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Complejo de Zelig o la decisión de no ser uno mismo

Como el protagonista de la película de Woody Allen, la inseguridad y el afán de reconocimiento pueden erosionar nuestra identidad personal

"No hace falta profundizar mucho en la psicología para saber que somos animales de costumbres y miméticos".
photo_camera "No hace falta profundizar mucho en la psicología para saber que somos animales de costumbres y miméticos".

No hace falta profundizar mucho en la psicología para saber que somos animales de costumbres y miméticos. Nos desarrollamos imitando a quienes nos rodean. Es fácil descubrirlo en la infancia, por ejemplo, jugando a cambiar el rictus o hacer muecas indescriptibles y confirmando que quien nos mira, de forma inconsciente, repite nuestro mismo ademán.

Hay quien dice que los niños rompen a hablar al observar cómo lo hacen sus mayores. Y se suele comentar que las noticias sobre suicidios funcionan como un resorte para quien está pensando quitarse la vida. No es de extrañar que sobre la imitación se hayan construido sistemas y filosofías.

“La economía del consumo, la publicidad y la cultura actual se asientan sobre el anhelo mimético, que no es más que una forma, algo más educada, de llamar a la envidia”

René Girard, un pensador francés que falleció hace algunos años, elaboró toda una teoría antropológica sobre el deseo mimético, precisamente. A su juicio, nuestros gustos están mediados por los deseos del prójimo y hay que añadir, para ser francos, que no alcanzó esta conclusión elucubrando sobre abstracciones, sino estudiando las famosas novelas de adulterio decimonónicas. Tanto la vida como los mitos fundacionales de civilizaciones pretéritas le confirmaron lo que había aprendido con Flaubert y Tolstoi.

Se podría pensar que Girard no descubrió nada nuevo, puesto que la economía del consumo, la publicidad y la cultura actual se asientan sobre el anhelo mimético, que no es más que una forma, algo más educada, de llamar a la envidia. Girard pensó más allá y se preguntó por qué optamos por la paz, en lugar de decidirnos por la guerra perpetua, pues buscamos saciarnos con los mismos objetos. Que la envidia nos corroe es algo que aparece en los albores de nuestra historia, cuando Caín atacó a Abel con una quijada.

Pero, como decimos, no hace falta irse tan lejos. Podemos sentir un impulso irresistible y vernos arrastrados a comprar lo que nuestra influencer preferida muestra en una imagen o el último gadget que anuncia la prensa. Vagando por un universo posmoderno, lleno de lujos prescindibles, se extiende lo que algún experto ha llamado consumo conspicuo, resultado de ese deseo de tener lo que otros tienen, pensando que ese es el camino más rápido para parecernos más a ellos y alcanzar su estatus, a pesar de que algo nos dice que lo que nos revela la pantalla es falso.

Hay quien en lugar de reproducir decisiones de consumo o la forma de vestir, adopta la personalidad de otra persona, lo cual puede ser enfermizo. Está claro que todo depende mucho del modelo, como es evidente. De hecho, la emulación no tiene por qué ser mala, puesto que la ilusión de mejorar y aspirar a ser como esos personajes a los que admiramos es uno de los motores de la transformación personal, como demuestra esa costumbre tan antigua que es leer vidas de santos.

“Lo más trágico es obviar esa lenta desaparición de una de las dimensiones de la libertad más importantes que es la decisión de ser uno mismo”

El problema, como siempre ocurre, está en el exceso de “sociabilidad” y la desmesura de inputs de otros que hoy recibimos. Desde primera hora de la mañana hasta última de la noche -y hay veces que entre una y otra transcurre muy poco tiempo-, estamos conectados a las redes, de modo que los otros median demasiado nuestra percepción de la realidad. Cada vez es más difícil acceder a la información desnuda, pues nos viene interpretada e incluso envuelta en la polémica, de manera que, junto con los datos, interiorizamos los sesgos de quien nos la transmite.

 

A esa situación hay que añadir dos fenómenos que terminan dilapidando la pluralidad del mundo. El primero de ellos tiene naturaleza epistemológica, puesto que, a pesar del relativismo, encontramos convicciones homogéneas y menos libertad de pensamiento. De ahí esos mantras y dogmas que conforman la corrección política. El segundo es de índole psicológica y está relacionado con el sentimiento de inseguridad personal y el ansia de reconocimiento.

Woody Allen ha reflejado muy bien este último hecho en una película memorable, Zelig, cuyo protagonista se adapta, como un camaleón, al entorno, mudando de personalidad hasta límites insospechados e irrisorios. La comedia refleja la pérdida de la individualidad y, aunque no hay que pasar por alto los traumas infantiles de Leonard Zelig, hijo de una familia judía donde la violencia era el pan cotidiano, su complejo de inferioridad es algo que aprovecha la cultura actual de un modo muy rentable.

Con todo, lo más trágico es obviar esa lenta desaparición de una de las dimensiones de la libertad más importantes que es la decisión de ser uno mismo. Siempre me lo dice mi amigo Rafael, defensor de un sano individualismo, y de él he aprendido que no hay que dejarse llevar por el ambiente, ni siquiera a la hora de llenar la cesta de la compra.

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