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La tarea más urgente: pensar por uno mismo

Hannah Arendt, la conocida pensadora judía, nos recuerda la necesidad de defendernos frente al poder despótico

Ilustración: Sobrino & Fumero
photo_cameraIlustración: Sobrino & Fumero

Hace unos años algunos periódicos publicaron la noticia: una entrevista en blanco y negro realizada en 1964 a la filósofa Hannah Arendt se había hecho viral en YouTube. Lo extraño no era que un video de más de una hora de duración alcanzara un millón de visitas, sino que lo conseguía sin hacer referencia a ningún hecho reciente, ni sensacionalista. ¿Qué es, entonces, lo que atraía al público tan masivamente? Más que en ningún otro filósofo, en Arendt la vida se encadena con el pensamiento: como judía, tuvo que huir de su tierra natal, Alemania, años después de la llegada de los nazis al poder, pero se comprometió desde entonces activamente en la lucha contra el totalitarismo. Asentada en Estados Unidos, fue una mujer especialmente influyente en los medios públicos y contribuyó a elevar el nivel de la discusión social con su argumentación elegante y su perspicacia política.

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Garriga (Vox) justifica la moción como “un deber nacional”.

Pero si hay algo, además de su apasionante vida, que atrae de ella es su capacidad para pensar por sí misma y superar los estereotipos. Se puede leer hoy a Arendt con una mirada puesta en la amenaza totalitaria, puesto que su legado es el de recordarnos que nunca podemos estar seguros de haber superado para siempre los desafíos que se ciernen sobre la libertad humana. No deja de ser zozobrante adentrarse en su obra para comprobar con desasosiego que el rostro del mal puede ser anodinamente burgués y burocráticamente gris, no demoniaco. Es la lección que cabe extraer de su reportaje sobre el juicio de Eichmann, uno de los ejecutores de la “Solución final”, responsable directo del Holocausto judío. Enviada a Jerusalén como corresponsal de la revista The New Yorker para cubrir el proceso, Arendt se dio cuenta de que el encargado de las deportaciones y los asesinatos no era un sádico, ni un salvaje, sino alguien que confesaba con frialdad imperturbable que se limitó “a cumplir órdenes”.

“No deja de ser zozobrante adentrarse en las obras de esta pensadora para comprobar con desasosiego que el rostro del mal puede ser anodinamente burgués y burocráticamente gris”

Tal vez resulte exagerada la actitud cautelosa y pesimista de quien, como ella, descubre intimidaciones y amagos autoritarios en cada acto del poder político. Lo que pretende no es asustar, sino que no caigan en el olvido las lecciones de la historia, consciente de que alterar el curso de los acontecimientos no es solo fruto de revoluciones titánicas y de que también la paciente labor de un insecto minúsculo basta para horadar inmensos muros de contención.  Y no le falta razón, ya que los grandes dramas políticos empiezan siempre con un hecho en apariencia insignificante: con una muestra de condescendencia servil o una pequeña traición; con una leve mentira, quizá con una ingratitud que consideramos intrascendente. O con una insaciable ambición que va poco a poco creciendo.

Hay dos fenómenos que hacen conveniente regresar de vez en cuando a los textos de esta mujer inseparable de su cigarro y de penetrante inteligencia. Por un lado, la cuestión de la culpabilidad y la responsabilidad colectiva. Vivimos en sociedades hipersensibles que no dudan, por paradójico que sea, en generalizar ese factor moral personalísimo que es la culpa. Las leyes se proponen criminalizar el pasado, como hemos constatado hace solo unas semanas, y se lanzan anatemas ideológicos con tanta facilidad que todos somos, salvo que se demuestre lo contrario, sospechosos: de intolerancia, de machismo, de homofobia…

Para Arendt el totalitarismo era aquel sistema que no dejaba resquicio alguno fuera del control del Estado. Sabemos que hoy se nos puede encausar por una broma lanzada en un chat y que estamos cada vez más expuestos e inermes. Pero cuando se considera que todos los que integran una sociedad son culpables, incluso de aquello que no han cometido, desaparece la diferencia entre los que son inocentes y los que no. Y esa es una distinción de la que ninguna sociedad puede prescindir. 

Tan opuesto a la ética es el envilecimiento moral como el puritanismo de la corrección política. “En términos morales, -explica Arendt en Responsabilidad personal y colectiva, un breve ensayo publicado recientemente en castellano por Página Indómita- es tan erróneo sentirse culpable sin haber hecho nada específico como sentirse libre de toda culpa cuando uno es realmente culpable de algo”. 

Arendt ofrece un criterio imprescindible para calibrar la calidad democrática de un país: la capacidad de sus ciudadanos para pensar por sí mismos. Es esta su segunda gran contribución. La polarización ideológica, la rapidez con que se suceden los temas en la opinión pública y la pérdida de la atención son fenómenos, apenas perceptibles, que pueden poner nuestra convivencia mucho más en peligro que cualquier revuelta, por manifiesta que esta sea. 

“Arendt ofrece un criterio imprescindible para calibrar la calidad democrática de un país: la capacidad de sus ciudadanos para pensar por sí mismos”

Pensar por uno mismo significa introducirnos en ese antiquísimo método, más moral que intelectual, del diálogo interior, sin excusas ni subterfugios de ningún tipo. Implica, sobre todo, ser capaz de reconocerse en los propios actos: no seguir en nuestra conducta lo que marca el poder, las tendencias sociales o las redes, ni suscribir valores sin convicciones. Quien lo hace es un tirano en miniatura. 

A lo que nos conmina Arendt es a plantearnos los interrogantes que han de vertebrar toda existencia: quiénes somos y quiénes queremos ser. Solo los que tuvieron la valentía de hacerlo se negaron a colaborar con el régimen de Hitler, no porque tuvieran vocación de mártires, sino para no tener que volver el rostro con repugnancia cuando se vieran reflejados cada mañana en el espejo. 

El atractivo que esta apasionada pensadora ejerce hoy sobre el público, especialmente entre los jóvenes, es sintomática y reconfortante porque, aunque nos revela que basta una conciencia anestesiada para dar al traste con todo, también sugiere que mientras nos siga fascinando su figura no hay que dar nada por perdido. La política no consiste en enfrentamientos baldíos ni en encarnizamientos ideológicos, sino en descubrir el horizonte de posibilidades que se abre cuando actuamos conjuntamente. En definitiva, aclara Arendt, en buscar puntos de encuentro.

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