En 360 grados: periodismo desde todos los puntos de vista

Seis meses y una pandemia sin los ganchos de David Gistau

Fotos: Álvaro García Fuentes. Ilustraciones: @asanleo
photo_cameraFotos: Álvaro García Fuentes. Ilustraciones: @asanleo

Isabel Gistau, Manuel Jabois, Antonio Lucas, Jero García, Luis Enríquez, Antonio Fernández Galiano, Emilia Landaluce, Jorge Bustos, Ignacio Camacho, Rafa Latorre, Melchor Miralles, Hughes y Juan Soto labran con recuerdos la original cariátide barbuda de la figura que fue Gistau sin querer.  Falleció en el umbral de la pandemia el año de sus 50 y descansa en paz entre Comillas en un mundo distinto saturado de puntos suspensivos.

Antes de que estos 22 años de periodismo fueran campo verde, David Gistau fue Matilde Urbach. Astróloga. Y escribía horóscopos en Paisajes sin ninguna vergüenza:

            Virgo: En la vida, como en el álgebra, los hay que montan el número y los hay que no se enteran de nada. Leñe, estoy casi segura de que esto venía a cuanto de algo… ¡Ah, sí! Advertencia: tras un nuevo suspenso en la asignatura sentimental, los Tauro no disfrutaréis del amor hasta que aprendáis como Venus manda la tabla de multiplicación (de la especie, se entiende).

David no era Tauro y el 19 de junio habría cumplido 50 años, pero se había aprendido “la tabla de multiplicación” poniendo pluma y corazón al western de la vida. Y hemos echado de menos sus cuernos libres durante toda esta pandemia.

Miércoles, 22 de julio. En un banco del parque de san Fernando y con mascarillas. Sin derecho a asiento en la terraza del Nouba, atestada de vecinos de veraneo de asfalto. Una hora de magazine de recuerdos con Isabel Gistau y de vez en cuando se empañan los ojos al contar con palabras las dos distopías de 2020.

Todo empezó a 32 días de fin de año: un hematoma subdural, un desplome, una ambulancia hasta el Clínico de Madrid. Una operación exitosa. Una esperanza contenida. Una montaña rusa. Un sí. Un puede. Un sale. Un abismo. Un sube. Un baja. Un muere. Un 9 de febrero de 2020.

Era el cuarto K.O. de una vida intensa y corta. “Nada más nacer, se deshidrató completamente. Mi madre fue dándole de beber gota a gota, como a los gatos, hasta que le sacó adelante. Con 25 años vivimos un milagro: se lanzó a una piscina y se rompió las vértebras cinco y seis por cinco sitios distintos. Estuvo tres meses ingresado en el Hospital de La Paz. Esas vértebras hechas polvo no dañaron la médula, fueron soldando, y salió adelante. Pero no le dieron heparina y sufrió un coágulo en el pulmón”. Otro ingreso. Otra inmovilidad. Otro casi volver a nacer.

Por entonces David había perdido a su padre, se había ganado a todas las mujeres de su casa y había empezado a escribir desaliñado pero formal. Tinta libre y original. Crónicas de viajes para la revista de Renfe. Gracias a Matilde Urbach se hizo guionista de televisión: Esta noche cruzamos el Mississipi. La sonrisa del pelícano. Aquel underground milimetrado de Pepe Navarro y compañía. “Se partía de risa”, recuerda Isabel. Y cualquiera que lea el primer relato de Gente que se fue encontrará las esencias de este David de teclas sin techo, de libertad y de principios. 

Las vías de Paisajes le llevaron a La Razón de la mano de Anson. Fundador y columnista con 27 años y el cuello ya forjado en más de una batalla. Llegó a su primer periódico “sin pisar la facultad de Periodismo. Él estaba matriculado en el CEU, pero no iba a clase. Desde pequeño, David siempre estuvo en su mundo creativo. De mi padre heredó el afán por las lecturas. En casa teníamos una biblioteca muy grande. Además, en el colegio francés nos dieron una formación cultural estupenda. Con todo eso, y su inteligencia, su ingenio, su capacidad de archivo, y su desenvoltura natural, siempre de un amigo a otro, empezó su carrera sin seudónimos hace unos 22 años en La Razón”.

Desde entonces los lectores le buscan, le siguen, le disfrutan y le echan de menos, porque David era otra cosa.

Isabel me cuenta que siguen abrumadas con el eco de su muerte. Más allá del obituario de Manuel Jabois y de Luis Enríquez, apenas han podido leer nada. “Seguimos llorando todos los días”.  Porque después del off vino el decreto de alarma, el miedo al virus, “y nos hemos visto obligadas a hacer un duelo forzoso sin distracciones, pensando cada mañana qué ha pasado, por qué ya no está entre nosotros”.

Ante la avalancha de condolencias sinceras, agradecidas. “Esos días mi madre repetía constantemente: No conozco a ese señor del que hablan. David era mi hijo, ése que llegaba a casa y se ponía un colacao”.

Isabel Gistau: “La respuesta social tras su muerte fue abrumadora. Estamos muy agradecidas. Mi madre repetía constantemente: No conozco a ese señor del que hablan. David era otra cosa”

Un vaquero. Una camiseta. Unas adidas. Una harley. Un libro. Una cerveza. Un balón. Una mujer y cuatro hijos. Y una inquietud: morirse antes de tiempo. “Porque mi abuelo también falleció cuando mi padre tenía 16 años. Después fue mi padre, que nos dejó cuando David tenía 15”.

-Háblame de la reacción social. Unánime.

-David era una buena persona.

