Opinión

El Legislativo huele a cadaverina

Congreso.
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Desde las cenas de Abril Martorell y Alfonso Guerra en las que hicieron la Constitución del 78 (comisión de “padres” mediante), ni en la Carrera de San Jerónimo ni en la Plaza de la Marina Española, se ha tomado una sola decisión ni se ha votado una sola Ley, incluidas las designaciones de presidente del Gobierno, cuyo resultado no se supiera de antemano, porque todo llega a las cámaras pactado y bien pactado.

Que la democracia en España se convirtió hace mucho tiempo en una partitocracia es algo evidente. Los partidos políticos, esos entes artificiales que se han enquistado en nuestra sociedad y se constituyen en únicos garantes del sistema y cauce para la participación de los ciudadanos en política, se han convertido en auténticos dictadores de una sociedad a la que llevan del ronzal.

Es claro que quien gana unas elecciones aunque sea sin una mayoría suficiente, se constituye en amo y señor de toda acción política y de cualquier iniciativa ciudadana. A ese mal, hay que añadir la falta absoluta de democracia interna en los propios partidos, con lo que la dictadura de esas formaciones se acaba convirtiendo en la dictadura de un grupo, o más bien, de una persona.

Y así, degenerando, degenerando, se llega al control del Ejecutivo, a los intentos, con  más o menos éxito, de amordazar al Judicial y a la práctica desaparición del Legislativo que dormita en los escaños de un Parlamento devaluado, a la espera de la mano que le indica lo que hay que votar.

Congreso y Senado no funcionan ni en el sentido más estricto del término, ni en el más amplio de tener una mínima utilidad.

Desde las cenas de Abril Martorell y Alfonso Guerra -en las que hicieron la Constitución del 78 (comisión de “padres” mediante)- ni en la Carrera de San Jerónimo ni en la Plaza de la Marina Española, se ha tomado una sola decisión ni se ha votado una sola Ley, incluidas las designaciones de presidente del Gobierno, cuyo resultado no se supiera de antemano, porque todo llega a las cámaras pactado y bien pactado.

El resto es teatrillo barato de barraca de feria o, mejor dicho, guiñol de verbena, a juzgar por el papel de “cristobitas” manejados que hacen sus señorías.

El Parlamento permanece cerrado por vacaciones, por pandemia o con cualquier excusa  y cuando se abre se convierte en una taberna de baja estofa en la que los insultos, las descalificaciones, los dicharachos y las frases que pretenden ser ingeniosas y se convierten en patochadas de mínimo calibre, adquieren la categoría de único contenido.

Cada semana las sesiones de control, los plenos, además de no merecer siquiera la presencia de los ministros, son un bochorno general al que los ciudadanos comienzan a tomar asco o, lo que es peor, a broma.

Así las cosas, el Legislativo solamente sirve para la “colocación” de los favoritos de los jefes que cobran sueldos,  que fungen dietas y que gozan de despachos, secretarías “semiparticulares”, viajes pagados y ordenadores y digitalización de “gorra”.

Y como hay que ir en las listas para seguir “sirviendo al ciudadano”, el poder del partido aumenta y la dictadura del jefe alcanza cimas insospechadas en cualquier democracia. El miedo a los “relevos”, que no son más que ostracismo, guarda la viña del dictador de turno y la partitocracia arrasa las libertades públicas y hasta privadas.

Porque eso de la “sede de la soberanía nacional”, empieza a ser un cuento que además huele mal.

El rejonazo: Redondo Terreros: “Un Gobierno formado por socialistas y comunistas tiene dos perjudicados clarísimos: primero y menos importante, el PSOE; segundo y más importante, la Nación”

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