimido de cualquier insulto u ofensa que digas? Yo prefiero que no me lo digas a la cara, y que refines tu punto de vista. No se trata de ser sincero, sino de ser virtuoso y elegir formas superiores de vida, no sólo las más primarias. Para eso se necesita educar el corazón, sin perder el enamoramiento de tu propia libertad y de tu propia dignidad. Civilizar ese romanticismo de autenticidad en el que todos hemos nacido nos llevará a una vida noble compatible con otras vidas.

En la esfera política cuajan desde dentro peticiones de abolir los privilegios, reformar lo que es injusto, reformular las cosas que siempre han sido así, perseguir al corrupto hasta el final… ¿Sus propuestas de ejemplaridad pública van calando?

Aspiramos a tener una calidad democrática superior porque somos una democracia joven, débil en algunos aspectos, vulnerable, aun cuando ha demostrado más solidez de la que algunos esperaban a lo largo de esta intensa crisis. Tiene que ver con la creación de un marco institucional y jurídico que propicie una vida decente y un comportamiento adecuado, sobre todo, de los agentes públicos, con una visión más allá de lo institucional y legal, en la que, ya no sólo los dirigentes, sino toda la ciudadanía, aspire a una vida de visión culta y corazón educado. Para eso hay que trabajar en una visión del mundo en la que, por ejemplo, la educación del corazón se vea como algo importante, en particular para los representantes políticos, a los que les exigimos un plus de responsabilidad por el plus de influencia que tienen.


Con ese mix de influencia, Filosofía, Sociología… ¿No le ha tentado nunca ningún partido político?

Salen noticias de vez en cuando… Supuestamente me han ofrecido ministerios…

Yo he tenido comidas o reuniones con casi todo el mundo. Al final, Madrid es muy pequeño y te encuentras con mucha gente en el ascensor. Las personas que actuamos en determinados círculos acabamos viéndonos, e incluyo ahí las conexiones entre la política y la cultura. Yo me he visto con gente de diferente procedencia con total normalidad. Que te ofrezcan un ministerio en serio lo veo muy remoto, porque un presidente del Gobierno se debe rodear de personas de su confianza, y yo no los conozco más allá del hola, hola. Precisamente, con el presidente del Gobierno no he tenido ningún trato personal, y por eso dudo de que pudiera ofrecerme nada, aunque se haya publicado que me habían ofrecido el Ministerio de Cultura. Es verdad que conozco a Jorge Moragas y he comido con él varias veces, pero no es verdad que me haya ofrecido un ministerio. No creo que Rajoy ofrezca un ministerio a una persona que no conoce. Yo no lo haría.

Además, yo no aceptaría. Escribí un microensayo que se llama Desmiento los rumores, que es autoirónico. Ya en 2009 había rumores de que iba a ser ministro. No aceptaría porque sólo siento la fidelidad a mi propio proyecto literario…

¿Y cree que entrar en política le pervertiría?

Sí.

Imagínese que se creara en la sociedad una necesidad tan específica que pensara que, por la formación y experiencia que tengo, pudiera contribuir con algo distintivo. Por ejemplo: ser ponente constitucional, que es una figura suprapartidista con la que, a lo mejor, puedes colaborar en la preparación de una nueva Constitución que mejore nuestra convivencia durante los próximos 30 ó 40 años. Si alguien pensara que puedo contribuir a eso, quizás me apunte. Pero formar parte de un gobierno partidista jugando a una competición política en la que todo lo que hace tu partido está bien, y todo lo que hace el adversario está mal; donde tienes que hacer lo que favorezca los intereses electorales de un partido y perjudique al del otro, donde muchas veces el peor no es el adversario político, sino el de tu propia casa, que lleva 30 años aspirando a tu puesto, y ve que de pronto alguien lo ha ocupado… Nada de eso me va…

¿Qué cocina después de Inconsolable?

En marzo voy a sacar un libro que se titula La imagen de tu vida. Incluye un ensayo llamado Humana perduración, que razona sobre las cosas que se salvarán del diluvio universal. Aborda el carácter efímero y caduco de todas las cosas de este mundo. Más allá de la creencia en el Otro, hay dos cuestiones que se salvarán: la imagen de la vida recordada por sus supervivientes, y la obra artística perfecta, que mantiene una especie de permanente primavera. El libro incluye otro texto titulado Cervantes, la imagen de su vida, que es un dibujo sobre su permanencia en el tiempo, e Inconsolable, que es la imagen de la vida de mi propio padre.