En el tanatorio está toda su mezcla: su familia, los amigos acampados en la UCI -Enríquez, Jabois, Simón, Lucas, Jero, Martín Lousteau, Espuny, Garci…-, los amigos que estuvieron cerca hasta el final, colegas, los profesores de su infancia, anónimos, la Casa del Rey, gente, políticos de aquí y de allá… “Con lo que ha venido después, damos gracias de que su muerte no haya coincidido con la pandemia, porque pudimos acompañarle hasta el último minuto. Ha muerto entre nosotras. Le hemos dicho, le hemos leído, le hemos reído, nos hemos llorado. En medio de aquel infierno anímico, nos queda ese consuelo y el orgullo de su memoria”.

Me enseña Isabel fotos de David que estos días inundan el WhatsApp familiar. Una con su madre. Que estaba al pie de su cama de 07.00 a 22.00 horas cada día del coma entre puntos suspensivos. Una de su primera comunión. Una de sus veranos en Ruiloba, donde descansa. En el “Prao”. Junto a su tío Rodrigo.

Cada día de ese vaivén de informes médicos y montaña rusa, Jero le envía un audio para que no deje de entrenar, “para que te despiertes, coño”. Un día de junio de 2019 le pregunté a David:

            ¿Quién es su Goliat?

-Jero García, mi entrenador y otro de mis grandes amigos. Le admiro mucho. Es mi respuesta sin dudar a esa pregunta que utiliza en ocasiones Pérez Reverte: “¿A quién querrías tener de compañero de remo en un naufragio?”.

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Viernes, 24 de julio. Alto de Extremadura, Madrid. 09.30. Café en vaso de cristal con un boxeador aún sobre la lona.

            Jero: “Ha sido jodido. Es la sensación de orfandad de la que hablaba Jabois. Han sido muchos años juntos de vernos casi a diario. Nos queríamos mucho. Fue testigo de mi boda. Ahora me he dado cuenta de lo que le quería y le respetaba, pero no por ser un periodista estupendo, que eso siempre me ha tocado los cojones. Yo soy muy de personas. Tengo el wifi emocional permanentemente conectado. Aunque desde fuera me veas con cara de bruto, soy muy de mi gente, muy de mi tribu, y David era mi tribu, tío. Supe hasta qué punto el día en que se fue”.

David y Jero se conocen entre sacos de boxeo en el Reebok de Serrano. Retoman después en el Metropolitano, y hasta ahora. Diez años “de conexión gorda”.

David muy del Madrid. Jero, muy del Atleti. David muy neutral, Jero, “a veces no, y a veces, sí. ¿Sabes cómo te digo?”. David “de la zona noble”, Jero, “de cerca de Batán”. Los dos de la misma edad. Los dos con cuatro hijos. Los dos más de escribir que de hablar. Los dos “parecíamos extrovertidos, y en realidad éramos muy nuestros”.

            Jero: “Él me admiraba. Yo le admiraba. Ahí es donde se fraguan las verdaderas amistades. ¿Me entiendes?”.

Claro.

“Dicen que las amistades se cimentan en el respeto, pero también en la admiración. Yo le admiraba no porque escribiera y hablara muy bien, sino porque, haciendo todo eso, era como era. Porque yo conozco a mucho subnormalito y mucho tonto a las tres. Por los mundos en los que he estado -tele, cine…- he coincidido con mucho vendehúmos y mucho papanata. Mucho lameculos. La autenticidad y la verdad de David me daban mucho respeto. Más gente como David nos hace falta como sociedad”.

            -¿Cómo era como boxeador?

            -El boxeo es un reflejo de tu personalidad. Él era como en la vida: listo, vivo, se exponía, no le gustaba que le pegaran, mantenía la distancia con la izquierda y te enfoscaba con la derecha. Boxeas como escribes. Era un gran peso pluma.

Jero García: “Era un boxeador como en la vida: listo, vivo, se exponía, no le gustaba que le pegaran, mantenía la distancia con la izquierda y te enfoscaba con la derecha. Boxeas como escribes. Era un gran peso pluma”

Jero va entrando en el mundo de David. Le lee, “porque yo llevaba unos años muy enfadado con la prensa por la falta de neutralidad. Me refugié en los periódicos deportivos y también acabé enfadándome con ellos. Pero él era otro periodismo. Otra cosa”.

Conoce también a sus amigos y hacen piña. Casi seis meses después sigue quedando con Pedro Simón a esas cenas de tres, “dejando con una silla vacía”.

            Jero: “A los diez días del confinamiento, sentí como David se sentó a mi lado, me tocó la espalda y me dijo: ¡Llora, tío! Y me he pasado un mes llorando debajo de una manta. No solo por su muerte, por todo en general. Soy un TDAH de manual, tenía los gimnasios cerrados, el miedo al bicho, ir al supermercado y regatear gente. Me he llevado un bofetón. Otro. Y me ha sentado de culo. Todavía estoy tocado. Me he levanto, pero no sé si sigo grogui”.

Cada día del coma, Jero envía un audio para motivar a David. Isabel dice que los escuchaba “y reaccionaba”. Así, tres meses. “Pero no pudo ser. Me siento un poco fracasado y responsable. Lo sé. Son sensaciones absurdas. Lo sé”.

En La escuela de Jero se abre el telón. “El boxeo es vida. Vive duro”. En una pizarra de tiza, unas letras de Gistau están cinceladas para siempre: “En una antigua cochera acondicionada que habla en morse al barrio con los golpes a los sacos”. “Mientras dure el gimnasio, ahí estará su frase”. Y su espíritu. Y su alma peleona. “Otra cosa que tengo que agradecer al boxeo es que me trajera a David”. La risa de Jero es una copla manriqueña honda de quien tiene corazón bombeante, pero está entrenado para mirar solo hacia adelante.

