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¿Es la transgresión la finalidad del arte?

Si se mide el arte por su capacidad provocativa, en la sociedad actual, tan transgresora, su función será cada vez más insignificante

“El artista ha de preocuparse de su arte, mimar su obra como un hijo querido, afilar su técnica, pero errará si asume la voluntad de un ingeniero social”.
photo_camera “El artista ha de preocuparse de su arte, mimar su obra como un hijo querido, afilar su técnica, pero errará si asume la voluntad de un ingeniero social”.

Todo arte innovador está condenado a convertirse, tarde o temprano, en su propia némesis e, inexorablemente, pasará a formar parte de una tradición y -en el peor de los casos- de una tradición caduca. Se tiende a pensar que la vocación del artista nace acompañada de un espíritu transgresor, aunque, si atendemos a la biografía de los más grandes de la historia, estaban más preocupados por perfeccionar su obra que por romper tabúes. Por ello, precisamente hicieron añicos todo lo que les había precedido.

El postureo cotiza tanto en nuestros días que corremos el peligro de convertirlo en una norma exegética. Así suponemos que los grandes genios que jalonan el camino atribulado de la cultura se movían por el mismo anhelo de sobresalir, de destacarse, frente al resto de sus coetáneos que guía a quienes hoy son tan audaces como para bailar al son de un ritmo decadente en una catedral o vender sus heces en un bote de metal.

El artista, el auténtico, no tiene mucho tiempo para ensayar estrategias y ofender con sus bufonadas. Lo suyo es crear, seguir con su pincel, desbrozar su prosa, estudiar una secuencia, idear tirabuzones en el aire. Cuando acaba, puede que su creación hiera al gran público, pero eso ya no pertenece a su cometido.

El arte se diferencia de los ámbitos más prosaicos de la vida, inaugurando para el hombre un mundo de emociones y de sentido diferente y superior a la cotidianidad vulgar, a la tosquedad que nos rodea

Lo peor de comprender mal la función del arte es que transforma en artista a cualquier individuo que provoca altercados públicos, pero muy pocos en su sano juicio catalogarían de arte las pataletas infantiles, que es lo más semejante a esas expresiones de escándalo y mal gusto que atestan algunos museos vanguardistas, los escenarios de nuestros teatros o las pantallas.

En un libro reciente, Jed Perl, un reputado crítico de arte norteamericano, combate esa idea pragmática que infecta al mercado cultural contemporáneo, según la cual una obra es relevante en la medida en que está acorde con una determinada sensibilidad social o política. En Authority and Freedom. A Defense of the Arts, Perl se suma a todos los que pensamos en que es equivocado emplear la pintura o la literatura para cambiar el mundo. Y creo que la historia nos da la razón: para nuestra fortuna, las utopías artísticas han tenido poca trascendencia práctica, mucho menos, en cualquier caso, que la que deseaban.

A partir del siglo XIX, al abrigo de romanticismo, es cuando empieza a difundirse la idea de genio y comienza a considerarse al artista como un titán que vagabundea en busca de la inspiración mística. Esa imagen sería incomprensible para alguien poco sospechoso de frivolidad religiosa como Bach, que era lo más parecido a un oficinista y cumplía con sus obligaciones fielmente como organista en Arnstad, cerca de Weimar.

Según Perl, cuando el creador deja de lado la lógica de su arte y busca eso de “épater les bourgeois” puede que termine primando su yo y postergando algo tan serio y trascendente como es “engendrar en la belleza”. Si ni siquiera el arte escapa a la tiranía de la utilidad -sea este del tipo que sea, económica, social o política-, ¿qué espacio queda al hombre para respirar en libertad?

Precisamente, explica el crítico americano, el arte se diferencia de los ámbitos más prosaicos de la vida, inaugurando para el hombre un mundo de emociones y de sentido diferente y superior a la cotidianidad vulgar, a la tosquedad que nos rodea.

 

Hay otro aspecto en el que el libro de Perl es desmitificador y se trata del ya mencionado tópico acerca de la transgresión imprevista que hace posible el genio. La libertad artística más fecunda es aquella que encuentra resquicios en los patrones de una tradición. Por eso, según explica el compositor John Adams en un comentario al libro de Perl, “el arte que perdura, que trasciende el tiempo y el espacio en que ha sido creado, es el resultado de la alquimia entre el dominio técnico, el conocimiento de la tradición y la voluntad de romper con la misma”.

La libertad artística más fecunda es aquella que encuentra resquicios en los patrones de una tradición

El artista ha de preocuparse de su arte, mimar su obra como un hijo querido, afilar su técnica, pero errará si asume la voluntad de un ingeniero social. La repercusión de su trabajo dependerá más de la cualidad de sus creaciones que de su papel como vocero de una ideología. Puede que esto último le lleve a ser portada en la prensa, pero ya sabemos que el papel del periódico en dos o tres días solo sirve para envolver pescado. 

Por otro lado, si, en lugar del corto plazo, optamos por el largo, puede que nos demos cuenta de lo que indica el escritor Sam Kahn en un artículo para 3:AM Magazine: la insistencia en la transgresión condena en nuestros días al arte a una absoluta insignificancia. Porque a fuerza de revoluciones culturales y sociales, la sociedad se ha hecho tan transgresora que el arte vanguardista ha perdido su aguijón provocativo. Quizá al final todo esto no venga sino a confirmar que lo más moderno es lo clásico y que no hay nadie tan progresista -fíjense ustedes- que un conservador.

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