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Preferiría no hacerlo: manual para los rebeldes de hoy

La influencia del entorno social es tan grande en el individuo contemporáneo que es necesario resistir para proteger los reductos de libertad que nos quedan

"Cada vez valoro más a los que apuestan por una existencia libre e independiente, ajena a las modas y al ruido de las mayorías que atestan el espacio público"
photo_camera "Cada vez valoro más a los que apuestan por una existencia libre e independiente, ajena a las modas y al ruido de las mayorías que atestan el espacio público"

Desde tiempos inmemoriales sabemos lo que la sociedad depara a quienes se mantienen imperturbables frente a su influencia. Sócrates fue de una valentía extrema y no se arredró a la hora de sacar los colores a los que monopolizaban la opinión pública de esa Atenas tan idealizada como desconocida. Lo hizo a pesar del anatema, del vituperio, del escarnio, manteniendo su dignidad hasta el punto de trasegar cicuta con la chulería del que acude a su cita con el aperitivo. Sin que le temblara el pulso.

Aunque no hay que restar mérito a su inmolación filosófica, es necesario recordar que le inspiraba siempre una vocecita interior, indicándole el camino que debía tomar para llegar a buen puerto. Probablemente hoy esos demonios que nos hablan en la conciencia sigan vivos en cada uno de nosotros, pero habiten en un lugar tan recóndito del alma que su palabra nos llega como un susurro tímido, tenue, tan ingrávidamente que apenas reparamos en lo que dicen.

"Cada vez valoro más a los que apuestan por una existencia libre e independiente, ajena a las modas y al ruido de las mayorías que atestan el espacio público"

La historia está jalonada de mártires, de envenenamientos, de patíbulos e innumerables ajustes de cuentas. De héroes que pierden la honra, la hacienda y la vida frente al tirano. De campeones de la libertad que miran fijamente al verdugo mientras este les ciñe una soga mugrienta de sangre.

Algo ha cambiado la situación y, ciertamente, los disidentes de hoy no tienen que subirse al cadalso, sino afrontar otra condena: la de ser desterrados o difamados, avergonzados por la excentricidad que muestran al evadirse del rebaño o por el escándalo de resistir a la presión social.

Algunos pensadores han explicado que la diferencia entre nuestra forma de vida y la antigua se refleja incluso en la elección del género literario. Ya no es posible comprendernos como personajes de esa categoría tan noble y elevada que es la tragedia y no solo porque se ha desvanecido el paganismo y la función catártica del arte. Falta, sobre todo, sustancia espiritual porque no rige en nosotros esa convicción tan sublime que compartían, por igual, los ídolos de las epopeyas y los santos: que lo importante no es vivir a cualquier precio, sino sin renunciar a la dignidad, ni a la virtud, ni a los principios.

Melville, Karl Kraus o Kafka son algunos de los escritores que mejor han sabido revelar la entraña hiriente de nuestra edad, descubriendo en el absurdo la forma estética más adecuada para expresar el muro anodino, gris y paradójico que ensombrece aún más nuestra monotonía. A algunos de ellos les tocó vivir tiempos especialmente lóbregos y criminales, pero, a pesar de que algo ha cambiado, uno descubre que, desafortunadamente, la necedad no se ha mitigado de modo significativo.

El mayor peligro es la inercia que dirige a quien se resguarda en la masa, como indicó Ortega. Hay estudios que explican la eficacia del llamado “sesgo del arrastre” y cómo la mirada de los demás configura nuestra forma de ver el mundo y pensar. Por esta razón, cada vez valoro más a los que, frente a la influencia del entorno, apuestan por una existencia libre e independiente, ajena a las modas y al ruido de las mayorías que atestan el espacio público.  

“Melville escribió una especie de tragicomedia sobre el destino de un individuo que encarna la resistencia, tal vez la única posible, frente a nuestra fatiga burocrática y monótona”

 

Precisamente, Melville escribió una especie de tragicomedia sobre el destino de un individuo que, entre otros sentidos, encarna la resistencia, tal vez la única posible, frente a nuestra fatiga burocrática y monótona. Bartleby es un copista que trabaja en un despacho de abogados, pero que pasa horas y horas embobado, mirando impávido la pared de ladrillo que le imposibilita ver el sol. Es un oficinista apegado a una mesa tras un biombo, sin ambición, ni aspiraciones, ni amigos. Sin origen.

El cuento de Melville ha recibido muchas interpretaciones y, precisamente al ser una narración abierta, enigmática, que deja multitud de incógnitas, se ha convertido en un clásico, en una obra tan imprescindible como inagotable, capaz de aguantar lecturas sucesivas y recurrentes. Para mí el estribillo con que el que contesta el protagonista siempre que se le sugiere un nuevo cometido –“preferiría no hacerlo”- constituye un símbolo de la resistencia más o menos silenciosa que protagonizan los individuos que hoy defienden los últimos reductos de su libertad.

El revolucionario hoy no es el que busca transformar la realidad social, adaptándola a sus preconcepciones, ni el influencer; tampoco el individuo que adopta un punto de vista u otro a tenor de las sensibilidades sociales, ni el que posa para conseguir más seguidores en Instagram. El auténtico revolucionario es el que no renuncia a defender sus convicciones, ni cesa de cultivar sus aficiones, por trasnochadas o heteróclitas que la mayoría las considere. Revolucionario es, también, el que no desea triunfar por encima de todo, sino que evita pisar a los demás y cumplir con rectitud su trabajo.

El final de Bartleby no es el más halagüeño ciertamente, pero creo que haríamos bien en prestar más atención a esas figuras que pasan a nuestro lado, descubriendo en ellas la otra cara de la luna, es decir, otras dimensiones de lo humano que el tumulto social nos oscurecen.

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