Habla Isabel. Hijo de “una madre dulce”. Y de un padre “vividor”. “David repetía mucho que el periodista solo es periodista, que no está inventando la vacuna contra el cáncer. Nunca se ha dado importancia. Se reía siempre de sí mismo. Los pies, en la tierra las 24 horas de cada jornada de su vida profesional”.

“Tenía debilidad por los más débiles. Se posicionaba siempre junto al que estaba en la diana. Era muy Far West. Muchas personas me han dicho estos días: David dio la cara por mí”.

Me cuenta Isabel que un día por estas fechas que se rieron durante 72 horas. Kevin Spacey había sido rehabilitado después de que se retirasen los cargos contra él en un caso de agresión sexual y lo celebró en el Museo Nacional Romano, leyendo The boxer junto a la escultura Boxeador descansando. A David le llegó una invitación especial para estar ahí y pensó que era una trola. No fue. Se reían de su silla vacía y de los bellinis elípticos mientras andaban por Comillas. Hasta Spacey notó en Hollywood el respaldo de Gistau en un momento en que abrazarle era quemarse a lo bonzo de lo políticamente correcto. “Mi hermano defendía a quien menos te esperabas, pero nunca al más fuerte, al que ganaba la partida. Nada le podía entrar peor que un peloteo. Cuando lo veía en compañeros se ponía malo”.

Isabel Gistau: “Tenía debilidad por los más débiles. Se posicionaba siempre junto al que estaba en la diana. Era muy Far West. Muchas personas me han dicho estos días: David dio la cara por mí”

Dice Isabel que cuando David afilaba sus colmillos y desenfundaba su pluma para criticar “lo hacía sin maldad. Lo suyo no eran ataques personales”. Y por eso muchos de los cuestionados estaban en el tanatorio.

“No pedía favores, porque no quería estar en deuda con nadie. Repudiaba los privilegios. Nunca quiso pisar el palco del Bernabéu. Y así, siempre, con todo el mundo”.

“Era muy claro. Y también tenía claro que el trabajo era un medio, no un fin”.

Erudito: “Nuestra última conversación por WhatsApp fue sobre la última película de Scorsese”. “Leía todos los libros. Veía todas las series. Y era un padre muy presente. No sé cómo era capaz de cuadrarlo todo”.

            -¿Cómo te lo imaginas cubriendo la pandemia?

            -Me lo imagino yendo a Milán desde el principio. Habría sido una excusa estupenda para volver a Italia, que le fascinaba.

            -¿Se habría colado en la morgue de Madrid?

            -Se habría colado en cualquier sitio de interés. Pero con mucho respeto ante el drama. Era muy impresionable.

Isabel echa de menos a su hermano. Y también nota la ausencia de sus artículos sarcásticos. “Le habría sacado mucha punta a todo, con rigor. Su periodismo no era gratuito. ¡Lo que se ha perdido! ¡Cómo nos ha cambiado la vida en estos meses!”.

Las mujeres de Gistau -la madre, la mujer, y las hermanas Isabel, Inés y France- son “como las mujeres del Oeste: estamos destrozadas, pero seguimos construyendo escuelas para los niños”.

            -¿David tenía el presentimiento de una muerte precoz?

            -Creo que tenía el presentimiento de que no iba a llegar a viejo. Alguna vez le comentó a mi madre que tenía esa sensación. Vivía fuerte porque pensaba que esto se iba acabando. Nosotras también nos fuimos haciendo a esa idea.

Con rebrotes en los ojos, muy discretamente emocionada, Isabel hace balance del clima de máxima libertad en el que fueron educados en casa y en el colegio. “Nuestros padres nos trataron con mucha madurez. Todos hemos sido muy independientes, empezando por mi madre. Quizás David lo fue todavía más”.  

Que era “muy afable”. Que “odiaba el abuso”. Que tenía “mucho magnetismo y mucha presencia”. Que se enfadaba poco, pero que “enfadado era terrorífico, y casi siempre era por culpa de alguna injusticia”. Que era como un superhéroe que “limitaba sus poderes. Se frenaba para no quedar por encima de nadie, para no apabullar”. Que era más de algodón de lo que evocan sus barbas.

Isabel: “Se le echa mucho de menos, la verdad. Él no quería morir. Disfrutaba de la vida, era enemigo del drama y repudiaba el malditismo, porque era una mierda. Se ha ido muy bien, porque su mujer y nosotras le hemos volcado todo el amor de que hemos sido capaces y él ha sido consciente en todo momento”.

Y me habla de esos amigos, como Luis, que unos minutos después del accidente estaba ya en el lugar de los hechos.

David Gistau. Foto: Álvaro García Fuentes

Justo un mes antes. 22 de junio. Polígono de la Quinta Los Molinos. En un despacho noble de la sede de ABC charlamos con Luis Enríquez, CEO de Vocento. Un CEO con tinta en las venas que se dedica a esto “no por casualidad, sino porque me vuelve loco”.

Flash back. Melchor Miralles conoció a David Gistau en uno de esos antros de tele y le sigue de cerca en sus contraportadas de La Razón. Más o menos, 2004. Él es el puente que le lleva a El Mundo, donde “siempre estábamos pendientes de firmas con talento, y a mí me parecía buenísimo”. Lo habló con Pedro J. Ramírez. Llegaron a un acuerdo. Y ahí empezó la cosa en 2005.

