Ideas & Cooltura

Baricco, un mago de la palabra

Hay escritores que más que adiestrarse en el uso de la pluma parece que se han entrenado en el arte de sacarse conejos de la chistera

“Con Baricco se tiene siempre la premonición de que allí, entre los signos, despertará a la vida una criatura fascinante y maravillosa”.
photo_camera “Con Baricco se tiene siempre la premonición de que allí, entre los signos, despertará a la vida una criatura fascinante y maravillosa”.

Baricco pertenece a esa especie rara de escritores que tienen algo de magos, de prestidigitadores locos, de danzantes que dibujan piruetas insospechadas en el aire, sin red que les sustente. 

Confieso que me siento como un espectador en las gradas del circo cuando me lanzo sobre un libro de Baricco. Y la función nunca me defrauda porque tiene una varita embaucadora que transforma lo que toca -un relato, un monólogo, un ensayo, una representación o una simple e inopinada tribuna de opinión- en algo taumatúrgico, en un tirabuzón imposible que deja el alma estupefacta. 

De su prosa no se puede decir que sea bella porque no es solo hermosa. A mí me parece dulce ya que dispone las palabras del mejor modo para que acaricien o abracen el lector. Con mimo. Con cariño. Sería también difícil precisar lo que se admira en él: si el ensueño en el que nos embarca trazando personajes portentosos y estrafalarios, tejiendo esas atmósferas desacostumbradas, o la obstinación artística con la que arranca un esplendor poético, claro y estremecedor, de lo más anodino u banal. 

Baricco posee una sensibilidad literaria a flor de piel y la lectura obsesiva de los grandes le ha proporcionado esa agudeza que solo quien está enamorado de la letra impresa entiende. O sea, él no ve objetos: contempla palabras; tampoco barre con su mirada lo que le circunda salvo para usurpar posibilidades narrativas, sabiendo, como los escritores de raza, que un buen relato no es el que se parece más a la vida, sino el que es mejor, más pleno o acabado, más real, que ella.

Con Baricco, se tiene siempre la premonición de que allí, entre los signos, despertará a la vida, fresca y lozana como un jardín recién regado, una criatura fascinante y maravillosa

Las formas y los vericuetos de sus ficciones son culpables de que a menudo, aturdidos por sus juegos de manos, olvidemos el trasfondo -también conmovedor- de sus textos. Porque ensarta en sus libros reflexiones e ideas no con el fin de que las suscribamos, sino para que, tirando del ovillo que nos brinda, despleguemos también nosotros hilos kilométricos de fantasías y revelaciones

Ahí están, pues, las veleidades del amor, la fidelidad y las traiciones soterradas, el fin improrrogable del tiempo, la ambición, la cobardía congénita, la pasión irreprimible o voraz por el arte, los equívocos frustrantes, y tan hermosos, que se encaballan en nuestra existencia y la desequilibran, haciéndola terrible o más bonita caso, la espera constante o la insidia con que a veces sorprende la muerte

Decía ese Churchill de la crítica literaria que fue Edmund Wilson -orondo y culto-, que cuando uno lee a Proust tiene la sensación de estar ante el declive de algo, a un ocaso lánguido y extenuado. Con Baricco, la impresión justamente es la opuesta: se tiene siempre la premonición de que allí, entre los signos, despertará a la vida, fresca y lozana como un jardín recién regado, una criatura fascinante y maravillosa.

Aunque Seda es, seguramente, el relato breve más leído del italiano, y uno de los más sensuales, si tuviera que recomendar uno me inclinaría por Océano mar donde Baricco se introduce en las extravagancias más fascinantes. Los protagonistas son excéntricos, pero inolvidables porque viven existencias tan fabulosas y encantadoras que envidiamos. En esa novela Baricco explora además recursos y artificios con una maestría portentosa, pero sin caer en efectismo. Nunca lo hace, por otra parte.

 

Un escritor de raza sabe que un buen relato no es el que se parece más a la vida, sino el que es mejor, más pleno o acabado, más real, que ella

Pasar una página de Baricco es como doblar una calle sin saber si la acera continuará para recoger nuestras pisadas o si, por muy descabellado que parezca, nos sorprenderá, al igual que la Alicia de Carroll, un país colmado de flores y arlequines. Además de novelas, el italiano ha puesto su ingenio al servicio del ensayo para ahondar en la deriva tecnológica de nuestras sociedades. En esas incursiones, sobresale The Game, en el que cuenta la historia de la insurrección digital y la manera en que hemos aceptado formar parte del juego virtual.

Lo último que se ha publicado en castellano es El nuevo Barnum, bajo el sello, como siempre, de Anagrama. Recopila ahí sus colaboraciones en prensa, igual de seductoras porque se fija en anécdotas o sucesos que nos pasan desapercibidos.

Y, en realidad, más allá de su valía literaria, su aportación principal es esa: cubrir nuestra carencia, la ceguera que nos oculta lo que he dado en llamar “el otro lado de la luna”. Escritores como él, que dirigen nuestra atención hacia el prodigio de lo singular, desempolvan dimensiones de la realidad o idiosincrasias que nos convencen de que, si lo pensamos bien, vivir es el milagro más hermoso e increíble.

Raphael, apoteósico en Starlite

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