Opinión

El mariscal Al Sisi, entre Nasser y Putin

La visita del mariscal Abdel Fatah Al Sisi a Moscú ha sido calificada de inesperada, aunque tampoco es una sorpresa. Más temprano que tarde tenía que producirse, sobre todo tras la visita a Egipto de los ministros rusos de asuntos exteriores y defensa en el pasado noviembre. Este viaje de Al Sisi se centró en la compra de armamento ruso cifrada en 2000 millones de dólares , gracias a un generoso crédito de los países del Golfo, pero al mismo tiempo puede interpretarse como una presentación en el extranjero de la candidatura presidencial de Al Sisi. El que Putin la haya apoyado explícitamente es una muestra de la voluntad de Rusia de mejorar sus relaciones con el país más poblado del mundo árabe, en unos momentos de estancamiento de los vínculos entre Washington y El Cairo. Todo un contraste con la Administración Obama, no muy satisfecha con la candidatura de Al Sisi, según los rumores que han circulado sobre presiones americanas sobre la cúpula militar egipcia.

La presencia de Al Sisi obedece a la vez al propósito de tener unas relaciones exteriores más diversificadas para salir del casi aislamiento que caracterizó a los regímenes de Sadat y Mubarak, hipotecados por su relación estratégica con EEUU y el tratado de paz con Israel. En este sentido hay una cierta continuidad con la política exterior del gobierno de Morsi, interesado en tener una mayor presencia en el mundo árabe y musulmán y acercarse a Rusia y China. Sin embargo, Morsi tampoco deseaba distanciarse demasiado de EEUU, pues la Administración Obama pretendía creer que era un islamista moderado legitimado por las urnas. Respecto a Israel, el ex presidente egipcio se comportó como un maestro de la discreción, sin gestos amistosos pero tampoco abiertamente hostiles. Al Sisi seguirá un camino similar al de su predecesor, pero también aspirará a mejorar su imagen exterior, y para esto necesita la legitimación de las urnas. Todo indica que lo hará en una elección en la que parece anunciada su victoria aplastante.

Al Sisi juega la carta del nacionalismo, que Morsi no supo aprovechar por su ideología islamista, y sus mejores aliados en la promoción del nacionalismo han sido EEUU, Europa y la Unión Africana. Le han negado legitimidad por derrocar a Morsi, pese a que los militares egipcios se han presentado en todo momento como el instrumento de una gran revolución popular contra los Hermanos Musulmanes. Gracias a las críticas y a las amenazas de sanciones, Al Sisi ha adquirido para la mayoría de su pueblo los rasgos de un nuevo Nasser, enfrentado también a Washington como aquel fundador de la república egipcia.

En realidad, el presidente Al Sisi tendrá más rasgos de Putin que de Nasser. No tiene un proyecto panarabista como Nasser, pues la escena internacional ha cambiado mucho en medio siglo, pero sí es un nacionalista egipcio, mucho más convincente que Sadat y Mubarak. Esto no es incompatible con ser un piadoso musulmán, pero sus prioridades son Egipto, y no el Islam.  Por lo demás, Al Sisi carece del apasionamiento de Nasser y no romperá sus relaciones con norteamericanos y europeos, pese a todas las críticas sobre su legitimidad. Seguramente se limitará a recordarles, más con hechos que con palabras, que otros actores internacionales son capaces de llenar el hueco en Egipto que ellos dejen. En cualquier caso, la política exterior de Obama en el país norteafricano ha estado marcada por una sucesión de dudas e indefiniciones. Cinco años después del histórico discurso del presidente americano en El Cairo, la posición de Washington en Egipto se ha debilitado. Sin duda, no sería ese su propósito, pero la imagen pública de la Administración Obama aparece ligada ahora a la de una valedora de los Hermanos Musulmanes, asimilada  por los militares egipcios a una organización terrorista.

Si Washington quiere mejorar sus relaciones con Egipto, no tendrá más remedio que aceptar a Al Sisi como el político que puede garantizar la estabilidad en el país del Nilo, aunque también debe ser consciente, si no lo es ya, que su capacidad de influencia es cada vez más limitada, tal y como se ha demostrado en los últimos tres años. Los aliados tradicionales de EEUU, Israel y Arabia Saudí, se sienten más cómodos con Al Sisi en el poder, pero esto no convencerá por sí solo a la diplomacia de Obama.

Al Sisi presenta mayores semejanzas con Putin, aunque sin necesidad de hablar a sus interlocutores de forma tan directa  como el presidente ruso. Transmite la imagen del líder que pondrá orden en casa y hará de Egipto un país que no se doblega ante las presiones extranjeras. El presidente Al Sisi hablará en sus discursos de democracia, pero el significado que dará a este término, será el que empleó en un análisis escrito en 2006 durante su estancia en el US Army War College. Según  el militar egipcio, es difícil en Oriente Medio construir la democracia, y ésta debe adaptarse al Islam y a las realidades culturales locales.

Antonio R. Rubio Plo es analista de política internacional y profesor de política comparada

 
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