Luis Enríquez le conoce personalmente allí. Él trabaja en la cúpula de ese grupo editorial, admira su escritura y se hace el encontradizo. Estamos en 2008. Doce años después, el actual CEO de Vocento es uno de sus mejores amigos y el padrino de bautizo de Bianca Gistau.

“Allí no le recibieron muy bien. Algunas y algunos le veían algo facha. Melchor, Fernando Bermejo, Rubén Amón, Vicente Ruiz y Pedro Simón, entre otros, lo hicieron muy bien. Desde el principio quise hacer cosas con él con ideas del periodismo americano. En la Eurocopa de 2008 hizo unos vídeos para la web. En realidad, más que el fútbol, a mí me interesaba la vida de David en Ucrania. Cuando sacamos Orbyt [2010] le propuse hacer unas introducciones a películas que valían la pena y que ofrecíamos en la plataforma inspirándonos en Hitchcock. Fue maravilloso. Entre un proyecto y otro, nos hicimos muy amigos”.

En 2011, Enríquez deja Unidad Editorial y se posiciona en la locomotora de Vocento. Desde allí “seguía su trabajo con una nostalgia tremenda, porque me gustaba mucho todo lo que representaba. Era completísimo. Sabía de todo, no necesitaba buscar citas oportunas de Stendhal. Él tenía su propio rollo”.

Lo cierto es que la “ambición” de Enríquez al desembarcar en el grupo de ABC era fichar a David y lo consiguió en 2013. Con la idea de ayudar a un aggiornamento de estilo y juventud de la cabecera en un medio que hacía “periodismo de linaje, sin ruido, muy centrado en buscar la explicación de las coas para que todo vaya bien”. “Mi pasión por el periodismo nace con Antonio Herrero. Me entusiasmó aquel espíritu de Martin Ferrand de Antena 3 Radio de gladiadores sin amigos que habían venido a denunciar”.

En el fondo, Enríquez quería hacer un bypass del ABC de Ruano y Camba con el siglo XXI. Volver a esas páginas “rupturistas, vanguardistas, llenas de ambición cultural, que posiblemente haya gente que no conozca. Los mejores escritores del país habían estado en esta cabecera. Yo buscaba eso: reforzar el papel que hacían Rosa Belmonte, Hughes, Ignacio Camacho… para reinterpretar el periódico en un tiempo nuevo, pensando en los lectores de mi generación. Y David era la piedra angular de ese proyecto”. Se trataba de una “renovación periodística, no ideológica. Todo eso se puede hacer desde una perspectiva más ambiciosa y más audaz”.

            -¿Sabes qué? ¡Me voy contigo!

En ABC Gistau tuvo “algunos amigos, unos cuantos admiradores y gente que le comprendió regular. Era inconcebible que un columnista no siguiera a pies juntillas la editorial de un medio. Por eso siempre tuvo roces. Tampoco su primera temporada en El Mundo fue un idilio… Cuando un periodista no tiene filias y no se adscribe en bloque a ningún bando, a veces no le entiende casi nadie”.

Luis Enríquez: En ABC tuvo “algunos amigos, unos cuantos admiradores y gente que le comprendió regular. Por eso siempre tuvo roces. Tampoco su primera temporada en El Mundo fue un idilio… Cuando un periodista no tiene filias y no se adscribe en bloque a ningún bando, a veces no le entiende casi nadie”

Dice Enríquez que David “lo intentó todo” con sus columnas, sus crónicas deportivas, sus crónicas rosas… Lo hizo casi todo, pero no hubo química”. La apuesta del fichaje pretendía que el aire de Gistau “cuajara en toda la redacción, pero había una corriente conservadora que le hizo complicado el camino. Y acabó estando incómodo. Habían sido cinco años de matrimonio, pero no había funcionado. Cumplió su contrato y se bajó del cuadrilátero. En El Mundo estaba la gente con la que a él le apetecía irse de copas. Nunca admiré como a él a nadie de mi entorno, y eso que por mi trabajo he coincidido con gente muy buena con un talento muy importante”.

Como periodista, recalca la lucidez de sus ideas, su rotundidad, su capacidad para encontrar hilos de narrativa, la versatilidad “para contar un partido, o para ir al Palacio Real dejando claro que él no sabía hacerse muy bien el nudo de la corbata…”.

Y hablaron mucho durante doce años.

            -¿A qué columnistas admiraba?

            -A Umbral, a Pedro García Cuartango, a Rosa Belmonte, a Manuel Jabois, a Arcadi Espada, sin ser plenamente compatibles… A Ignacio Camacho le admiraba de una manera especial por su talento para escribir todos los días sin fallar nunca. Cuando no opinaba como él, se lo pensaba dos veces. También le gustaban mucho algunas piezas de Pedro Simón, de Pérez Reverte

            -¿Se le quedó en el tintero alguna ilusión periodística?

            -Él iba disfrutando el periodismo que tenía entre manos. Se quedó con ganas de haber hecho su gran novela.

Los dos discuten por inercia, pero “no recuerdo ninguna vez que nos hayamos mandado a la mierda. Yo acababa entregando la posición”. David le pasa textos antes de publicar para testar su criterio. A él le parecen todos estupendos. “Hablar con él me servía para saber que yo no tenía las ideas tan claras como pensaba. Era una especie de psiquiatra particular”.

Luis pone un acento especial: el David que trabaja bien, pero que puso el ancla en su familia.

-Tengo entendido que Pedro J. quiso tirar más de él en su primera etapa en El Mundo y se encontró con una pared.

