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José Apezarena
José Apezarena Editor de Confidencial Digital

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El mayor desafío para este país… con el peor Gobierno de la historia

Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, en el Consejo de Ministros del estado de alarma.
photo_camera Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, en el Consejo de Ministros del estado de alarma.

El desafío que plantea el coronavirus a este país no conoce precedentes en nuestra historia, ni siquiera con aquellas míticas y devastadoras epidemias de peste, porque la amenaza se cierne sobre la totalidad de la población, sin fronteras, masivamente, y en este momento no existen garantías de que vaya a finalizar a corto plazo.

Las cifras de contagios y de fallecimientos resultan estremecedoras: ochenta mil casos confirmados, siete mil fallecidos (cada día mueren ochocientas personas). Y eso que se trata de datos minimizados, porque nadie contabiliza las decenas de miles de contagiados no identificados, que se han quedado en sus casas porque no pueden atenderles en los hospitales, ni otras muertes que no se atribuyen al virus pero que tienen ahí la causa última.

Y no hemos llegado todavía al punto máximo. Nos esperan semanas de confinamiento de toda la población, mientras nadie descarta que, tras una aparente tregua, después del verano no vuelva a reaparecer la enfermedad.

Tenemos a la población española encerrada en sus casas, atemorizada porque no sabe si en cualquier momento puede alcanzarle a él la pandemia, o a sus familiares, y porque asiste a dos increíbles dramas: que se está excluyendo de ingresar en la UCI (con lo que en la práctica se les condena a muerte) a personas que presentan determinada edad o sufren otra enfermedad (es algo que se viene ocultando); y a que mueran en soledad padres y abuelos, de los que no pueden despedirse y casi ni asistir al entierro. Impresionante. Desolador.

Y tenemos la economía totalmente paralizada. De momento por un par de semanas, pero no se descarta que puedan ser más. Y con sectores productivos destrozados, desmontados, con la perspectiva del cierre de miles de empresas y el despido de cientos de miles de trabajadores. Y con miles de autónomos en la ruina.

Es, como digo, el más grave desafío que ha sufrido este país.

Y el problema es que se ha producido con el peor Gobierno de la historia.

No me refiero, aunque podría hacerlo, a la proverbial incapacidad y torpeza que viene demostrando el actual equipo, a los errores, meteduras de pata, imprevisiones y chapuzas, tantas que avergüenzan.

Tampoco me voy a centrar en las cualidades personales, en las capacidades, en el currículum o la experiencia profesional de sus integrantes, entre los que prácticamente ninguno ha trabajado nunca en una empresa o entidad de cierto nivel.

Me refiero a que orgánicamente, organizativamente, tenemos el Gobierno menos preparado para hacer frente a este reto formidable. Y eso, independientemente de quiénes puedan componerlo en cada momento.

Ocurre que el Gobierno de España ya no sabe está capacitado para gobernar un país entero. Lo hemos troceado todo en compartimentos estancos, lo hemos vaciado de competencias para otorgarlas a las comunidades autónomas, sin que a nivel central existan órganos, estructuras o equipos conocedores y capacitados para una gestión global. Ni saben, ni lo han hecho nunca.

Ni siquiera la seguridad es una atribución general, porque se encuentra transferida. Solamente la defensa es nacional de verdad. Y eso hasta cierto punto, por los remilgos del actual presidente para no incomodar lo más mínimo a sus socios independentistas, catalanes y vascos, a los que debe el sillón que ocupa en La Moncloa. Por eso no hay equipos militares patrullando por las calles de esas dos comunidades.

Por si fuera poco, se ha cometido un error elemental: conceder al ministerio de Sanidad la gestión global. Se trata de un departamento especialmente incompetente, por lo mismo que se encuentra “vaciado”. Es el que menos competencias nacionales tiene. Por eso, sus equipos desconocen cómo desarrollar una estrategia nacional con eficacia. No lo han hecho nunca, ni estaba pensado que lo hicieran.

Por si faltara algo, con un ministro novato y con un equipo novato.

A pesar de los inconvenientes de imagen (el problema es que la imagen es una de las prioridades del equipo de Moncloa), casi habría sido más adecuado adjudicarlo al ministerio del Interior, que cuenta con efectivos en casi todo el territorio y que toma a diario decisiones de alcance global. Ahí están, por ejemplo, los delegados del Gobierno por todo el territorio.

O sea, que el Estado autonómico, que tantas ventajas ofrece, se ha convertido en un problema para casos como la alerta nacional desatada con motivo del coronavirus, debido a que la Administración carece de resortes y estructuras para afrontarlos.

Al mismo tiempo, y como paradoja, la descentralización se ha convertido, en algunos casos, en el remedio para tapar y solucionar las incapacidades e incompetencias del Gobierno, taponando huecos, resolviendo desafíos inmediatos, a pesar de la sensación de caos y de desorden que ha ido provocando. Se ha hecho, por ejemplo en Madrid, capital y comunidad.

Es que las autonomías sí saben de Sanidad, puesto que ejercen esas competencias a diario. Conocen las peculiaridades, necesidades, dotaciones y lagunas de cada territorio, y son capaces de movilizar con mayor eficacia que el ministerio.

Cierto que algunas comunidades han ido por libre en determinadas iniciativas, pero eso, en casi todos los casos ha sido mejor que su contrario.

Lo dicho. Hemos tenido muy mala suerte. El devastador ataque del coronavirus nos ha cogido en mala situación. Con el peor Gobierno de la historia.

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