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Apología del suspenso y de las recuperaciones

El Ministerio de Educación desea eliminar los exámenes de recuperación en la ESO, pero la medida perjudica al alumno y transmite valores contrarios al esfuerzo

Foto Artic Apología del suspenso
photo_camera "Solo quien toma conciencia de sus fracasos puede recomponerse".

Sería difícil discernir qué es peor: si cambiar las leyes educativas al albur de las mayorías ideológicas o dejarlas en manos de pedagogos metidos a políticos. Entre las últimas ocurrencias que han tenido, además de esquilmar aún más los currículos, postergando el conocimiento frente a las habilidades o competencias, se encuentra la de desterrar las recuperaciones, lo que deja al alumno sin posibilidad alguna de enmendarse.

El cambio comenzó a dar sus primeros coletazos hace tiempo. Y tendríamos que haberlo previsto, pues no era imposible adivinar la senda que estábamos tomando cuando, de golpe y porrazo, liquidamos esa redención postrera que se abría en septiembre. El verano, entonces, tenía otro significado, otro color, otro sentido. Para algunos, en efecto, era una recompensa, el laurel que coronaba sus esfuerzos; para otros, menos afortunados, una suerte de purgatorio radiante, lleno de libros, pero con olor a mar y a crema bronceadora.

La enfermedad igualitarista sacudió, pues, esa primigenia estructura didáctica, hiriendo el mínimo sentido de la justicia que pudiera existir en alumnos famélicos de conocimiento. Suspenso o aprobado, nadie osa hoy a cuestionar el derecho a las vacaciones de un niño, aunque viva durante el curso en una situación de permanente holgazanería. ¡Ay, qué daño han hecho los derechos fundamentales! Las recuperaciones se pasaron, así, a junio o julio por decreto ley.

Algún “experto” ha comentado que la última propuesta, es decir, eliminar las recuperaciones, situará a nuestro país en la vanguardia, permitiendo que nos adaptemos a la política educativa de los países más avanzados. Ahora bien, una mirada a los resultados académicos muestra lo que cualquiera con sentido común sabe: es la exigencia lo que mejora la calidad de la enseñanza.

¿Por qué será que la insistencia en la innovación docente y las estrategias en el aula no han conducido a una mejora significativa del rendimiento escolar?

En este sentido, no sé cómo los expertos en educación han pasado por alto una hecho inquietante y paradójico. ¿Por qué será que la insistencia en la innovación docente y las estrategias en el aula no han conducido a una mejora significativa del rendimiento escolar? Sobre esta cuestión han escrito mucho -y siempre bien y atinadamente- Gregorio Luri e Inger Enkvist, entre otros, exigiendo a nuestros políticos dejar de hacer experimentos con gaseosa, y reivindicando, precisamente, todo aquello que las nuevas leyes -y aquí, como para otras muchas cosas, el color político no constituye desgraciadamente garantía de nada- quieren destruir.

En un libro reciente, delicioso y sublime, como todos los suyos, Mauricio Wiesenthal explica el sentido originario del término disciplina, que arranca de “discere”, la palabra latina que traducimos por “aprender”. De ahí que las disciplinas, aclara, designen tanto “las artes del espíritu como los arreos utilizados para fustigar”. Despejad el malentendido que pudiera atenazar al analfabeto malpensado: no, no se trata de proponer métodos sangrientos, ni lacerar al alumno, sino recordar que el saber, como casi todo lo valioso de la vida, exige esfuerzo, dedicación y método.

En cualquier caso, detrás de todas estas decisiones, laten dos tendencias peligrosas. En primer lugar, el desprecio al mérito, al logro, a la valía individual. La crítica a la meritocracia se ha extendido tanto que necesitamos urgentemente un nuevo Nietzsche para sacudir nuestra mediocre desidia. Nuestros chicos no desean emular a quien sobresale, ni anhelan parecerse a quienes son mejores, sino cortarles la cabeza, lo cual dice bastante de nuestra entretela moral.

Ciertamente, un sistema social basado en el mérito, como apuntan algunos, puede tener sus defectos. Por ejemplo, las clases creadas bajo su amparo se anquilosan y petrifican. Michael Sandel ha aludido a lo que ocurre en las mejores universidades, a las que solo acceden los hijos de los más pudientes. Sin embargo, si esos resultados nos resultan irrazonables es, justamente, porque quebrantan el principio del mérito.

 

Nuestros chicos no desean emular a quien sobresale, ni anhelan parecerse a quienes son mejores, sino cortarles la cabeza, lo cual dice bastante de nuestra entretela moral.

La segunda tendencia, más preocupante, es el veneno del elitismo pertinaz, por irónico que pudiera parecer. El hecho de que unos aprueben y otros suspendan no implica un juicio moral. Lo más admirable del hombre es su diversidad: unos están más dotados intelectualmente; otros son manitas. Hay ingenieros y carpinteros, políticos y gendarmes. Si insistimos en borrar las diferencias es porque rige en nosotros un prejuicio clasista y pensamos que hay profesiones o formas de vida más dignas que otras. Y eso genere complejos dolorosos y socialmente letales.

De ahí esta apología del suspenso, que nuestros legisladores pretenden retirar para no socavar la autoestima de nuestros niños. Pero solo quien toma conciencia de sus fracasos puede recomponerse, de la misma manera que, a pesar de lo que pudiera sentir, es más seguro para todos avisar al timonel cuando se despista. Es el único medio de enderezar el rumbo. Haríamos bien en inscribir la famosa cita de Brecht en las aulas: “Prueba otra vez. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor”. No hay mejor forma de afrontar un suspenso.

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