-A Pedro J. le habría encantado conocerle antes que Romina, porque él busca tipos que vivan solo para la profesión. Otras cosas le resultan incomprensibles. David tenía sus prioridades muy claras. No hablamos mucho de la muerte, pero sé que él tenía miedo a rendirse, a quitarse de en medio. Se decía a sí mismo: nunca dejaré solos a los míos. Tenía una fuerte devoción por su familia.

-¿Cómo habría sido la pandemia contada por Gistau?

-Me lo he preguntado constantemente estos días. En cualquier caso, aseguramos diciendo que habría sido Imprevisible. Además, David tenía una vertiente hipocondriaca que yo conocía poco, aunque nunca le vi tener miedo. Habría salido a contarlo todo. Seguramente se habría rebelado sobre la neutralización de su libertad. La censura en las preguntas en Moncloa durante la primera etapa de la pandemia habría estado en el centro de su diana, porque el periodismo no está aquí para lo conveniente, sino para contarle a la gente lo que el poder no quiere que sepan. Lo he echado de menos.

El día del accidente Luis recibió una llamada a las 17.30.

            -¿Qué pasa?

            -David está en el suelo y no se despierta.

Y en tres minutos de reloj estaba en el gimnasio. Y luego, en el Clínico. Y hasta ahora. Cerca.

            -Va todo muy rápido. ¿Nos olvidaremos de él antes de tiempo?

            -Va todo muy rápido, pero su legado está escrito, y lo escrito, escrito está para siempre.

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Manuel Jabois -El País- echa de menos a David cada mañana, “con la lectura de prensa. Comentábamos, hacíamos pantallazos, esas cosas. Y aunque aún no ha habido ocasión de viajar, lo echaré mucho de menos en coberturas especiales. Hicimos juntos la de los disturbios por la sentencia del Procés, un mes antes del accidente”.

            -¿Cómo habría vivido Gistau esta pandemia?

            -Yo creo que los vivos no deben atribuirles nunca intenciones, hechos y opiniones a los muertos.

-¿Seremos capaces de recordarle en una sociedad en la que todo y todos pasamos de página de un día para otro?

            -Pasamos página de lo que no nos interesa o no queremos cerca, no es el caso de sus lectores, sus amigos y su familia.

-¿Cómo crees que le echan de menos los lectores?

            -No sé cómo, porque cada lector es un mundo, pero sí que mucho.

            -¿Por qué el periodismo español no debería olvidarle nunca?

-Aunque el “periodismo español” es un sintagma complicado, de todas las razones por las que no debería olvidarse, la principal es la que más se echa de menos: la independencia.

Manuel Jabois: “Aunque el ‘periodismo español’ es un sintagma complicado, de todas las razones por las que David Gistau no debería olvidarse, la principal es la que más se echa de menos: la independencia”

Al fondo de la redacción de El Mundo tiene su despacho Antonio Fernández-Galiano. Presidente de Unidad Editorial. Un tipo sereno y curtido al que la familia de Gistau agradece sus visitas en la UCI. Y también a Francisco Rosell. Sala de espera. Lugar de encuentro de los más próximos. Y el jefe de la empresa también quiere arropar en momentos de máxima incertidumbre.

Me cuenta: “El hueco que deja un personaje como David Gistau es enorme. Era uno de los columnistas más destacados del panorama periodístico español y, además, era un magnífico cronista. Era una referencia fija en el periódico y su firma convocaba a cientos de miles de lectores cada día. El hueco que deja David es irremplazable. Le recordaremos siempre”.

Para Fernández-Galiano echar de menos “significa no sacar de la cabeza a alguien o a algo que ya no está a nuestro alcance. David está en nuestra cabeza, su obra está en nuestra cabeza, su forma de ser está en nuestra cabeza, no poder hablar con él, comentar con él lo que está sucediendo… Duele su ausencia, aunque poco a poco la tragedia de su muerte se va transformando en melancólica nostalgia con un sabor agridulce, pues es mucho lo que nos ha dejado. Sé que incurro en un topicazo, pero es muy cierto que, de alguna forma, sigue entre nosotros, porque su legado periodístico ahí está y nunca desaparecerá”.

Los lectores no olvidan. “Hemos tenido infinidad de testimonios de los lectores. Cuando no se sabía que David estaba hospitalizado y su columna no aparecía en su rincón del periódico, nos preguntaban. Les faltaba. La relación de un columnista, de una firma como la suya, con sus lectores es muy especial. A los lectores también se les ha ido algo suyo y lo lamentan profundamente”.

Antonio Fernández-Galiano: “La relación de un columnista como él con sus lectores es muy especial. A los lectores también se les ha ido algo suyo y lo lamentan profundamente”

            -¿Pasará la ola?

            -Vivimos unos tiempos en los que todo se amortiza a velocidad de vértigo. Sin embargo, el talento queda. De la misma forma que no hemos olvidado a ilustres plumas del periodismo, como Umbral, por poner un ejemplo que viene al caso, la sociedad y los lectores no olvidarán a David. No hay ninguna dudad de que El Mundo mantendrá encendida la llama de David Gistau, como ha mantenido la de Paco Umbral.

Lo que quiere Enríquez y lo que valora Fernández-Galiano se han sumado en una iniciativa insólita: el Premio Periodístico David Gistau que organizan conjuntamente Unidad Editorial y Vocento. Algo que parece un gesto, y sin embargo es el primer puente construido al alimón entre ambos grupos de comunicación.