¿Qué gana filosofar desde un escenario?

En el Aviso que prologa el libro, cuento que, tras la Tetralogía de la Ejemplaridad y Filosofía mundana, estaba madurando la idea de una filosofía en escena, que es una radicalización de la filosofía mundana, porque obliga a la Filosofía a someterse a la prueba del escenario. Me parecía fecundo para los dos ámbitos. La Filosofía podía ayudar a fecundar la escena con una cierta profundidad, con mayor conciencia e intensidad intelectual y emocional, evitando la banalidad, e incluso la pretenciosidad irreflexiva, muchas veces mimética. Pero también las tablas fecundan a la Filosofía, porque, cuando se lleva al escenario, uno siente el préstamo solemne de la atención de una audiencia reunida que incluso ha pagado, y siente la necesidad de retribuir esa atención con una meditación filosófica que no pueda ser codificación, hermetismo y vana erudición.

Usted también apostola el chistemalismo, una opción que, en el fondo, también le define. ¿Qué busca esa corriente?

Hay cuestiones graves y solemnes que sólo se pueden presentar rebozadas de humor. Lo pienso también para la función paterna. ¡Qué difícil es ser padre, por lo menos teóricamente, en un momento en el que se cuestiona todo tipo de jerarquía y todo tipo de autoridad! Debo decir que no ha sido mi experiencia, porque tengo cuatro hijos y por algún salto genético que agradezco no me han dado problemas, y dos están ya en la Universidad.

Una de las maneras de ejercer mi función paterna ha sido envolverla en chistes malos. Los chistes malos son lo contrario de la broma pesada, que sólo busca reírse a costa de alguien. El chiste malo es el intento de reírte de ti mismo. Es una modalidad de autoironía que lubrica el uso de la función paterna.

¿El filósofo que no ríe es un enterrador?

El filósofo que no ríe tiene mucho riesgo de ser un fanático. La auténtica filosofía es la que mueve al entusiasmo. Hay que distinguir entre el entusiasmo bueno y el entusiasmo malo. El malo tiende al fanatismo, porque no soporta ni la crítica ni el humor. Debemos ser capaces de generar entusiasmo mediante un idealismo que soporte la ironía y la crítica.

¿Qué le pone los pies en el suelo a un filósofo de moda?

Primero: vengo de una familia en la que todos nos tomamos el pelo, y yo era el tercero. Tengo dos hermanos mayores que me ven con indulgente displicencia. Mi padre era igual.

Y luego está mi madre, que es una auténtica personalidad. Te dice las cosas directamente de una manera muy cómica y graciosa, pero que, si no fuera mi madre, podrían sonar humillantes… Te dice:

-          Oye, Javi, ¿dónde estás?

-          En Valencia

-          ¿Y para que has ido?

-          Para dar una conferencia.

-          ¿Y de qué vas a hablar, de lo de siempre?

Sobre el paso de Inconsolable por el escenario el próximo junio, me dice:

-          Oye, Javi, que me he enterado que se va a estrenar tu texto...

-          Si, en el María Guerrero.

-          ¿Y quién va a ir a eso?

Me muero de la risa.

Le suelo dedicar los libros que saco con un “a mi querida mamá…”. Dice que mis dedicatorias son aburridísimas. Ella misma se hizo la dedicatoria en mi último libro: “A la mejor mamá del mundo…”. Y me pidió que se la firmara…

El matrimonio también te pone en tu sitio. Es escuela de humildad. Tienes a tu lado una persona que te conoce muy bien, y a poco que escuches… Y los hijos, y la vida misma… Si estuviera encerrado en mis libros, tendría más riesgo, pero dirijo una fundación que tiene más de cien personas… Si no eres del todo necio y sabes cómo funciona el mundo, es más fácil ubicarse. Además, creo en el igualitarismo infinitamente.

Escarmentar en cabeza ajena es una buena lección, porque ves de cerca a dónde llevan la necedad, la arrogancia y la estupidez.

¿José Mota tiene un ensayo? Creo que representa bien su filosofía del mundo, para el mundo y mundana, en clave de humor.

