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El cambio climático “se congela” en la Antártida

Los glaciares antárticos que estudian los topógrafos españoles en Isla Livingston llevan nueve años sin perder masa. Es más, algunos han ganado. La tendencia a decrecer constatada entre 1957 y 2007 se ha parado en los últimos años

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Tópicos falsos desde el polo sur: “La Antártida no sufre las consecuencias del cambio climático de la forma en la que ocurre en el Ártico”.

Nos lo cuenta en directo entre hielos Ricardo Rodríguez Cielos, profesor de la Universidad Politécnica de Madrid y miembro del Grupo de Simulación Numérica en Ciencias e Ingeniería. A pie de Antártida, con su compañero topógrafo Manuel Guerrero y su láser-escáner, y otros 35 españoles más, entre científicos y técnicos, estudia, entre otras cosas, las consecuencias del cambio climático en las masas glaciares de la isla de Livingston.

Los estudios topográficos de Rodríguez Cielos avalan algo que lleva analizando durante los once años que ha venido hasta aquí para medir estos hielos gigantes: “La pérdida global de masa de estos glaciares se ha estabilizado. Por ejemplo, el glaciar Johnsons retrocedió 100 metros entre 1990 y 2007. Sin embargo, entre 2007 y 2010 permaneció estable, e incluso avanzó 30 metros desde 2010 a 2013”. Añade otro dato cuantitativo gráfico: “El lóbulo de Sally Rock del glaciar Hurd, que es el que más ha sufrido las consecuencias el cambio climático, retrocedió 250 metros entre 1957 y 2009. Desde entonces hasta 2013 permaneció inalterable. Los datos de 2013 a 2019 se están procesando todavía, aunque todo hace indicar esta tendencia a la estabilidad”.

Los científicos españoles estudian los glaciares situados en el archipiélago de las Shetland del Sur, en la periferia de la Península Antártica, “una de las regiones del planeta que han experimentado un mayor calentamiento durante la segunda mitad del siglo XX: hasta 2,5ºC en 50 años”. El grupo de la Politécnica de Madrid destaca que “desde el inicio del siglo actual se ha producido un enfriamiento regional de entre 0,5 y 1ºC en quince años, y que parece estar llegando a su término. Este enfriamiento regional ha supuesto que glaciares como Johnsons y Hurd -y los glaciares de Isla Livingston en general-, que hasta mediados de la pasada década perdían bastante masa, hayan pasado a estabilizarse e incluso a tener ligeros aumentos de masa. Esta situación se ha mantenido hasta 2015-2016”.

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Once años palpando el hielo

Base Juan Carlos I. Península Hurd en la isla Livingston, en el archipiélago de las Shetland del Sur. Suena a Julio Verne, pero esta ciencia no es ficción. A 40 metros de la costa, con sus 12 metros de altura y una superficie de 346 m². El ministro de Ciencia, Innovación e Investigaciones, Pedro Duque, inauguró el pasado 2 de febrero las nuevas instalaciones poniendo de realce la sintonía entre los tres apellidos de su ministerio, aunque Rodríguez Cielos me apunta que “la mayoría de los países presentes en la Antártida invierten más dinero que nosotros en proyectos”.

El 11 de enero de 1988 España plantó allí una bandera científica cuajada de proyectos y de inversión dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). La segunda base antártica española es la Gabriel de Castilla, gestionada por el Ejército de Tierra, en marcha de noviembre a marzo desde 1989.

Rodríguez Cielos lleva diez días entre midiendo la temperatura de la superficie glaciar, la velocidad del movimiento, la profundidad de sus lechos. Desde 2008 ha venido todas las campañas, menos una. Se estrenó a los 39 años, mientras estudiaba el doctorado. Un grupo de investigación buscaba candidatos con ganas de coger el petate, y desde entonces. Sus estancias son de entre uno y dos meses. Doce o catorce horas se trabajo cada día, menos el domingo.