Presidente y lector. Fernández-Galiano, sobre David y el goliat de la pandemia: “Apenas se acababa de ir David y hemos vivido un acontecimiento mundial que, sin duda, hará que cambien muchas cosas. Se lo ha perdido. Él habría elegido una perspectiva diferente, estoy seguro. Nos habría sorprendido con un enfoque original y exclusivo. También habría sido un puntiagudo cronista de los acontecimientos. ¡Cuánto daría yo por haber tenido la oportunidad de leer sus crónicas sobre las comparecencias de Fernando Simón, Salvador Illa o Pedro Sánchez!

David Gistau.

Una tarde de julio, Antonio Lucas lee. Y le corto el punto de lectura. Son-eran-serán compañeros de redacción y amigos íntimos. Uno, prosa. Otro, poesía. Dos versos sueltos.

“Era uno de los periodistas más contundentes de toda una generación. Tenía una frase muy rotunda y un párrafo de mucho tonelaje. Afianzó muy bien el estilo propio: esa mirada descreída del mundo, una cultura de tradición francesa, todo el periodismo de calle, gozoso, de alguien que sabía disfrutar, su pequeño repertorio de clásicos y afines, y esa versatilidad para mezclar a Homer Simpson con Robespierre”.

Lucas habla de la “óptica Gistau”. De su singularidad. También en su manera de ser periodista: “Defendía y honraba el oficio, pero no era un visceral del periodismo. No era de esos periodistas-coñazo que te dan la homilía de una profesión necesaria a cada golpe de cerveza. Vivía el periodismo con entusiasmo, con respeto y con devoción, pero sin talibanismos. David tiene un sitio en el periodismo español del siglo XXI ganado con mucha velocidad, con una proyección de vértigo que acabó demasiado pronto. Nosotros, los que le leemos, y los chavales y chavalas que aparecerán en este oficio en generaciones sucesivas, veremos, en el caladero de los periódicos del siglo XXI, que probablemente serán los últimos en papel, que había un tipo de pedigrí altísimo y muy limpio”.

Antonio Lucas: “Defendía y honraba el oficio, pero no era un visceral del periodismo. No era de esos periodistas-coñazo que te dan la homilía de una profesión necesaria a cada golpe de cerveza. Vivía el periodismo con entusiasmo, con respeto y con devoción, pero sin talibanismos”

Ristra de atributos serenos al otro lado del teléfono. Como pinta Antonio López. “Audaz, valiente, sin complejos y sin prejuicios”. “Discreto, auténtico, de mundo”. “Quedará su legado como periodista y como escritor”.

            -Sobre todo, ¿qué?

            -Lo más importante de David es el conjunto. Su actitud. Se mantuvo en el periodismo con el instinto bien definido de ser impar: ni de cofradías, ni de camarillas. En su gabarra. Solo en el Atlántico. Supo ir muy bien por una senda propia. Ir solo por la vida fue una de las mejores aventuras de su vida, y eso es compatible con avanzar junto a muchos amigos. Uno de sus grandes aciertos fue evitar los vínculos con lo que escribía. Sobre todo, en política. No era un hombre afiliado a una ética o una estética. En su universo cabían múltiples facetas. Y su vocación nunca fue significarse en lo correcto.

En las letras de Gistau, Lucas no ve ni una sinalefa de poesía –“no le gustaba nada”-, pero sí “ramalazos de escritor, ráfagas de Mailer, de Wolfe, de todos los genios de la generación perdida, de Dos Passos, de Hemingway, de Henri Miller, del nuevo periodismo de Talese, de Hunter S. Thompson… Su postura estaba en esos autores. Compartía el mismo impulso por aquellas formas tan despeinadas y tan precisas de los viejos maestros del periodismo americano”.

De su mundo interior, Lucas destaca que “repartía su mundo de afectos entre su familia, sus amigos, sus paseos por las carreteras secundarias de la Comunidad de Madrid en harley, o el fútbol, con su pasado muy de barra brava alrededor del Madrid”. M cuenta que David era un hombre de” abanico amplio lleno de amistades muy auténticas, no de fraternidad de barra de bar. Era amistades cruzadas de complicidades, de guiños, de saber ser amigo, que es más importante que tenerlos”.

            -¿Y el periodismo, dónde?

            -David no focalizaba su pasión en esto. No era un monje fiero del gremio. Porque nadie vive solo de esto. Se vive de muchas cosas que alimentan esto. Y cuanto más se vive de lo otro, más puede uno disfrutar y divertirse haciendo esto. Se trata de complementar el periodismo con lo que se viene a contar, porque lo que se viene a contar es lo que sucede fuera. Lo que pasa dentro ya sabemos lo que es: mentira.

            -¿Cómo crees que nos habría contado lo que estamos viviendo con el coronavirus?

Me imagino a Lucas con la mirada perdida en el techo. Haciendo rulos con el cable del teléfono, aunque hable por un móvil…

            -Con enorme ironía y con enorme responsabilidad. Con esa visceralidad suya de pensar el escenario político, sobre todo si era la izquierda la que estaba en el podio de la Moncloa… No compartíamos sensibilidad política, pero eso afinaba la complicidad y la amistad, porque nunca hicimos banderas de eso.

Lucas se imagina a Gistau con mascarilla escribiendo en modo caleidoscopio: “Nos habría divertido viendo tantas cosas algo bufas que hemos vivido estos días. Con un enfoque muy responsable, pero habría sido uno de los que galopa la calle buscando historias en cualquier rincón de la ciudad”.

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Un día antes del punto y final de David, Emilia Landaluce se cayó por una escalera y se quedó en coma. Uf. Dos comas seguidas en la misma redacción. Se perdió el desenlace, el eco y el luto de aquella tarde noche de domingo gris. Ocho días después del entierro abrió los ojos como pudo y de lo primero que asimiló su razón fue la noticia: “Ha muerto David”.

