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Alargar el verano todo el año

Se acaba el verano y con él aparecen las crisis posvacacionales. ¿Y si convirtiéramos el ocio bien entendido en el centro de nuestra existencia?

“Si aseguráramos algunos momentos de interioridad y reflexión durante el curso, regresar de las vacaciones tal vez no fuera algo tan aborrecible”.
photo_camera “Si aseguráramos algunos momentos de interioridad y reflexión durante el curso, regresar de las vacaciones tal vez no fuera algo tan aborrecible”.

A veces olvidamos que el primer pecado fue la soberbia. Pero con mucha más frecuencia pasamos por alto ese otro veneno que enturbia la mirada: la envidia. Tampoco somos conscientes de que el rostro es una ventana, un espejo, en el que se proyecta nuestro estado de ánimo, el cansancio, las ilusiones e incluso el hastío.

En mi vecindario, por ejemplo, los últimos días de agosto han sido un trasiego de maletas y ascensores ocupados. De ojos entristecidos por el fin del verano. Pero esas almas en pena que llegaban se cruzaban en el portal con sonrisas iluminadas que echaban el cerrojo para comenzar unas vacaciones algo tardías. De hecho, se abría un sendero de resentimiento entre quienes regresaban arrastrando los pies, con la vista puesta en el cadalso del otoño, y aquellos otros que migraban, ligeros como gaviotas, buscando la luz blanca de la playa.

Otras personas ni tan siquiera han tenido la posibilidad de tomarse unos días, agobiados por las responsabilidades. O apremiados por deudas. Teniendo en cuenta la seriedad con que nos tomamos el trabajo y que, por lo que auguran los expertos, no falta mucho para que la borrasca de la crisis se cierna de nuevo sobre nuestra economía, puede resultar chocante -por no decir hiriente- conocer lo que algunos autores, como Byung-Chul Han, recuerdan, esto es, que no somos solo animales meramente productivos, sino una especie llamada a crear y a vivir en la plenitud de la dicha. O lo que es lo mismo, en vacaciones perpetuas.

En lugar de contemplar el verano como una interrupción extraña o desaforada de nuestra cotidianidad laboral, es mejor comprender esta última como un paréntesis momentáneo en nuestras vacaciones

¿Por qué no alargar, pues, el estío? Hacer esa elección no requiere cambios drásticos. No, no sugiero dar un portazo en el trabajo, ni despedirse del jefe con un “hasta nunca”. Lo necesario es un cambio de mentalidad. De este modo, en lugar de contemplar el verano como una interrupción extraña o desaforada de nuestra cotidianidad laboral, es mejor comprender esta última como un paréntesis momentáneo en nuestras vacaciones permanentes.

La industria del entretenimiento nos ha deparado grandes ventajas y ha hecho posible, entre otras cosas, que bienes culturales, que antes solo un estrato de privilegiados podía disfrutar, llegaran al gran público. Cualquiera hoy puede leer un clásico en una edición barata o repasar toda la filmografía de Kurosawa por unos cuantos euros. Pero también ha tenido un efecto menos benéfico, porque ha transformado nuestra concepción acerca del ocio y, por tanto, del verano. Pensamos, así, que la mejor actitud que refleja el descanso es tirarse de plancha sobre el sofá del salón o ver en bucle obsesivo series y videos online. 

Pero el ocio, como recuerda el filósofo alemán Josef Pieper, es una cosa muy seria. Mucho más seria e importante que el trabajo. Vivir ociosamente no significa pacer por el campo de la frivolidad más insustancial, sino recrearse en nuestra humanidad, aventurando el horizonte de la superabundancia a la que nos sentimos llamados. Desde esta óptica, decidirse por la ociosidad, cumplir con nuestra vocación, no es una preferencia, ni el ocio, como solemos decir, una desconexión para “recargar las pilas”. Mucho menos debe entenderse como tiempo perdido, como hacen algunos, que, para no desaprovechar las horas, cursan másteres o diplomas como posesos para subir un peldaño más en el escalafón

No somos solo animales meramente productivos, sino una especie llamada a crear y a vivir en la plenitud de la dicha

Si comprendiéramos todo esto podríamos superar esa antropología que concibe al hombre como un animal de carga. No perderíamos de vista que en realidad el ocio constituye una obligación existencial. No se trata, pues, de robar tiempo al trabajo o de descansar para ser mañana más productivos, sino de cuidar el jardín de nuestra interioridad, fomentando la búsqueda de esos bienes en sí que nos humanizan. O sea, tiempo para la cultura. Y en esto, como en todo lo importante, la clave, más que la cantidad, es la calidad.

 

Sertillanges, un dominico francés de principios del siglo XX escribió en La vida intelectual que todo hombre debería reservarse un período de tiempo cada día para cultivarse porque la libertad interior depende de nuestra capacidad para proteger ese tiempo con valentía y determinación. Explicaba, además, que la vida de estudio, la cultura, no era patrimonio exclusivo de los intelectuales, los universitarios, los sublimes, sino una necesidad que había de satisfacer todo hombre con la perentoriedad con la que come cuando aprieta el hambre.

Si aseguráramos esos momentos de interioridad y reflexión, de estudio y cuidado, a lo largo de nuestras jornadas, regresar de las vacaciones tal vez no fuera algo tan aborrecible, porque viviríamos en un verano eterno e inacabable.

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