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Meritocracia y resentimiento

La meritocracia puede a veces generar resentimiento social, pero supuso un avance frente a la desigualdad

“La meritocracia, que es inseparable del individualismo, fue el pertrecho para derribar la desigualdad y las distinciones heredadas”.
photo_camera “La meritocracia, que es inseparable del individualismo, fue el pertrecho para derribar la desigualdad y las distinciones heredadas”.

Al menos desde Nietzsche sabemos los efectos sociales que tiene el resentimiento, que corroe la convivencia pacífica con la meticulosidad de la carcoma. Y no se puede decir que el futuro que nos espera sea halagüeño: al menos si tenemos en cuenta la crisis económica de 2008, el igualitarismo radical se ha adueñado del discurso político y cultural, amenazando con hacernos a todos indistinguibles. Con la inteligencia y la precisión que le caracteriza, Byung-Chul Han habla en varias obras de ese “infierno de lo igual” al que parecemos abocados y que convertiría nuestros encuentros en un cargante tostón.

El último en abordar los problemas de la meritocracia ha sido Michael Sandel en un ensayo en el que proponía recuperar el bien común. Hablaba allí de la tiranía del mérito y sostenía que el incendio de las hecatombes populistas empieza a prender, precisamente, cuando las diferencias entre quienes ganan y quienes pierden se agigantan, hasta hacerse irrecuperables. La desazón hace que el que tiene mala suerte atribuya su fracaso a quien cosecha éxitos.

Antes de que este filósofo influencer de Harvard insinuara que las raíces de la meritocracia inicua son de índole religiosa, un sabio alemán, Max Weber, nos aleccionó acerca del origen protestante del capitalismo. Sin entrar en la polémica, ni sugerir que hay un capitalismo bueno y otro malo, lo que nos interesa es subrayar que Weber se dio cuenta de que la ética calvinista, que reserva el paraíso para quienes cosechan la gloria terrena, viene como anillo al dedo a al american way of life y a esa premisa tácita que debían leer los emigrantes famélicos en el pie de la Estatua de la Libertad: “Aquí puedes ser lo que quieras, si te esfuerzas”.

Puestos a buscar culpables de ese acerbo resquemor que hiere el alma de quien sufre un rosario de frustraciones, haríamos bien en ampliar el radio de los responsables. Por ejemplo, la psicología del éxito ha sido muy dañina. O los miles y miles volúmenes de autoayuda que nos exhortan a realizar nuestros sueños, sin aleccionarnos a elegir los nuestros y que no nos revelan que proceder a cumplirlos depende tanto de nuestra perseverancia -nuestro empeño o terquedad-, como del entorno y de las circunstancias; o lo que es lo mismo, del piélago de posibilidades que se nos abren, por suerte, o que, desgraciadamente, se nos cierran para siempre.

Pero podríamos plantear la cuestión de la meritocracia desde otro punto de vista, es decir, no aludiendo a su procedencia, ni a sus secuelas, sino desde la óptica de las alternativas. Esta aproximación nos serviría para matizar nuestra valoración, de la misma manera que sucede con la democracia liberal, tan criticada, pero tan incuestionable cuando se contrasta con sus alternativas.

Este es el camino que toma en un reciente ensayo, todavía no publicado en España, de Adrian Wooldridge, antiguo editor del prestigioso semanario The Economist. En lugar de echar pestes, explica y demuestra que el motor del mundo moderno fue el mérito y que, sin primarlo frente a otros factores, no se habrían producidos ni los avances ni los cambios que han modelado la forma de vida occidental.

“Sin primar el mérito personal no se habrían producidos ni los avances ni los cambios que han modelado la forma de vida occidental”

De hecho, en retrospectiva, la meritocracia, que es inseparable del individualismo, fue el pertrecho para derribar la desigualdad y las distinciones heredadas, por lo que de algún modo podríamos decir que contribuyó al igualitarismo. Wooldridge, que recuerda que “meritocracia” es un término acuñado por el sociólogo británico Michael Young en 1958, cuestiona que no haber alcanzado el ideal que refleja sea una excusa para abandonar el mérito, en lugar de constituir un acicate para lograrlo.

“La meritocracia, que es inseparable del individualismo, ha sido un pertrecho para derribar la desigualdad y las distinciones heredadas, por lo que de algún modo podríamos decir que contribuyó al igualitarismo”

Quizá debamos reflexionar más en profundidad y combinar la búsqueda de la excelencia personal y un sentimiento más humano de las diferencias. El resentimiento es una cara de la envidia y esta encizaña la convivencia cuando el imaginario colectivo tiende al perfeccionismo. Acabaremos con el rencor cuando nos demos cuenta de que todos contribuimos a la armonía colectiva y que hay muchas formas de éxito y de derrota. Al fin y al cabo, tanto el triunfo como el fracaso son términos muy relativos.

 
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