Landaluce: “Fue un shock añadido a lo que me había pasado. Desde entonces me siento muy unida a él”.

La relación personal entre ambos es “de admiración y respeto”. Emilia admira su “desapasionamiento político”, su “manera de entender el periodismo como un oficio más”, su capacidad “para no darse importancia”, su elasticidad “para cambiar de registro”, su afán de divertir, la intensidad de cada uno de sus pasos, su voluntad de estilo… Por eso le ubica en la balda de “uno de los mejores” periodistas contemporáneos. Por eso “muchas mañanas aún pienso en qué habría dicho él de esto, qué adjetivo hubiera utilizado”.

Landaluce despertó poco antes de la locura de la pandemia. Y estaba lo suficientemente lúcida en marzo para recordar “que leer un periódico entonces era un ejercicio de masoquismo. David habría encontrado un punto de respiro para los lectores”.

Y lo que igual en estas nunca se atrevería a apostillar un gestor, un presidente, un CEO editorial, pero que también es boxeo. Dice Emilia que David “era un buen punch para los lectores de pago. Su manera de ejercer el periodismo con libertad y valentía era rentable. Su firma era muy demandada, de esas por las que la gente está dispuesta a pagar”.

Jorge Bustos es el jefe de Opinión de El Mundo durante toda la segunda etapa de Gistau en su diario natural. Su pareja de radio en Herrera en Cope los martes y los miércoles.

Cada mañana, a las 07.30, cuando conecta con Carlos en el dial de los obispos, Bustos se acuerda de él. “Me afectó bastante su muerte. Bastante más de lo que esperaba, y eso que tuve tiempo para prepararme desde el día del accidente. Pero no me acostumbro. Pienso a menudo en él, intento adoptar su punto de vista en algunas cosas, su manera libérrima de estar en la profesión. Trabajaba a diario con él, tenía con él un trato cotidiano en el periódico y en la radio, y esa ausencia de golpe deja una marca que el subconsciente acusa cuando quiere”.

Bustos: “Su vida y su muerte es una tragedia griega. Como un destino negro que le perseguía, contra el que se rebeló para que sus hijos no pasaran por lo que él y sus hermanas pasaron cuando faltó su padre, y que finalmente se lo acabó llevando. Murió exactamente como mueren los héroes de las tragedias clásicas”.

-¿Alguna cosa que hayas aprendido de él cuando ya no estaba?

-Prefería aprender de su presencia, la verdad. De su ausencia solo he aprendido a relativizar más las pequeñas miserias de mi oficio, que era el suyo.

El jefe de Opinión de El Mundo lee en las redes y en los comentarios de la web del periódico cómo le echan de menos los lectores. Coincide casi en las mismas palabras como Fernández Galiano: “El hueco que dejó es enorme”. “Gistau ya está en el panteón de los grandes columnistas españoles del primer cuarto del XXI. Los que vengan detrás le leerán como leemos a Umbral o a Camba. El gran público no lo sé, pero los lectores de columnismo y los aspirantes a columnista, sin ninguna duda”.

Jorge Bustos: “Gistau ya está en el panteón de los grandes columnistas españoles del primer cuarto del XXI. Los que vengan detrás le leerán como leemos a Umbral o a Camba. El gran público no lo sé, pero los lectores de columnismo y los aspirantes a columnista, sin ninguna duda”

            -¿Cómo habría vivido esta pandemia?

-Con una mezcla de humor y cólera. Una mezcla muy suya. Cabreado con el Gobierno, eso seguro. Y riéndose de sí mismo por las situaciones caseras a las que le habría obligado el confinamiento.

-¿Por qué el periodismo español no debería olvidarle?

-Que lo olviden los mediocres. O que haga cada cual lo que le salga de los cojones, que es la respuesta que daría él.

En la casa de enfrente vive Ignacio Camacho. Un día, hablando de columnas con el propio Gistau, me dijo sobre él: “Me encanta. Es un periodista con una autoridad moral gigantesca que le reconocemos todos. Cuando él habla, todo el mundo se calla. Siendo un columnista, conserva la forma de trabajar del periodista. Es un tipo que llama, pregunta, va, se entera. No es de voy a citar a Heródoto a ver si así impresiono a los bobos… Tiene contactos, fuentes, y las utiliza. Todo eso es una lección”.

Y resulta que la admiración era bidireccional, “hasta el punto de que conservo su WhatsApp -me dice Camacho- y a veces lo veo y estoy tentado de escribirle. Aún sigue estando en el perfil la foto de Toni Servillo en el papel de Jepp Gambardella, un personaje que le fascinaba. Cuando alguien muere de repente te asalta el remordimiento de todas las veces que lo pudiste disfrutar y no se dieron, porque no piensas que un día puede no ser posible”.  

Camacho no cree que “haya otro modo de echar de menos que… el echar de menos. Es decir, en el caso de los lectores, añorar su punto de vista sobre lo que pasa y su forma de expresarlo. Su desaparición provocó una especie de orfandad unánime en el público, una expresión de simpatía sin fisuras que creo que no se daría alrededor de cualquier otra figura periodística actual, por relevante que sea. O en muy poquísimos casos”.