En “esta especie de Gran Hermano en miniatura con un equipo humano excelente” ha pasado una Nochebuena. Por estas plataformas con riesgo, se ha caído en grietas; ha vivido un conato de incendio en un barco, la avería de un motor en el Pasaje del Drake, el tramo de mar que separa América del Sur de la Antártida, y “el desgraciado accidente en el Hespérides del compañero Javier Montojo Salazar el año pasado”. Con él que llegó a compartir camarote. Al principio llegaba hasta estos hielos de Dios con “un maletón con cosas que después nunca utilizaba”. Este año, con “dos pares de zapatillas, calcetines, mudas, útiles de aseo personal, una linterna, un par de pantalones de deporte, unos vaqueros y un jersey” tiene el equipaje suficiente. 

Forma parte de un equipo de investigación made in Spain “que es una referencia a nivel mundial”. Cada año lideran varias publicaciones de alto impacto, como las que se recogen en la web del grupo. Sus indagaciones sobre glaciología ya han dado a luz ocho tesis doctorales.

Aislado, alejado del mundanal ruido, sin llaves, sin ladrones y en un rincón del mundo donde el dinero no sirve para nada. Pero nunca solo, “porque aquí la seguridad se cuida al máximo”. Entre GPS y georradares, Rodríguez Cielos, también secretario general del Colegio Oficial de Ingeniería Geomática y Topográfica de España, mide suelo, toma notas, calcula, registra y concluye: “Los cambios climáticos son cíclicos. La cuestión es hasta qué punto la mano del hombre influye en su velocidad. El empeño global por contar a la opinión pública que el cambio climático es una verdad constante, y punto, es evidente y en muchos casos, una declaración sin base científica”.

Efectivamente, si se busca en GoogleCambio climático Antártida” se encuentran aproximadamente 2.240.000 resultados. La gran mayoría son textos periodísticos de alerta que no están actualizados, al menos según los datos que bullen desde esta esquina antártica en la que trabajan los españoles. En concreto, los tres primeros tres titulares que aparecen son El hielo de la Antártida se derrite hasta seis veces más rápido que hace 40 años, un reportaje publicado en La Vanguardia el pasado 15 de enero; Cambio climático: la pérdida de hielo en la Antártida se dispara (Hipertextual, 13 de junio de 2018), y este artículo de opinión de Louisa Casson, responsable internacional de la Campaña por un Santuario Antártico de Greenpeace que publicó El Independiente en noviembre del año pasado.

¿Detrás de estos titulares hay desinformación, inercia u otros intereses? La pregunta se congela en el aire.

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¿Una fake new que se derrite?

El calentamiento de la Antártida era una realidad palpable para la glaciología hasta hace muy poco. Los datos científicos en torno a los glaciares Johnsons y Hurd, en la isla de Livingston, que son los dos que estudia con lupa España, se remontan a algunas fotografías hechas en 1957. Desde aquellas instantáneas hasta 1990, queda constancia en el acta de Rodríguez Cielos que “estos glaciares sufrieron un retroceso considerable, que también se produjo, pero con un carácter más acentuado, entre 1990 y el año 2000. Desde 2000 a 2010 siguieron retrocediendo, pero de manera más suave. A partir de 2010 los dos glaciares se han mantenido, e incluso, en algún caso, han aumentado”.

Francisco Navarro, investigador responsable de este grupo de investigación, sostiene, en la misma línea de Rodríguez Cielos, que “el enfriamiento detectado durante los primeros quince años del siglo en la región de la Península Antártica, sumando al aumento de precipitaciones debido a la intensificación en esta zona de los ciclones, que se desplazan de oeste a este alrededor de la Antártida, ha llevado a que el balance de masa reciente en la superficie de estos glaciares haya pasado a ser positivo durante este periodo”.

