Opinión

Peor el remedio que la enfermedad

El Papa Francisco.
photo_camera El Papa Francisco.

Según datos nada sospechosos de Naciones Unidas, la reducción de la pobreza extrema en el planeta lleva acumulando récords desde que la malhadada globalización, la democracia y el libre mercado alcanzaron a las sociedades más miserables de la tierra. De no haber surgido el coronavirus y su recesión, la tasa de personas que viven en ese umbral bajaría al 7,9 por ciento de la población universal, rondando ahora el 9 por ciento. Este porcentaje era en 2015 del 10,7; el 16 en 2010 y el 36 en 1990. Pese a que la disminución se haya desacelerado por la pandemia, el reto de acabar con este gran desiderátum económico, social, político y moral continúa situando en el año 2030 la práctica desaparición de la penuria intensa en el contexto internacional, si logramos recuperarnos en tiempo razonable de la tragedia sanitaria.

Aunque no exista sistema perfecto, justo es reconocer que el capitalismo ha sido el que más se ha aproximado a ese magno ideal de la humanidad. Con sus correcciones y limitaciones, que las tiene, la economía libre ha posibilitado el incremento de la prosperidad en los rincones más desamparados del orbe, como revelan las cifras oficiales. Nótese, además, que este orden social incluye donde reina poderosos mecanismos de equidistribución de la riqueza, que buscan mitigar la exclusión de colectivos desfavorecidos, como se está viendo cuando vienen mal dadas. Otros modelos, en cambio, no han coleccionado más que estrepitosos fracasos, especialmente los derivados de fórmulas de colectivización de la producción o de restricción de la iniciativa empresarial, que no han sabido ni podido generar bonanza en las naciones. Estas opciones no sólo funcionan espantosamente mal ni sirven tampoco para combatir de raíz la indigencia, sino que incluso la potencian y constituyen habitualmente el germen de regímenes totalitarios, cuyo fin último persigue someter a los pueblos a ideologías delirantes y falsarias, en las que la libertad individual tiende a difuminarse por completo.

Quienes censuran a ese tan perverso “neoliberalismo” que logra sin embargo afrontar con eficacia la miseria y procurar progreso en las sociedades, proponiendo su paulatina sustitución por obsoletas recetas demagógicas setenteras que ya hemos visto adonde conducen, seguro que lo hacen guiados bienintencionadamente por esa corriente imperante de corrección política de determinado sesgo. Pero, como no se trata aquí de juzgar intenciones, sino realidades, ha de subrayarse la profunda extrañeza que provocan esas insistencias en el error y la aventurada inclinación por convertirlo hasta en una suerte de mantra de obligado cumplimiento para millones de fieles que comparten un mismo credo.

Si ya resulta chocante que desde esos solios encargados de asuntos intemporales no dejen de abordarse los que no lo son, bastante más insólito es que algo así se haga generando perplejidad. Ni el debate sobre el liberalismo o el colectivismo, ni las dudas acerca de la operatividad de las cooperativas o las empresas privadas, ni los intríngulis del populismo político o los demás interrogantes climáticos de suyo opinables parecen materias propias de quienes representan a una grey, que debieran centrar sus esfuerzos en reunir a la inmensa mayoría en torno a sólidos principios espirituales, pero nunca distrayéndolos con extravagantes tutifrutis ideológicos o técnicos que encajan por igual en la moralidad cristiana, salvo que se pretenda instaurar una estrambótica teocracia de una concreta orientación política.

Con todo, y como los vientos discurren ahora por esos polémicos derroteros, se me permitirá recordar, con lealtad y sin caer en excomunión, que existen peores remedios contra la pobreza que los reprobados sin demasiada justificación en los textos pastorales que salen de la imprenta vaticana y que, sin ser infalible ninguna doctrina política o socioeconómica, algunas de las sugeridas en ellos se han revelado como verdaderamente catastróficas en términos materiales e inmateriales.

El capitalismo, la globalización y la democracia liberal no son, insisto, ninguna panacea que conjure todos los males, pero están logrando objetivos a tener en cuenta desde una perspectiva moral objetiva y desapasionada. Nada de eso han conseguido esas otras pésimas alternativas sobre las que se pontifica de nuevo, tratando inexplicablemente de blanquearlas. Que esto es así me temo que no hay encíclica que lo desmonte a estas alturas de la película, porque la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. 

En su Arte de la prudencia, Gracián recomendaba hablar como en los testamentos: cuantas menos palabras, menos pleitos. Y también recordaba que siempre hay tiempo para soltar palabras, pero no para retirarlas. Qué sabios consejos y cuántos problemas ahorrarían a los que la vida les ha reservado un papel relevante. 

 
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