Ignacio Camacho: “Su desaparición provocó una especie de orfandad unánime en el público, una expresión de simpatía sin fisuras que creo que no se daría alrededor de cualquier otra figura periodística actual, por relevante que sea. O en muy poquísimos casos”

“Todo va muy deprisa pero su huella es profunda, más de lo que él podía imaginar. Quizá lo más lamentable de su desaparición es que no ha podido comprobar cuánto le quería la gente. La verdadera inmortalidad, quizá la única comprensible, consiste en eso, en que te recuerden los que te conocieron y sepan de ti los que no te conocían”.

El columnista de las rayas en el agua de ABC le echa de menos cualquier mañana donde Herrera, en la radio. “Allí coincidíamos a menudo, y nos bastaban unos minutos de entreacto para compartir la mutua desolación de estos tiempos más bien oscuros”.

Durante la pandemia, le imagina en la calle. “Como el reportero que era lo que más le gustaba ser. En los hospitales y colándose en las morgues durante el confinamiento. Eso sí, con exquisito cuidado de proteger a sus hijos, que eran lo que más le importaba”.

El líder Camacho, el míster discreto de una selección de columnistas contemporáneos, cree a pies juntillas que Gistau “era el mejor de nosotros y en el día a día no acabábamos de darnos cuenta. La perspectiva la ves después, por desgracia. La insobornable independencia de criterio es una enseñanza suya que sí tenía muy presente cuando estaba vivo. Ése es su ejemplo esencial”.

8

Rafa Latorre conoció a David boxeando en casa Jero. Y desde entonces sopesa particularmente “la facilidad para tratarle y el enorme valor que concedía a la amistad”.

En el ring, se pegaron. Y Gistau “pegaba durísimo”. Después convivieron aventuras en El Mundo. Constató que su padrino de guanteos era “una persona generosa y en paz consigo mismo”. La última vez que se vieron fue en un preestreno privado de El crack cero de Garci, en la que David figura entre líneas.

El miedo de Latorre es que “los recuerdos sobre su valía personal” opaquen su prestigio profesional: “David removió el lenguaje de la columna, que era de muchas volutas, y le dio a toda una generación una estética con la que identificarse. Esas columnas en las que se mezclan el rock, las analogías con Los Simpson y la cultura pop. Con Gistau pasa lo mismo que con Umbral: imitarlo es inútil. Los lectores de El Mundo están muy identificados con su estética y con sus referencias. Siempre será una firma incrustada en la cabecera del periódico, al mismo nivel de Umbral, de Raúl del Pozo, y de quienes conforman el universo sentimental” de estas páginas llenas de historia.

Latorre escucha “un silencio muy sonoro” en la ausencia que palpan sus lectores. Quizás, más, en tiempos insólitos de pandemia: “Estos días sus crónicas elípticas han sido terribles. Seguramente habría dado mucho juego a las cacerolas de Núñez de Balboa, a la opacidad del Gobierno… David era un tío libre e imprescindible. Puede que el periódico se haya vuelto algo más aburrido desde que ya no está”.

Mirar al mundo con limpieza y sin solemnidad. Un universo menos lírico. La importancia de no darse importancia. Su falta de malditismo “muy reconfortante, porque los malditos, en vida, suelen ser inaguantables”. Y muchos de sus hombres y mujeres criticados en la retina del tanatorio. Dice Latorre que “David se ganó un lugar de respeto en la profesión que se adquiere con los años, la experiencia y un ejercicio periodístico como el suyo. La impostura suele ser molesta. Él era todo lo contrario a un impostor”.

Rafa Latorre: “David se ganó un lugar de respeto en la profesión que se adquiere con los años, la experiencia y un ejercicio periodístico como el suyo. La impostura suele ser molesta. Él era todo lo contrario a un impostor”

Desde El Confidencial, Juan Soto Ivars recuerda que Gistau le habló un día de “los columnistas de bata” y de la importancia de curtirse en una redacción. Recuerda lo que no le dijo never, pero él leía todos los días: “que no se callaba nunca lo que pensaba, que llevaba la contraria con argumentos, que era traicionero en las opiniones, que se la sudaba todo tres pueblos, que no le molestaba molestar”.

Con una cierta distancia, Soto admira el respeto de los que escriben más con la izquierda a un tipo que, en teoría, era predominantemente diestro. Y le suscita una enorme curiosidad “el interés que despertaba entre mucha gente diferente” y que, “por una extraña razón, Gistau no despertaba el odio que solemos despertar los columnistas, quizás porque estaba ajeno a las redes sociales”…

Desde ABC, Hughes le recuerda mucho “porque me ayudó”. Seis meses después y con España rebosante de muertos, me cuenta que “su muerte me parece una gran desgracia. En los meses posteriores se ha muerto muchísima gente en España, también gente cercana y el efecto es muy deprimente. Creo que 2020 marcará la forma en que vivamos las próximas décadas”.

Muertes. Cruces. Historias con lápida. Gente olvidada al instante. Espíritus latentes. Mujeres y hombres eternos. Cielos. Purgatorios. Infiernos. Memorias. Gracias y perdones. Lutos y llantos. Alivios o abismos. Oraciones, ironías o desesperanzas.

Muertes al por mayor: El día en que murió David Gistau España registró su segundo caso de coronavirus: un británico en Mallorca. El primero se confirmó seis jornadas antes: un turista alemán en La Gomera.

Miles de muertos después. Medio año tan largo después. Un país en coma después. Un mundo en puntos suspensivos después. Un universo entre paréntesis después. Un periodismo en las mismas después. Muchas crisis juntas después. Seis meses después de un piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii demoledor, el “gran peso pluma” descansa entre Comillas. Dando otros ganchos en otro ring. Aunque haga el mismo frío en febrero y el mismo calor en agosto, la memoria agradecida es un cinturón de campeón. 

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