Es decir: después de épocas de decrecimiento, ahora son tiempos de superávit de masa en los glaciares. Entonces, ¿el calentamiento global se ha parado, al menos, en el polo sur? Lo que sabemos es que el calentamiento global no es un protagonista exclusivamente contemporáneo: ya en el Pleistoceno tardío, con temperaturas similares a las estimadas para este siglo, la capa de hielo de la Antártida Oriental se redujo y provocó aumentos del nivel del mar de hasta trece metros por encima del actual. Así, al menos, concluía un estudio internacional -liderado por científicos del Instituto de Ciencias de la Tierra del Imperial College London y en el que participaron investigadores del del CSIC-, que se publicó en septiembre de 2018 en Nature.

Quizás este reportaje de The Washington Post sobre el particular es el que mejore refleje la realidad sin filtros: la Península Antártica se enfría, pero eso no refuta las tesis del calentamiento global.

Preguntamos sin bufandas:

 -¿Podemos decir, entonces, que el calentamiento global se nota menos en la Antártida y que el cambio climático ha cambiado de nuevo?

-La Antártida tiene un comportamiento frente al cambio climático, diferente al Ártico. La Antártida es un continente, es decir, hay tierra debajo. Sin embargo, el Ártico es una banquisa de hielo, es decir, agua de mar congelada que con un espesor entre los 2 y 5 metros, cuya descongelación no produce el aumento del nivel del mar. En la Antártida, hay cordilleras que superan los 3.000 metros de altura y espesores de hielo que superan los 4 kilómetros de profundidad.

-Aunque ahora se haya frenado el calentamiento, es posible que sus efectos vuelvan. Seguir mirando con ojos científicos la Antártida será una responsabilidad, también española, para siempre.

-Por supuesto. Si la Antártida se llegara a “descongelar” sería un gran problema para la humanidad, y España sería responsable también.

-¿Hay presiones contra los investigadores que no comulgais con las teorías oficiales?

-En mi caso, nunca he recibido ninguna presión.

El último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, el nivel medio del océano aumenta a un ritmo de 3,2 milímetros por año entre 1993 y 2010. La pérdida de masa de los 200.000 glaciares de montaña y casquetes de hielo del planeta tienen el 48% de esa culpa. El 21% de esa crecida oceánica proviene de las pérdidas de los grandes mantos de hielo de la Antártida y Groenlandia, “una contribución menor, pese a que su volumen conjunto es 130 veces mayor que el de todos los glaciares. Esto se debe a que la reacción térmica y dinámica de los glaciares es mucho más rápida que la de los grandes mantos de hielo. Precisamente por ello los glaciares son más vulnerables a los cambios climáticos”, según las conclusiones del Grupo de Simulación Numérica en Ciencias e Ingeniería de la Universidad Politécnica de Madrid.

Los científicos españoles ven que “sus glaciares” ganan masa, aunque en el cómputo total, la Antártida la pierde y cada año sube el nivel del mar 0,5 milímetros. Esa es la cuestión.

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60 años del Tratado Antártico

Washington, 1 de diciembre de 1959. Doce países firman el Tratado Antártico, en vigor desde el 23 de junio de 1961: Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Estados Unidos, Francia, Japón, Noruega, Nueva Zelanda, el Reino Unido, Sudáfrica y la Unión Soviética de entonces. Este año se celebra el 60 cumpleaños de este acuerdo, que no ha sufrido modificaciones desde entonces.

El texto es breve. Un preámbulo y 14 artículos. Y supone un exponente interesante en el ámbito de las relaciones internacionales atendidas como puentes de entendimiento. Su cuerpo deja claro el “uso exclusivo de la Antártida para fines pacíficos”, la disponibilidad a ofrecer este enclave como un continente de la “libertad de investigación científica” donde se promueva el “compromiso de intercambio de información sobre los proyectos” que embellece la ciencia.

España se adhirió al tratado el 31 de marzo de 1982, durante los últimos coletazos del Gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo. Durante la segunda legislatura de Felipe González, el 21 de septiembre de 1988, España consiguió su estatus consultivo en todo lo relativo al acuerdo.

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