Opinión

Sobre lo que nos permite funcionar sin Gobierno

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En un programa televisivo de fin de año, Julio Iglesias deseó a los españoles unión, felicidad y un buen derecho administrativo. Aunque dijera esto último con coña marinera o por puro esnobismo, acertó plenamente, porque esa singular rama del saber jurídico es, en efecto, la indispensable base de los sistemas políticos donde tiene la fortuna de asentarse, un poderoso lubricante que engrasa sus complejas maquinarias.

En el caso español, nuestro derecho administrativo no solo ha servido para apuntalar las paredes maestras del Estado, sino que sus soluciones han cruzado el charco y son visibles desde hace décadas en los ordenamientos iberoamericanos. Como un nuevo latín de la comunidad hispánica, las principales figuras del derecho administrativo aquí concebido han contribuido a la consolidación institucional de las repúblicas de ultramar donde se ha implementado.

Todo esto sería impensable sin el concurso de una generación de juristas verdaderamente prodigiosa. La nómina de memorables administrativistas que lideraron ese florecimiento en la segunda mitad del siglo pasado es irrepetible y sus nombres han quedado grabados desde entonces en los mármoles más solemnes del arte de lo justo y de lo bueno. Eminencias como García de Enterría o Garrido Falla, encabezando prestigiosas escuelas, contribuyeron con sus excelsas construcciones teóricas y planteamientos prácticos a generar un insuperable contexto jurídico del poder y de sus relaciones con los ciudadanos que permite que el país funcione incluso sin necesidad de contar con un gobierno al frente. 

De ese colosal derecho administrativo de autor hemos pasado hoy a otro predominantemente judicial, ya que son ahora las salas del orden contencioso las que fijan en gran medida su rumbo. Algo así confirma que atravesamos épocas poco propicias para esta materia, porque bien se entenderá que no es tarea del juzgador la de proponer horizontes normativos, sino de limitarse a aplicar la ley existente. Aunque resulte arduo desentrañar las causas de este fenómeno y no sea el lugar para abordarlas, es posible que respondan al apego obsesivo y comodón de parte de la doctrina administrativista actual hacia los modelos conocidos, volviendo a ellos con cargante insistencia y hasta con el aplauso de quienes se encargan de velar por la calidad investigadora oficial, dejando inexplorados nuevos escenarios jurídicos que pudieran adaptarse con eficacia a la cambiante realidad. 

Cierto es que los padres del derecho administrativo nacional han dejado el listón muy alto, pero también nos enseñaron que sus magnas creaciones debían prestar especial atención a los dinámicos acontecimientos sociales, estando siempre un paso por delante de ellos. Las Memorias de Laureano López Rodó, por ejemplo, refieren innumerables episodios de esta permanente anticipación regulatoria acometida desde serios fundamentos dogmáticos y con indudable arrojo, lo que propiciaría la estabilidad democrática que aún disfrutamos.

Tal vez estemos necesitados de aportes intelectuales que no se limiten al más de lo mismo cimentado en toneladas de irrelevantes pies de página que alimentan vanidosas erudiciones y acreditaciones de cartón piedra, sino que animen a asomarse con curiosidad y audacia al futuro a partir de los sólidos sillares del ius publicum que hemos recibido de nuestros mayores. Para ello, no obstante, se necesitan personas que estén dispuestas a centrarse en ese fascinante estudio riguroso de esta ciencia en lugar de emplear sus plazas universitarias como un mero trampolín para ganar dineros fuera de la Academia o con el fin de hacerse un hueco en otros menesteres, como a veces advertimos tristemente en las Facultades.

Sin ese renovado impulso del que hablo, esta formidable raíz de toda nación corre el riesgo de caer en la obsolescencia precisamente por la desidia inercial extendida entre sus cultivadores, ensimismados en los mismos esquemas de hace más de media centuria y con escaso éxito a la hora de poner al día sus categorías a través de fórmulas imaginativas acomodadas a los nuevos tiempos o de engendrar principios diferentes a aquellos brillantemente diseñados por los insignes maestros de la disciplina. 

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