Yo veía todos los programas de José Mota. Los de la última temporada me gustaban menos, pero, por ejemplo, lo de los cansinos históricos es tan profundo… En mi ordenador tengo una lista de cansinos históricos: personas de las de "te admiro muchísimo", "he leído todos tus libros", "eres el tío más extraordinario del mundo"… Esos que te proponen tomar una cerveza, les dices que tienes que ir a recoger al niño y te gritan: ¡Mugroso! ¡Han pasado de la adoración a la obsesión sin tener yo conciencia de haber hecho nada!

La visión social de Mota, su crítica con esperanza, su ironía… ¡Empatizo con él completamente!

Hay mucha gente que no lo comprende, pero yo tuve fascinación por Chiquito… Sus primeras apariciones en Antena 3 junto a Paz Padilla me producían ataques de risa nerviosa. Algunos sketches de José Mota me los pongo con frecuencia, porque me parece que su humor provoca una risa civilizadora.

 

REBOBINANDO

Javier Gomá tiene una tasa de entrevistas impropia de un filósofo. Se entiende. Se le entiende. Él es un pensador novelado, o un novelista reflexionado hasta los cantos, pero con la elasticidad del que combina la vida y sus matices con la ironía hasta poner las verdades en sus justos términos.

Culto, pero no académico estirado sobre el plinto de lo políticamente intelectual. Humanista sin latinajos distanciadores. Creativo con educación. Literato disciplinado que no fustiga a los malos y premia a los buenos, porque escucha. Jurista de palabras-chicle no aptas para pergaminos, estupendas para el papel universal que envuelve las calles.

Ciudadano portavoz de una ética social sin reyes del mambo. Rompedor de esquemas. El clásico tira de la manta de todos los tópicos obsoletos que siguen marcando la pauta. Aire nuevo con esencias naturales de ayer, de hoy, de mañana.

Las teorías de Gomá están en la calle, pero todavía pueden permeabilizar más.

En el siglo XXI aún  persisten perjuicios del estilo: si viste de tweed y aquilata su melena, es rico, pijo, de derechas, escribe para vender, impone un dogma, ve el universo desde la cumbre, y los de abajo no estamos para soportar juicios por encima del hombro.

Y también los de: lleva coleta, es populista, tiene piojos, está poseído, es el demonio, hay que quemarlo.

Por eso, porque comparto que las reflexiones de este lord entre el vaquero y el ideal sirven para mejorar la sociedad entera, animo al caballero a cinco transgresiones que podrían ser dinamita. Llamémosle Reto Goma-2 eco

1. Operación Malasaña: Conversaciones constructivas con ideólogos, pensadores, y divulgadores socioculturales aparentemente en las antípodas. Por ejemplo: desayuno de barrio con Juan Carlos Monedero. Sin prisas. Sin tabúes. Sin papeles. Objetivo: ensayo titulado Yo a California, y tú a Boston. Desde la piel que no habito pero entiendo.

2. Salto a la televisión: Aprovechar la magia de canales como Cero para proponer un programa de alta calidad, tipo Sistiaga. Objetivo: presentar modelos ejemplares en tres dimensiones. Abiertos. Plurales. Imitables.

3. Encuentros en el bar: tertulias regadas con público. Objetivo: abrir el diálogo y las preguntas que están en el aire a raíz de sus microensayos de Filosofía mundana. Cafetería estilo Jordi Évole, sin aires de Mallorca.

4. Rebajar la exposición: ajustar las apariciones mediáticas a lo estrictamente interesante. Siempre hay material para trasladar a la opinión pública, pero conviene buscar el camino para hacerlo a través de terceras personas. El yo con foto da a conocer, pero también desgasta, incluso aunque no se juegue el partido de la rabiosa actualidad.

5. Tuitensayos y tuitconversaciones: momentos tipo el Bar de Lola de Pérez Reverte, para hablar de la vida; o el #MA140 de Miquel del Pozo, para disertar sobre Arte. Tomar las riendas de Twitter y abrir sus reflexiones y respuestas al mundo anónimo de los Aquiles de su time line.

Ahí lo dejo.

De gratis.


Más allá del tópico estético, el filósofo contemporáneo vive con las puertas abiertas. Tiene un ideal, pero también escucha otros. Más allá del tópico estético, el filósofo contemporáneo vive con las puertas abiertas. Tiene un ideal, pero también escucha otros. Álvaro García Fuentes (@alvarogafu)

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