Superar el cortoplacismo para afianzar la democracia
En la Europa del norte casi todos los gobiernos son de coalición. La fragmentación política, común en la mayor parte del continente, no impide la gobernabilidad. Probablemente se debe a la capacidad de pacto, fruto de una destacable ética pública: ocupan habitualmente los primeros lugares en los informes anuales de la ONG Transparencia Internacional, que presta un gran servicio en la lucha contra la corrupción.
Estos días, ante la grave crisis que sufre Francia, me ha venido a la memoria el pacto social del 2016 en Finlandia: ciertamente les costó un año de duras negociaciones entre un ejecutivo de centro-derecha partidario de la austeridad, y sindicatos inicialmente opuestos. Todos aceptaron que era preciso favorecer la competitividad tras unos años de un retroceso derivado también de la disminución de las exportaciones a Rusia a consecuencia de las sanciones europeas: no era posible aumentar los salarios a corto plazo si se quería encarar con fuerza el futuro.
La gran diferencia con Francia no se debe –pienso- a la eficacia de sus leyes electorales proporcionales, no mayoritarias. Cada sistema tiene sus ventajas e inconvenientes. El escrutinio mayoritario a doble vuelta deja poco espacio representativo para los partidos minoritarios. Pero el voto proporcional –que algunos añoran hoy en el país vecino- acaba con frecuencia en coaliciones de gobierno que no representan a la mayoría, como en España.
Todo falla ante el déficit de prudencia política, necesaria para ceder y concordar, para llegar a consensos, indispensables en una sociedad compleja, incompatible con estereotipos. En síntesis, para buscar el interés general, no el rédito a corto plazo en popularidad o en expectativas electorales.
En la segunda mitad del siglo XX tuvieron gran eco las ideas del Dr. Spock sobre el cuidado de los hijos. Para muchos fue el “padre de la permisividad”. Sus adversarios criticaron duramente la teoría de la gratificación instantánea y le reprocharon los males causados a la sociedad por la deformación de las nuevas generaciones. Murió con 95 años en 1998. Cuatro años antes se defendería en su libro Reconstruyendo los valores familiares americanos: un mundo mejor para los niños: “Y aunque he negado las acusaciones durante veinticinco años, una de las primeras preguntas que me hacen los periodistas en las entrevistas es: Doctor Spock, ¿todavía sigue siendo permisivo? No se puede lidiar con una falsa acusación”.
Sabemos hoy que el permisivismo –con independencia de su genealogía- causa más problemas psíquicos que el autoritarismo: dos extremos vitandos. Y algo semejante sucede en la sociedad ante la primacía del cortoplacismo, una especie de gratificación instantánea colectiva que refleja el viejo dicho “pan para hoy, hambre para mañana”.
Sébastien Lecornu se ha librado por los pelos de las dos mociones de censura presentadas por los bloques capitaneados a izquierda por Jean-Luc Mélenchon y a derecha por Marine Le Pen, gracias a que la mayor parte de los diputados socialistas han votado con los partidos de centro. Hasta anteayer los tres bloques parecían irreductibles, impenetrables, fruto quizá del orgullo postmoderno del todo vale, tan proclive a la intolerancia irracional hacia quien se atreve a llevar la contraria.
Acusan al PS de electoralista, como si tratara de salir del socavón ante una posible nueva disolución de la Asamblea Nacional. Prefiero pensar que es recuperación de una visión de Estado más conforme con su identidad que, en consecuencia, podría ser también más rentable en próximos comicios. Aunque su gran logro, la suspensión de la reforma de las pensiones, apunta en otro sentido.
Porque una de las causas de la crisis política es el deterioro económico y social del país, que se ha reflejado también en las periódicas movidas populares. Se quiere salir del atolladero –ante todo, quizá, del insostenible déficit público-, pero sin pagar el precio. Y no parece que baste con reformar la fiscalidad de la riqueza –en línea con los principios de la debatida tasa Zucman-, si no crece la actividad económica y se logra reorientar el gasto, sobre todo, en prestaciones sociales y en defensa.
Con las propuestas esbozadas por el primer ministro, el déficit estaría en torno al 5% del PIB, un objetivo menos ambicioso que el del dimitido François Bayrou, y lejos de las exigencias de la estabilidad europea (3%, frente al casi 6% actual). La deuda pública se situaría en torno al 118%, muy por encima del 60% de referencia comunitaria.
Las espadas siguen en alto, en un contexto mundial cuajado de incertidumbres, también por las dudas medioambientales y los embates a la globalización. Los líderes políticos deberían levantar la mirada y superar el cortoplacismo –la lucha permanente por alcanzar o conservar el poder-, que se está convirtiendo en otro virus letal para los sistemas democráticos.